Enviado: 10-06-2004 11:29
Hola a todos
Voy a relatar una historia que jamás he contado (y jamás creí que fuese capaz de contarla), pero con el paso del tiempo, hoy me veo obligado a exponerla para vuestro conocimiento, sin ánimo de atemorizar a nadie, pero con el firme propósito de aleccionar a todos aquellos que ponen en peligro su existencia, en la mayoría de ocasiones sin ser consciente de ello.
Esta es una historia dura, muy dura, por lo que aquellas almas delicadas que no soporten situaciones de genuina angustia, deberían replantearse el hecho de continuar leyendo este sobrecogedor relato.
Todo comenzó un bonito día de Enero, cuando mi novia y yo nos encontrábamos disfrutando de una estupenda semana de esquí en Avoriaz. Ese día, había amanecido con una ligera capa de nieve de unos 5 cm. recién caídos, que si bien no eran suficientes para contentar a tanto freerider que por allí prolifera, si que daba al paisaje ese halo de sutileza que solo la nieve recién caída es capaz de provocar. Ese día, era el día perfecto, el sol asomaba entre las cumbres, imanando ese calorcito que se siente al recibir sus rayos pese a las bajas temperaturas que, sin embargo, se percibían como agradables, al no soplar más viento que una suave brisa aterciopelada que acaricia el rostro durante el descenso por las blancas laderas.
Tras un ligero desayuno, ligero no por su frugalidad, sino atendiendo a la celeridad que imponían las ansias de esquiar y que vencían al apetito que pudiéramos tener, nos preparamos concienzudamente para una previsiblemente larga jornada de esquí. Abrimos las ventanas para permitir que el aire inundara nuestros pulmones, un aire frío y agradable a la vez, un aire con de una pureza casi insultante para un ser urbano como yo, un aire existente únicamente en las cumbres más altas, un aire sublime al fin y al cabo.
Serían en torno a las ocho y media de la mañana, cuando por fin, nos encontrábamos en el guardaesquís, recogiendo nuestras "herramientas de trabajo", ajustándonos las botas y dando un último repaso a nuestras pertenencias para que no echáramos en falta ningún elemento capaz de arruinarnos el día ante su ausencia. Tras la puerta, nos esperaba el gran manto blanco inmaculado, esperando a ser desgarrado por nuestras tablas dejando ese surco que solo el autor de tal autógrafo sabe apreciar en todo su esplendor.
La elección de la ruta fue rápida, ya que no había tiempo que perder. La opción elegida fue la de dirigirnos a Champery, una pequeña estación suiza, en la zona más tranquila de las puertas del Sol ya que la jornada anterior había sido interminable y las fuerzas no acompañaban lo suficiente como para plantearse algo más duro. Además, el día invitaba a tomarse el esquí como algo turístico, relajante y contemplativo, dejando de lado el estrés, las prisas y las emociones fuertes.
Tranquilamente Atravesamos el pueblo de Avoriaz hasta la silla de "Tour" que nos llevaría hasta el otro valle, comenzando así esa hermosa montaña rusa que te transporta de un valle a otro, subiendo, bajando y volviendo a subir una vez y otra hasta llegar al destino elegido no sin antes haber disfrutado enormemente de la ruta como si del mismo final se tratase. ¿Acaso el sentido del esquí no es el disfrutar del propio camino?.
Bajo el cielo azul, a primera hora éramos pocos los esquiadores que habíamos comenzado la jornada, aunque la sensación de aislamiento quizás fuese debida al efecto que producen las grandes estaciones capaces de dispersar a un gran número de personas por todo su dominio. La sensación de soledad, tan solo era rota por un suave murmullo procedente de las gomas de los remontes al rozar con los cables metálicos o por el dulce crujido de la nieve al ceder bajo nuestro peso.
Al descender de la silla, ante nosotros se nos ofrecía un profundo valle dispuesto a acogernos en su seno protector como una madre atrae a su prole. El verde de los arboles apenas era visible bajo la capa que la nevada nocturna había producido y podía observarse como el manto nival depositado en este valle era muy superior al existente en la zona en la que pernoctábamos.
Según bajábamos por la pista que diagonalmente atraviesa la montaña, una voz interior me animaba a salir de la pista por la izquierda y adentrarme en ese mar de nieve virgen que imploraba que alguien pisara su tersa superficie, pero era consciente de que mi novia no podría acompañarme, por lo que desestimaba la idea una y otra vez, pese a que con cada llamada la intensidad de la misma iba en aumento.
Hacia la mitad del recorrido, en un claro del bosque que permitía una visión perfecta sobre un amplio terreno sin arboles y bajo el cual se veía perfectamente como la pista serpenteaba llegando a su fin, mi novia, adivinando mis pensamientos, me dijo que si quería podía recorrer esa pala y reunirnos de nuevo en la parte de abajo para continuar nuestro periplo.
Tras dudarlo unos instantes, me despedí con un beso de ella y comencé a descender por la ladera, observando como la nieve me cubría por encima de la rodilla. En el primer giro aproveché para detenerme y girándome, ver como mi novia se alejaba pista abajo, mientras me decía adiós con la mano sin saber que no volvería a verme en mucho tiempo.
