Un viaje es una experiencia 400º. No, no piense el agudo lector que he olvidado las lecciones de trigonometría o me he pasado al sistema centesimal. Es simplemente la constatación que un viaje nunca te devuelve al mismo lugar dónde empezaste. Algo dejas en el destino, pero es mucho más lo que traes de vuelta.
Y organizar un viaje de esquí con amigos es una experiencia total. Tengo fama de ser el amigo liante que siempre anda pergeñando planes y enredando a todos los demás. Así que, para mí, la idea de un nuevo viaje amanece pronto. Muy pronto. Mucho antes de que mis amigos empiecen a pensar en esa posibilidad.
Normalmente el final de un viaje suele coincidir ya con el alumbramiento del siguiente. Supongo que es un mecanismo de defensa natural que ayuda a combatir la melancolía que queda al concluir una aventura.
En mi cabeza las aventuras se materializan en imágenes. El inicio de la planificación de un viaje es una búsqueda de recuerdos, el punto dónde el pasado y el futuro se juntan. Algunos llaman a este fugaz instante presente, pero para mí es ya futuro. En mi imaginación se empiezan a materializar imágenes de paisajes nevados, aventuras llenas de adrenalina, descensos infinitos con nieve estupenda.
Y lo que hace que la idea del viaje tome forma es la visualización, la sensación de sentirme dentro de ese paisaje, notando el frío del invierno cuando vas ganando desnivel sobre los esquís y el aire, la libertad y la ingravidez en las bajadas. Necesito visualizarlo para poder sentirlo y que la maquinaria que lleva a la logística de la organización del nuevo viaje se ponga en marcha.
La biblioteca visual de destinos y artículos leídos sobre destinos blancos viene en mi auxilio. Una biblioteca de recuerdos metódicamente alimentada, en muchos casos por la información que otros amables foreros van compartiendo por aquí. Alguno dirá que en el futuro será tan sencillo como pedirle a una IA que organice todo de acuerdo con nuestros gustos. Pero yo creo que no me gustaría perderme el gozo de hacerlo por mí mismo, a la vieja usanza, alimentándome con el placer de leer recuerdos de otros y recreándome en generar mis propias expectativas visuales.
Tengo la suerte de ser parte de un grupo de entusiastas amigos esquiadores. En conjunto, tienen el imperdonable defecto de tomarme en serio y considerar mis propuestas locas. Así que el viaje suele comenzar con la proposición de una serie de planes locos. Locos para la mayoría de los mortales menos para nosotros, aquellos que tenemos el veneno blanco corriendo por las venas.
Normalmente durante los meses de septiembre y octubre van tomando forma los planes. De manera misteriosa, siempre alguno de los planes va encarnándose y dejando una semilla en nuestras mentes. El por qué unas semillas caen en suelo fértil y otras no salen adelante, se me escapa. Es un mecanismo complejo y esquivo, pero acaba saliendo un destino adelante y con el convencimiento que es ese y no otro el destino ideal de ese año.
Dentro de mi locura al plantear las aventuras no dejo de utilizar una treta sucia, lo confieso. Conozco a mis compañeros de aventuras y trato de presentarles el plan de la forma más seductora para cada uno. En unos casos son pendientes amplias tendidas de nieve fácil y disfrutona. En otros casos es una luz especial del destino que nos permitirá hacer unas fotos estupendas. A veces es la promesa de aventuras llenas de adrenalina y tubos de nieve polvo a estrenar. De esta forma, de manera cuidadosa y sistemática, se va preparando el suelo fértil con la semilla que mejor enraíza en cada una de sus expectativas y anhelos.
Y aunque parezca imposible, siempre logramos que en cada viaje tengamos un poco de los anhelos de cada uno. Es encontrar el punto exacto de mezcla y sazón de los diferentes ingredientes que deben formar parte del viaje. Y claro, contar con unos compañeros estupendos que den espacio y lugar a las expectativas de todos y cada uno.
Y así, combinando todas las piezas, acabamos en Kirguistán. Seguramente podamos situar la siembra de la semilla en una furgoneta, dando tumbos por una pista forestal, a la vuelta de una estupenda jornada de aventuras combinando heliesquí y travesía. Allí oímos a nuestros guías comentar las excelencias de un destino remoto, muy apartado del mar, con una nieve muy seca y en al que había que llevarse los esquís con el patín más ancho que tengas. No me negarán los lectores que esa semilla reunía un buen número de condiciones potenciales de caer en suelo fecundo. ¿Y cómo has dicho que se llama ese sitio? ¿me lo puedes repetir más despacio? ¿y eso ande está?????
