El esquí no siempre ha sido el deporte tecnificado y estructurado que conocemos hoy. Durante décadas, la práctica del esquí avanzó muy por delante de la seguridad. Fue precisamente esa precariedad inicial la que acabaría marcando el camino hacia la profesionalización total del sector.
En los años 70, la realidad en muchas estaciones de esquí era radicalmente distinta. La “ambulancia” de una estación podía ser un Land Rover largo, sin asientos, acondicionado únicamente para que cupiera una camilla. Los pisters patrullaban las pistas retirando alguna piedrecilla, clavando estacas para marcar límites y esperando, radio en mano, el aviso de que había un herido que atender en algún punto del dominio esquiable.
¿Helicópteros para evacuaciones o rescates? Venian de Francia, con todos los problemas que eso suponía.
Infraestructuras muy básicas, también fuera de pistas
Los centros médicos solían reducirse a un pequeño despacho con una mesa, una radio y un botiquín. No siempre se contaba con personal especializado ni protocolos definidos. En las pistas apenas existía señalización: no había redes de seguridad, ni advertencias claras sobre cruces de pistas, zonas expuestas o placas de nieve dura.
Incluso los medios mecánicos eran extremadamente limitados. Las quitanieves eran casi un lujo. Cuando nevaba de forma intensa y la carretera de acceso empezaba a dar problemas, no existían recursos suficientes para mantener la calzada limpia de forma continuada. La solución pasaba muchas veces por movilizar al personal para informar del cierre progresivo de pistas y remontes. El acceso a la estación podía quedar bloqueado durante horas, sin alternativas claras.
El contexto era otro y la exigencia, mucho menor.
Fuera de pista y aludes: un riesgo invisible.
El esquí fuera de pistas era una práctica residual, reservada a unos pocos profesores de esquí y algún esquiador atrevido que se aventuraba cerca de las pistas. Los aludes apenas se mencionaban; eran un tema casi tabú, como si no existieran. No había cultura de prevención, formación específica ni equipamiento adecuado.
El material, además, era precario comparado con el actual. Esquís largos y difíciles de controlar, y menos para practicar fuerapistas (hoy día con esquís anchos es muchísimo más fácil), fijaciones poco precisas, sin frenos automáticos, y con fijaciones atadas con una cuerda a la pierna -en plan skimo pero no de cable), ropa pesada y con escasa resistencia en caso de lluvia o nieve (quedaban empapadas o, si eran verdaderamente impermeables, el sudor se apoderaba de tu piel)… y por supuesto nadie llevaba casco. Las caídas formaban parte del aprendizaje sin una conciencia real de sus consecuencias.
Profesionalización absoluta del esquí
Cinco décadas después, el esquí se ha profesionalizado en todos los niveles. Las estaciones cuentan con planes de seguridad, equipos de pisters altamente formados, rescates coordinados, asistencia de helicópteros medicalizados y centros médicos bien equipados y especializados en traumatología deportiva.
Las pistas están balizadas, señalizadas y protegidas con redes, y el esquiador recibe información constante sobre las condiciones de la nieve, los riesgos y las normas de circulación. Los accesos se gestionan mejor, la vialidad invernal es parte del operativo diario y la tecnología permite anticiparse a muchos problemas.
El material también ha evolucionado de forma radical: esquís más estables y rápidos, ropa técnica de alto rendimiento y un uso del casco prácticamente generalizado.
Menos heridos, pero accidentes más graves
Todo ello ha reducido de forma clara el porcentaje de esquiadores heridos en pista en comparación con los años 70 y 80. Sin embargo, cuando hoy ocurre un accidente, suele ser más grave. Las velocidades son mayores, las pistas más anchas y el esquiador se siente más seguro, lo que lleva a asumir mayores riesgos. Antes el material apenas se cuidaba, no se le prestaba tanta atención a pesar de lo importante que es manetnerlo en buenas condiciones, mientras que hoy quien más quien menos sabe que hay que llevarlo al taller para revisar suelas y cantos.
El esquí moderno es más eficiente, pero también más exigente.
Preparados para el contexto actual
Por eso, hoy no basta con “subir a esquiar” para pasar el rato. Hay que hacerlo concienciado para el contexto actual. Eso implica un vehículo en condiciones, con neumáticos o cadenas adecuadas; material técnico acorde al nivel y al tipo de esquí que se practica; y, sobre todo, una cobertura que responda ante cualquier imprevisto. Sin olvidar que a pistas se llega bien informado: de las condiciones de la nieve o de las previsiones meteorológicas, entre muchas otras cuestiones.
El seguro de deportes de nieve ha dejado de ser un complemento para convertirse en una necesidad real. Un seguro multirriesgo específico para deportes de invierno, con opción de ampliación para viajes internacionales, es la herramienta que permite esquiar con tranquilidad dentro y fuera de España. Y a esto último, el esquiar fuera de nuestras fronteras le dedicaremos otro report en breve. En muy breve.
En el contexto actual, subirse a un telesilla sin un buen seguro es, sencilla y prácticamente, una irresponsabilidad. La montaña sigue siendo el mismo entorno exigente de siempre, pero ahora sabemos mucho más sobre sus riesgos y contamos con medios para afrontarlos. No aprovecharlos es dar un paso atrás.
La evolución del esquí no solo se mide en tecnología o velocidad, sino en conciencia. Y la seguridad integral forma parte inseparable de esa evolución.
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