La nieve estaba suelta como nunca antes la había sentido, me vino a la cabeza la tan nombrada "champagne powder" del otro lado del charco, y pensé que aquello debía ser algo parecido. Intenté girar un poco para iniciar el descenso, pero no pude, ya que la nieve aprisionaba las tablas y estas no podían moverse.
De un salto, me puse en movimiento y comencé a descender, tratando de no coger demasiada velocidad para no sufrir un percance serio. Enseguida comencé a ser consciente de mis limitaciones, tanto técnicas como físicas, y me di cuenta de que ese descenso me venía grande, por lo que traté de detenerme cambiando la dirección y buscando la horizontalidad.
Los esquís, o más concretamente, la nieve situada debajo de ellos, no aguantaron mi peso y se produjo una grieta, sin apenas ruido, sin apenas espectacularidad, pero sin detenerse por nada, se había formado un alud de dimensiones catastróficas.
A partir de ese momento, el tiempo es como si se hubiese ralentizado hasta la detención , siendo consciente en todo momento de lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Veía como mis brazos se movían de un modo instintivo para proteger mi rostro de los posibles elementos que pudieran golpearme. Noté como las fijaciones saltaban y liberaban a mis piernas de las tablas, de las cuales una llego a impactar contra mi costado, produciéndome un dolor agudo muy intenso, pero del cual no tuve tiempo de lamentarme.
Cuando trataba de controlar mis movimientos, para de alguna forma lograr controlar la situación, veía impotente que no era posible, que en realidad era víctima de mis circunstancias y no tenía dominio alguno sobre lo que habría de ocurrirme. Comencé a ser consciente del significado de la palabra pánico.
Según mi cuerpo era volteado por la avalancha, la nieve empezaba a molestarme en la cara. Al principio era nieve que se introducía en mis orificios (nariz, boca, ojos, etc.), pero lo peor llegó cuando una gran cantidad de nieve entró en mi boca impidiéndome respirar con normalidad. Todos mis intentos por tratar de extraer la nieve de la boca con una mano fueron inútiles, puesto que todas mis extremidades se movían siguiendo sus propias ordenes e ignorando las mías. No se si por instinto o por casualidad, pero gracias a un estornudo, si bien no conseguí expulsar toda la nieve, si que me permitió respirar con más o menos normalidad.
Al cabo de unos, para mí interminables, segundos, el desprendimiento se detuvo. Estaba colocado en muy mala posición, tumbado cara arriba, apoyando mi zona lumbar en una piedra con las extremidades completamente estiradas y separadas del tronco. Lo que instantes atrás me había parecido la nieve más ligera que pudiese hallarse, ahora me parecía la losa más pesada que nadie podría soportar.
La sensación de no poder mover los brazos era enloquecedora, realmente no sabía si me había partido el espinazo y era incapaz de moverme, o todo se debía al peso que soportaba. En esos momentos, lo único que podía hacer era llorar, llorar de rabia por no poder moverme, llorar de impotencia al no poder hacer nada, pero sobre todo llorar por el miedo a la muerte.
El silencio era insoportable, era como si el mundo se hubiese detenido, e incluso me costaba oír mi respiración, ya que la nieve lo amortiguaba todo. Traté de gritar, para que alguien me oyera, pero el sonido de nuevo era apagado, era una sonoridad como la que debe experimentarse en las celdas acolchadas de aislamiento de los manicomios, donde ningún sonido sale al exterior.
De repente, comenzó a oírse un sonido suave por la lejanía, pero grave a la vez, un sonido como el que producen las cosas grandes. cada vez sonaba más fuerte, debido a su acercamiento, hasta que de repente el sonido se volvió estallido, mucho más agudo y ensordecedor. Un nuevo corrimiento se había producido.
Esta vez, el movimiento se inició de repente, mis piernas fueron arrastradas por el desprendimiento como un latigazo, de forma violenta, arrastrando tras de ellas al resto de mi cuerpo, que previamente se había golpeado contra la piedra en la que estaba apoyado. En el empuje, noté como uno de mis brazos no pudo soportar el impulso y debido a la postura se dislocó. Lo curioso es que apenas me dolió.
Tras varios revolcones, colisiones y sacudidas por fin volví a detenerme, esta vez con mejor suerte, ya que sin saber como me encontré boca abajo en una postura que permitió la existencia de una bolsa de aire para poder respirar. Intenté ponerme de pié, pero las piernas no tenían la fuerza suficiente como para poder mover la masa de nieve que tenía encima, y la situación se me antojaba harto peligrosa, ya que apenas podía moverme y mi nerviosismo iba en aumento.
Aunque apenas había algo de luz, si que permitía saber donde se encontraba la superficie. En ese momento me di cuenta de que por la nariz bajaba un reguero de sangre, aunque no notaba ningún dolor. Siguiendo el rastro con la mano, me di cuenta de que la sangre manaba de algún punto indefinido del interior del casco. Pense en esa pegatina que tienen los cascos de moto "No quitar en caso de accidente" y me estremecí. Realmente no sabía en que condiciones me encontraba.