Total, que ya se nos había metido el veneno dentro. Cada uno de nosotros empezó a buscar en los mapas el extraño nombre de ese Walhalla níveo que prometía colmar nuestros sueños blancos.
A partir de ese momento, cado uno de los compañeros del viaje ponemos en marcha nuestro mecanismo interno de generación de expectativas. Unos empezamos a generar visualizaciones, otros bucean en las bibliotecas para encontrar libros de autores del lugar, otros revisan su arsenal fotográfico para identificar qué nuevo objetivo se llevará al viaje para aprovechar la luz especial del lugar e incluso hay quien encuentra la oportunidad de ampliar su trastero de material incluyendo un nuevo par de esquís, botas o material especialmente adaptado a las condiciones gélidas del destino.
Ya estamos empezando a vivir el viaje. Quedan muchos meses, la temporada de esquí no ha empezado todavía, pero ya hemos marcado en rojo la promesa del punto álgido de la temporada. No hay como tener un objetivo claro para movilizar nuestro potencial en la dirección adecuada.
Lo primero es organizar la logística, que según el destino es más o menos complicada. En este caso, tenemos uno de los casos complicados. Un destino remoto, cultura totalmente distinta a la nuestra, sin oportunidades de entendernos en inglés, con traslados que requieren logística y entorno y condiciones que requieren autonomía y conocimiento del terreno que se esquía.
Aquí solemos siempre hacernos la vida fácil y contar con la ayuda de nuestra agencia personalizada de viajes, Muntania (Instagram-Muntania), y la confianza en nuestra guía de montaña favorita, Miriam (Instagram-Miriam). Por la complejidad del destino, este año íbamos a contar con la inestimable ayuda de Mikel (Instagram-Mikel). Un tipo al que merece la pena conocer y envidiar. Un filósofo, un nómada, un viajero, un aventurero, productor audiovisual y además esquiador. ¿Alguien duda de que la sobremesa con una persona así va a ser interesante y con discusiones que se prolonguen hasta que el sueño nos haga retirarnos prudentemente para reponernos de una jornada llena de aventuras?
Una vez resuelta la logística es tiempo de las expectativas. Y con las expectativas aparecen también las inseguridades. ¿Cuánta nieve es demasiada nieve? ¿sabré esquiar con un patín de 130mm? ¿qué pasa cuando uno se cae en metro y medio de nieve seca y suelta en la que te hundes? ¿se puede uno levantar solo? ¿me cubre el seguro de esquí allí en mitad de Asia? ¿qué me dices, que allí todavía puedo encontrarme leopardos de las nieves salvajes correteando por las montañas? Muchas expectativas e incertidumbres que tendrán cumplida respuesta con el desarrollo del viaje y las sorpresas que nos deparará el destino.
Los meses van pasando y la fecha marcada en rojo en el calendario va llegando. El nivel de ansiedad va disparándose y cada uno trata de encontrar la forma de combatirlo.

¡Y por fin llega el día y ya estamos embarcados de lleno en la aventura!
Y aquí termina mi relato, en el lugar dónde debería empezar. Lamento si con esto he frustrado las expectativas de los lectores que esperaban encontrar épicos relatos de bajadas y una descripción detallada, taxonómica del desarrollo del viaje. No era mi intención. He vuelto a jugar sucio generando expectativas.
Me disculpo con el sufrido lector que llegue hasta aquí para no encontrar lo que buscaba. Solo puedo dejarle con la esperanza de los reportajes que mis otros compañeros de viaje van a publicar y que seguramente darán una visión distinta, personal del viaje, y que, en conjunto, podrán integrar mejor lo que significa un viaje como este para cada uno y todos nosotros a la vez.
Y es que el final, y el principio, de mi relato no pretendía ser otra cosa que un pequeño homenaje y agradecimiento a mis compañeros de viaje. Estos sufridos compañeros acostumbrados a mis tretas sucias y siempre bien dispuestos a dejarse engañar para embarcarse en una nueva aventura.
Y es que en resumen y conclusión, el viaje para mí sois vosotros. Hace ya tiempo que no concibo organizar un viaje de estos si no vais vosotros y no podemos compartir las experiencias, antes, durante y después. De vuelta del viaje me traigo mucho del destino, pero me traigo mucho más de vosotros, de todo lo que tan desinteresadamente me ofrecéis sin pedir nada a cambio, de vuestras sonrisas incluso cuando las cosas no van bien y de la ilusión que veo en vuestra mirada, volviendo a convertirnos, por unos días, en los niños que hace ya mucho tiempo que no somos.
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