No sé si será grave, pero muchas veces imagino esta hipotética conversación con alguien completamente ajeno al mundillo de la nieve en general:
-"En el foro donde hablamos de nuestra mayor afición, la gente está ya muy nerviosa, y con muchas ganas de empezar a disfrutar".
-"¿Ah sí? ¿Y cuál es vuestra afición? ¿Con qué disfrutáis tanto?"
-"Pues mira, después de estar currando toda la semana, cogemos el día de descanso, nos levantamos casi de madrugada, hacemos 100, 200, 300... kilómetros, ponemos las cadenas, llegamos a un aparcamiento saturado hasta las patas de coches, nos disfrazamos con unas vestimentas que nos han costado un sueldo, echamos al hombro unos aparejos que nos han costado dos sueldos, que pesan como un burro y que son incómodos de transportar hasta más no poder, andamos 200, 300, 500... metros hasta llegar a unas taquillas en las que nos clavan 30 boniatos del ala, y nos acoplamos entre empujones, pisotones y demás barullos en una cola durante 15, 20, 30... minutos, para finalmente llegar a unas pendientes cubiertas de nieve y hielo. La cosa consiste básicamente en subir y bajar por la pendiente todo el rato, el mayor número de veces y a ser posible sin caerse, porque un guantazo por ahí arriba puede dejarte considerablemente magullado. Luego paramos un momentito para comer una bolsa de patatas fritas y una coca-cola (¿por 10 míseros euros qué vas a esperar? no querrás un solomillo...), y continuamos hasta las cinco de la tarde más o menos. Después nos metemos en el coche totalmente sudados y agotados, y volvemos a hacernos otros 100, 200, 300... kilómetros hasta llegar a casa. Todo esto bajo cero, y con niebla, claro. Es genial."
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¿Estamos locos o no?
El Barón Romano.