Intenté con todas mis fuerzas liberarme de la situación, pero por cada movimiento que conseguía realizar, la burbuja de aire iba disminuyendo a causa de la nieve que iba liberando con mis convulsiones. Poco a poco, me fui quedando sin fuerzas hasta que llegó un punto en que no podía continuar.
El frío me atenazaba los músculos hasta tal punto que no era capaz de mover un solo dedo, de echo me tranquilicé bastante y decidí descansar, quizás anticipándome a lo que según determinados estudios constituye la muerte más feliz del mundo, la muerte por congelación. la verdad es que ni tiritaba ni sentía un gran frío, quizás solo sentía como una especie de paz interior.
De repente, empecé a oír ruidos. No podía determinar el origen de los mismos, pero estaba claro de que se trataba de gente en una especie de operación de búsqueda, ya que aunque no era capaz de entender nada, si que podía apreciar que se trataba de gritos producidos por diferentes personas, y en mi interior deseaba que me encontrasen. Durante un buen rato, inexplicablemente no traté de responder, quizás adivinando lo que a continuación ocurriría, cuando pude comprobar que los gritos que logré articular no fueron escuchados por nadie.
La desesperanza, unido al agotamiento que acumulaba tras el tiempo que llevaba sepultado en la nieve, hizo que cerrara los ojos, y a partir de ahí, mis recuerdos desaparecen.
Lo siguiente que recuerdo es a mi novia gritándome "te quieres levantar de una vez", a lo que yo traté de responder que no tenía fuerzas para ello, pero apenas pude emitir algún balbuceo incomprensible. Finalmente me proporcionó una tremenda patada en los riñones, derribándome y consiguiendo que mi desánimo aumentase. Curiosamente, el dolor ocasionado por el golpe en la cabeza era superior al causado por la patada.
Una vez en el suelo, junto a la cama, volvió a gritarme "Vas a llegar tarde al trabajo, como vuelvas a ir a una quedada de esas te vas a enterar".
Lentamente me incorporé espoleado por el rapapolvo recibido y me dirigí a la ducha. Al entrar al baño, giré la cabeza hacia el espejo y me dije a mi mismo "Elegí mal día para dejar de esnifar pegamento", tras lo cual, me incline sobre la taza del water y .....
Aaaaaaaaaaaaadios
Javi
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Enviado: 11-06-2004 04:22

No está mal.... aún se puede mejorar
Hander Klander escribió:
Todo comenzó un bonito día de Enero, cuando mi novia y yo nos
encontrábamos disfrutando de una estupenda semana de esquí en
Avoriaz.
(Empezamos mal no nos cuentas la resaca de la noche anterior, poco creible)
hander escribió
Ese día, había amanecido con una ligera capa de nieve
de unos 5 cm.
(joe que sueño mas rata, puestos a soñar 50 cm como poco)
Hander escribió
Los esquís, o más concretamente, la nieve situada debajo de
ellos, no aguantaron mi peso y se produjo una grieta, sin
apenas ruido, sin apenas espectacularidad, pero sin detenerse
por nada, se había formado un alud de dimensiones
catastróficas.
(que raro

siendo una pesadilla que el alud no lo provocase un/a surfer@
Hander escribió:
Al cabo de unos, para mí interminables, segundos, el
desprendimiento se detuvo. Estaba colocado en muy mala
posición, tumbado cara arriba, apoyando mi zona lumbar en una
piedra con las extremidades completamente estiradas y separadas
del tronco. Lo que instantes atrás me había parecido la nieve
más ligera que pudiese hallarse, ahora me parecía la losa más
pesada que nadie podría soportar.
(muy importante echar la meada pa ver si estas mirando pa arriba o pa bajo
Hander escribió
Tras varios revolcones, colisiones y sacudidas por fin volví
a detenerme, esta vez con mejor suerte, ya que sin saber como
me encontré boca abajo en una postura que permitió la
existencia de una bolsa de aire para poder respirar.
(volvemos a la meada, después de la de la anoche anterior aun quedaba no?)
Hander escribió:
El frío me atenazaba los músculos hasta tal punto que no era
capaz de mover un solo dedo, de echo me tranquilicé bastante y
decidí descansar, quizás anticipándome a lo que según
determinados estudios constituye la muerte más feliz del mundo,
la muerte por congelación. la verdad es que ni tiritaba ni
sentía un gran frío, quizás solo sentía como una especie de paz
interior.
(falta el tubo con la lucecita al fondo

)
Hander escribió:
Finalmente me proporcionó una tremenda patada en los riñones, derribándome y consiguiendo que mi desánimo aumentase
(curiosamente es lo más creible de todo)
Faltó la aducción por los hombrecitos verdes,en fin, a ver si Clint que entiende de estas cosas te lo interpreta
De todas formas muy buen relato, PA
Taaaaaaaaaaaaaluego
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