No nacieron todas las flores, pero puedo asegurarte que tus hadas madrinas, además de tus abuelas, fueron aguerridos esquiadores y amantes de S. Nevada.
A todos ellos, compañeros y amigos de nieves y de estudios les dije que miraran a ver si eras "normal".
Me dijeron que sí e incluso he llegado a creérmelo, aunque la verdad, todos mis hijos son maravillosamente anormales, gracias a Dios.
Cuando tenías escasamente 2 años, hiciste tu aparición a lo grande en la nieve: en el Hotel Mariabrunn de Innsbruck, donde nos fuimos a pasar las navidades con tu abuela.
Recuerdo que cuando íbamos de camino hacia Innsbruck, provinientes de Viena, a donde un piloto kamikaze (hizo un picado sobre la ciudad de Linz, porque decía que allí tenía familia) nos había llevado en un vuelo nocturno desde Zürich, donde por cierto te perdiste en el Aeropuerto, y te recuperamos de manos de un árabe con túnica y babuchas, después de buscarte con gran preocupación de todos.
Pues bien, al desembocar en el maravilloso y amplio Valle del Inn, de pronto empezaste a llorar. Yo que iba al volante pregunté que pasaba. Resulta que tu abuela te había arreado una hostia para que te acordaras para siempre de ese maravilloso momento.
Creo que esa ha sido siempre una costumbre de la rama francesa de tus ancestros.
Luego, te compramos un trineo tirolés y fuimos a una estación de invierno, donde caballerosa y amistosamente compartiste tu primer vehículo (¡un trineo tirolés!) con una rubia austriaca, que seguro hoy será una campeona de esquí.
Me acuerdo que te gustaba "emborrizarte" en la profunda y fría nieve de los Alpes y un paseo que nos dimos antes de la cena de Nochebuena por las nevadísimas laderas arboladas de la colina de Hunngerbug, desde la que se denomina toda la ciudad de Innsbuck.
Luego en la cena de Navidad todos los del hotel, con los dueños al frente (era un entrañable hotel familiar) entonaron emocionados el "Stille Nacht" (Noche de Paz) esa canción universal inventada por un tal Grüber, tirolés, para cantarla acompañado de guitarra a las puertas nevadas de los vecinos.
Terminado el ritual, y con gran asombro del personal, tu te arrancaste a cantar "la gallina turuleta". Creo que ahí quedó demostrada fehacientemente mi paternidad
Con estos antecedentes, tu estabas predestinado al rollo este de la nieve y el esquí.
En cuanto a la sensación de la brisa sobre la cara, a fuer de convertirme en psicoanalista, creo saber de donde te viene.
Con 3 y 4 años tú no esquiabas, pero yo subía contigo a la sierra en invierno y me iba de excursión con el ski-doo y contigo. Te ponía delante mía y el parabrisas, apenas te protegía del viento.
Puro edipismo, esa sensación.
Luego no esquiaste nada, hasta que yo me fuí a trabajar a la sierra. Vivíamos allí. Fué al año siguiente de nacer tu hermana. Tu tenías 5 años. Como siempre he encomendado la tarea de educación de la prole, en lo que a sus aspectos logísitcos se refiere, a tu madre. Esta es la que por primera vez te subió a esquiar, te puso los esquis y te enseñó a hacer la cuña.
Más edipismo
Aprendiste muy rápido, porque ibas a la escuela de sierra nevada, con la hija de Manolos Sánchez, las hijas de Aurelio García y Sergio, el americano-japonés-madrileño, hijo de Luis Sánchez.
Te pasabas el día esquiando con los de la escuela, pero eso fué el primer año.Luego te gustaba ir por libre y te convertiste en la mascota de los profesores de esquí.
A partir de los 6 años, tu madre, te abría las puerta del apartamento y te echaba a la calle, como hacen en los pueblos con las gallinas, para que te buscaras la vida. Una vez te encontré bajando por la carretera, en pleno mes de enero, con una fuerte venstisca, una ligera camiseta de tu idolatrado ski-acróbata el Búho, y con una careta de plástico con el morro de un animal
Como veía que por ese camino llegarias tal vez a ser un surfero aficionado al cannabis, me puse en contacto con mi buen amigo (q.e.p.d.) Ángel Sanz, maestro de maestros de esquí y él te mandaba a esquiar con los profesores. Entonces eran pocos y muy buenos. Por recordar a algunos a Pedro (el Ardilla) y a Gustavo (al que tambien llamábamos el Toheni, por tener el mismo nombre y tal vez la misma calidad de esquí que elo celebérrimo campeón italiano).
Con esos antecedentes, no me extraña que me dijeras en una aburrida tarde veraniega de Mazagón, que la profesión de profesor de esquí en Andalucía era una cosa exótica, extraña e impropia en esta tierra.
Aunque pensándolo bien, tu historia y la de tu singular familia, entroncada definitivamente con el Pirineo catalán y francés, no es más que una muestra de que existe la España plural.
Y de que tú el esquí y la nieves, lo llevas en el subconsciente.
Nos vemos el martes en la Granada