En la plaza de Europa se encontró una feria del libro antiguo. Rebuscando en las casetas uno le llamó la atención: "Ha Nevado en La Molina" de Manuel Maristany. Una edición de la editorial Juventud que ya estaba descatalogada entonces. Maristany cuenta sus aventuras como pionero del esquí ibérico en los años 1950 y sendas ascensiones al Cervino y al Montblanc. Desde hace 30 años es el libro de cabecera de nuestro protagonista.
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La familia salió con retraso de Toulouse. Lucía siempre quiere dormir la mañana y su padre no se atrevió a despertarla a la hora que le había dicho.
El pesiga quería tener tiempo de sobra para llegar a Grenoble antes de que la tienda cerrara.
La radio de información de tráfico le dio la razón enseguida. Un gran incendio había cortado la autopista a la altura de Narbona. Tuvieron que desviarse por la carretera nacional entre Carcassonne y Béziers.
Resultó un trayecto bonito, entre viñedos, una carretera rodeada de plátanos, contra los que se estrellaban las familias francesas en los años setenta.
Pero al pesiga no le abandonaba su angustia intrínseca.
Por supuesto que llegaron a tiempo. Les estaba esperando un superviviente. Una de esas personas que han probado todos los negocios posibles y ninguno le acaba de salir bien. Dientes de fumador.
Les instaló sobre el coche la mejor tienda del mercado: la Naitup Family.
El superviviente se quedó sorprendido de que pretendieran dormir cuatro.
-No pasen de 110 en la autopista - les aconsejó.
El camping de La Martinière recomienda en su página web no ir por la carretera que el superviviente les impuso:
-Las vistas son increíbles.
-Y el precipicio también- pensó Alicia al volante.
Les recibió una horda de holandeses que tenían tomada la piscina. El pesiga apenas pudo nadar entre balonazos y niños-bomba.
Pero La Chartreuse les devolvió a los paisajes canadienses que tanto añoraban.
Como siempre, el pesiga se levantó al alba. Se afeitó la cabeza y salió a caminar. Podría llegar a Saint Pierre de Chartreuse y volver para hacerle el desayuno a su familia.
Al llegar a la entrada del pueblo vio un mapa turístico -¡Saint Pierre de Chartreuse es una estación de esquí!- el pesiga leyó en la web de esquí destinationchartreuse.com que solo estaban en servicio unos pocos telesquís, a los que había que llegar por un camino de cabras, con cadenas, y en convoy, porque el telecabina no funcionaba más.

-¡Un telecabina!- esa idea espoleó sus piernas para subir a lo más alto del pueblo. Siguió las indicaciones de "ESF" y lo vio. Un telecabina abandonado que subía desde los 900 metros a que se encuentra el pueblo a los 1300 des Essarts. Allí se podía coger un telesilla para llegar a los 1700 de la Scia.
-¡Un Poma de seis plazas de 1982 como el que había en Saint Lary o el que todavía funciona a duras penas en Ax!

Dejó de prestar servicio en 2020. La mancomunidad no podía pagar su sustitución ni tampoco la gran revisión del telesilla desembragable de L'Ours. Llevan muchos años sin suficiente nieve y sin cubrir gastos en Saint Pierre de Chartreuse. Han vendido el telesilla a Val Cenis y han cedido los pequeños telesquis que quedan a sendas asociaciones para que mantengan un esquí precario cuando haya nieve. Al final, un síntoma más de que Francia ya no funciona, todos los servicios públicos están en manos de asociaciones de voluntarios.
La siguiente parada de nuestra familia será Ginebra para disfrutar del lago Leman. El primer lugar desde donde ven el Mont Blanc. Perfectamente alineado con el chorro de agua que surge del lago impulsado por el aleteo de las sirenas que retienen a los habitantes de Ginebra con sus cánticos.
El lago Leman se nadó en su orilla norte, en los baños de Paquis, y en su orilla sur, en el camping más caro de Europa.
Hacia Chamonix parte nuestra familia al día siguiente. El pueblo está a rebosar. Todos los parkings llenos. Pero el pesiga sigue conduciendo, empecinado con aparcar a pie de pista.
-¡Si!- ¡el parking del Brevent tiene una última plaza libre!
No ven la cima desde abajo. Solo son capaces de distinguir la Aiguille du Midi. El ticket familiar cuesta 125 euros. Primero un telecabina y luego el teleférico del pic du Brevent. Una estación de llegada casi imposible, los cables de tensión anclados a la roca, al otro lado del precipicio.
El pesiga sufre un momento Sthendal al contemplar al otro lado del valle el coloso blanco. De repente todas sus lecturas alpinas cobran sentido. A la izquierda el Mont Blanc du Tacul y el Mont Maudit. A la derecha, el refugio y el Dôme du Goûter.

