A menudo, cuando hablamos de técnica, tendemos a pensar que existe una única manera 'correcta' de esquiar. Sin embargo, basta con observar un profesor de esquí dando clase, y un corredor de esquí entrenando, para darse cuenta de que no esquían de la misma manera. No se mueven de la misma manera, ni en el mismo momento, no trazan las curvas con la misma forma, ni persiguen el mismo objetivo cuando lo hacen.
Si nos imaginamos un cubo de piezas de lego, ambos, profesor y corredor, disponen de las mismas piezas, pero las usan para construir estructuras diferentes.
Veamos cada caso...
El esquí que se enseña y se practica en las escuelas tiene dos pilares muy claros. Por un lado, la estética del gesto, entendida no como algo “bonito” sin más, sino como la consecuencia de un movimiento bien coordinado y equilibrado. Y por otro, mucho más importante el control de nuestra velocidad y trayectoria, para asegurar la seguridad del alumno.
Y con controlar la velocidad no quiero decir únicamente frenar o derrapar, sino también adaptar la forma de esquiar: elegir el tipo de curva, su tamaño y forma, escogiendo el momento en el que aplicamos presión y cómo la distribuimos a lo largo del viraje para controlar la velocidad y trayectoria resultantes. Todo ello para que el esquiador tenga siempre el máximo control, estabilidad y pueda disponer de tiempo para reaccionar ante cualquier imprevisto.
Por eso, en las escuelas se insiste tanto en las curvas muy redondas y 'acabadas' (cerradas). Curvas con una entrada progresiva, mucha carga en la segunda mitad de la curva (pasada la máxima pendiente) y con una salida que nos direccione perpendiculares a la máxima pendiente. No es casualidad. Es una manera de esquiar pensada para maximizar el control de la velocidad.
En cambio, cuando miramos el esquí de competición, el enfoque cambia por completo. Aquí la estética deja de tener relevancia. Nadie evalúa si el gesto es elegante o si la postura es 'bonita'. El único juez para nuestra performance es el cronómetro.
La técnica en competición no se construye para ser agradable a la vista, sino para ser extremadamente eficiente. Cada movimiento que hacemos sobre los esquís, cada apoyo, cada presión, están al servicio de un único objetivo: acelerar lo máximo posible para poder hacer el recorrido en el menor tiempo posible.
Entrenadores y corredores de alto nivel lo repiten a menudo: no se trata de esquiar bonito, sino de esquiar rápido. La técnica es el medio, no la finalidad. Y, ese objetivo (ir rápido), implica asumir riesgos, implica adaptar nuestra técnica y movimientos para poder aplicar presiones mucho más fuertes al inicio de la curva, usando las fuerzas a favor de la pendiente para generar la máxima aceleración y velocidad posible. Supone también buscar que la transición entre curvas esté más direccionada a la máxima pendiente, y esquiar curva tras curva, constantemente, al límite de nuestra capacidad física y técnica.
Esa es, pues, la mayor diferencia entre ambos mundos: La escuela enfoca la técnica a la seguridad y el control de la velocidad; la competición, la enfoca a generar y mantener la máxima velocidad posible.
Entender esta diferencia ayuda mucho a poner las cosas en su sitio.
El esquí de escuela no es un esquí “menor” ni simplificado. Es un esquí pensado, diseñado, para que la mayoría de nosotros podamos aprender más rápido y fácil, y para que luego podamos esquiar con más control, menos esfuerzo, y durante más tiempo. El esquí de competición, en cambio, se focaliza solamente en una cosa, ser el más rápido.
Mismo deporte, dos caminos diferentes, dos objetivos distintos.
¿Y tú, cómo esquías?
¡Nos vemos en pistas!
“Aprender, enseñar, divulgar.”
Sam Suarez
Técnico deportivo superior de esquí alpino
Formador de profesores de esquí @FESNEU
Entrenador competición @LMCE