No puede dejar de mirarlo. Ninguno de los cuatro puede. Les explica a sus hijos todas las cimas que se ven desde allí. -¡y la llegada del DMC de Flaine también!- Los niños no siguen su entusiasmo.
Después de imaginarse bajando en invierno la pista negra Bozon, la familia emprende el descenso y el camino hacia Zermatt.
Antes de abandonar el Brevent, el pesiga corre a las taquillas: - ¿no tendrá usted un plano de pistas "de invierno"?
-Bien sûr- responde la taquillera.

Les decepciona el Col de la Forclaz. Apenas hay sitio para parar ni buenas vistas. No dejan de pasar coches. En Martigny inician dos penosas horas de carreteras secundarias por no pagar los 40 euros de la viñeta suiza de autopistas.
Los habitantes de Zermatt son listos. Saben que tienen uno de los mayores atractivos naturales de Europa. Así que le han puesto peaje. El pueblo sin coches. Por la sostenibilidad. ¡Ja! Son 16 euros al día de aparcamiento en Tasch. 16 euros el tren ida y vuelta. Y 20 euros de taxi (¡eléctrico!) para recorrer los 700 metros de la estación de tren al apartamento. Nada de carritos gratuitos como en Avoriaz. Pronto descubrirán que no es un pueblo peatonal. Siempre se está al borde del atropello: por autobús, por un taxi o por una bici eléctrica.
Pero ahí está, ahí está, la silueta del Cervino, visible desde cualquier calle, por cuya visión los turistas están dispuestos a pagar lo que los zermatters pidan.
La calle principal rebosa. El pesiga se siente pueblerino por ahorrarse el dinero del taxi: la familia arrastrando las mochilas y una ¡nevera de camping! entre turistas vestidos de cocktail. En este ambiente, Baqueira parece para pobres ¿dónde están los alpinistas que se mezclaban con los turistas después de descender de la cima del Matterhorn que contaba Maristany?
El apartamento no es como los del pirineo francés a los que está acostumbrada nuestra familia. Desde las dos terrazas se ve la cumbre. Que la vista esté tamizada por dos grúas de construcción no impide a nuestra pareja brindar como si ya la hubieran escalado.

El pesiga se levanta con dolor de cabeza. Tiene que ir a buscar su almohada mágica al parking de Tasch. En el tren de vuelta se encuentra a una chica que lleva un snowboard.
-Perdona. ¿hablas francés? ¿vas a esquiar ahora al glaciar?
-Si.
-¿No es demasiado tarde para subir?
-Quizás. Voy media hora más tarde de lo habitual. Llegaré al glaciar sobre las 10. Pero antes solo hay equipos y la nieve está más dura. Yo prefiero ir a esta hora.
-Yo iré mañana pero no sabía bien como debo hacer. ¿Qué ropa hay que llevar?
-Hay que llevar pantalones de esquí y un cortavientos. Buenas gafas de ventisca, las más oscuras que tengas, porque hace mucho sol, y mucha crema solar.
-¿Y dónde puedo alquilar los esquís ?
-Lo más cómodo es en Dorsaz, en la base del telecabina Matterhorn Express

Ese día nuestra familia cogió el metro subterráneo de Sunnega, un remonte que les pareció incómodo, imaginándose en invierno con los esquís y las botas puestas, subiendo todas esas escaleras empinadas para llegar a la cabina correspondiente del funicular. Y luego el telecabina del Blauherd hasta los 2600 metros de altitud. El tramo siguiente, el teleférico del Rothorn, hasta los 3.100 m estaba cerrado por un problema con los cimientos. Así que nuestra familia se encaminó feliz, avanzada la mañana, hacia el apacible descenso dominguero de los 5 lagos. Pero la ola de calor que asolaba Europa y una insuficiente previsión de agua convirtió el paseo en una prueba de supervivencia. Cuando vieron el Leisee de Sunnega rodeado de toldos se lanzaron al agua y se tumbaron a la sombra.

Por la tarde, media hora antes del cierre el pesiga fue a Dorsaz Sport.
-Buenas tardes. Vengo a alquilar unos esquís para mañana.
Él dueño le miró escéptico y le contestó - mañana abrimos a las 8.
-¿Pero no es mejor subir al glaciar a primera hora?
(Otro pesiga, pensó resignado)
-Si, claro a las seis y media abren el telecabina. Si es usted rápido le puedo dar los esquis ahora y los guarda en las taquillas de la estación.
-¡Estupendo!- exclamó nuestro pesiga que ya estaba haciendo cálculos de cuanto tardaría el teleférico en subir al glaciar.
-¿Es usted buen esquiador?
(¡el mejor!)
-¿All round o slalom?
-All round (no me vaya a flipar de más).
Así que nuestro pesiga salió de Dorsaz con su equipo de 100 euros y pagó otros 12 por la taquilla. Esa noche durmió intranquilo y a las cinco ya estaba en pie. No cogió el primer teleférico, pero casi. Era el único esquiador, el resto alpinistas y parapentistas.
Intentó entablar conversación con una chica que iba a escalar el Castor, en el Monte Rosa, pero no le dio juego.
Para subir a primera hora hay que coger el telecabina hasta Furi, luego un teleférico hasta Trockener Steg y desde allí otro hasta el Klein Matterhorn. A los turistas que suben a partir de las 8 los montan directamente en el telecabina Matterhorn Express que tiene paradas intermedias en Furi y Schwarzsee y finaliza en Trockener Steg, a 2900 metros. Desde allí ya está abierto el 3S superlujoso, con asientos de cuero, del Matterhorn Glacier Paradise.
El teleférico dejó a nuestro pesiga en el túnel excavado en la roca que desemboca en el glaciar. Agacharse para apretar los ganchos de las botas siempre corta el aliento, pero a 4000 metros todavía es más literal.
Nuestro pesiga se dirigió a la percha Gobba di Rollin (siempre hay que calentar en una pista verde, le decía su madre) pero resultó ser una pista demasiado plana para repetir. Así que buscó el acceso a la zona principal.
Parecía que había que cruzar la zona de entrenamientos pero no era evidente a primera vista. Había otro chico cerca.
-Do you know what to do now?
-No, it's my first time here- dijo Travis, de Wisconsin.
Así que cruzaron y llegaron a la pista principal.
Travis era un esquiador muy rápido. Nuestro pesiga tenía que emplearse a fondo para seguirle.
Compartieron varias subidas en el telesquí de ancla:
-Me encanta lo baratos que son los forfaits en Europa. El año pasado pagué un día 260 dólares en Vail.
-Pues para mi es el forfait más caro de mi vida. (¡40 euros más que en GranValira!).
A nuestro pesiga le cuesta seguir a Travis, pero el orgullo hace que vaya rápido, un poco fuera de control. La nieve está perfecta. Ya no está dura. Un ligero firn aparece sobre el glaciar.

Hablan de sus vidas tan lejanas. Travis no ha ido a la universidad, pero ha heredado la empresa de distribución e instalación de sistemas de climatización, "nationwide", precisa. Sus padres, con más de 70 años, esquían 75 días al año. Él, 20, como nuestro pesiga.
Al cabo de cinco o seis subidas juntos, Travis le cuenta que ha quedado con su mujer para ayudarle con la colada y luego subir en el tren de Gornegrat.
-Wives are dangerous for skiers!
-Oh, yes they are.
En la primera bajada después de que Travis se hubiera marchado, nuestro pesiga se da cuenta que ya está agotado. Entre que han esquiado a tope, que la pista no es corta, que no se descansa en el telesquí de ancla y que se encuentra a 4000 metros, el resto del día será una lucha contra unas piernas que ya no pueden más. -¿estaré tan mal de forma? se pregunta, él, que este invierno podía acumular 7.000 metros de desnivel en una jornada.

Los 14 km de pistas que Zermatt promociona como abiertos en el glaciar no existen en la realidad. Probablemente los 21 totales tampoco. Estos deben resultar de cuando, en mayo y en octubre, se puede bajar esquiando hasta Trockener Steg, a 2900 metros. El telesquí de ancla sube desde los 3.410 hasta los 2.720, 310 metros de desnivel y 1500 metros de longitud. Si de vez en cuando se coge el teleférico 3S (superlujoso, vacío y con asientos de cuero) que desde el Plateau Rosa cruza de vuelta al Klein Matterhorn, el descenso aumenta hasta los 400 metros de desnivel. Pero la pista de acceso al Plateau Rosa no es especialmente cómoda, salvo si necesitas esa parada para, como nuestro pesiga, sacarte las botas periódicamente para soportar el dolor.

La pista que está a la izquierda del telesquí está ocupada hasta las 11.30 por los equipos que están entrenando. Es una pista bastante parecida a la principal, quizás un poco más ancha. En total, salen unas 85 hectáreas de superficie esquiable, más o menos cómo Pajares.
Merece la pena, una vez en la vida, esquiar en verano frente al Matterhorn. Es una pista variada, divertida, con pasajes exigentes. Y hay un pequeño snowpark para el que quiera pegar unos saltos. La cumbre atrae nuestra mirada continuamente.

Nuestro pesiga no sufrió ninguna cola. De vez en cuando, los dos telesquís se iban estropeando, pero siempre estuvo funcionando al menos uno de ellos. No hizo frío ni calor. En ningún momento le sobró el fino plumífero de Decathlon, ni echó de menos haber ido más abrigado. Hay que llevar mucha agua. Hizo un sol espléndido y estábamos en plena ola de calor.
Nuestro pesiga ha disfrutado cada descenso, pero a las 12 ya está agotado, la nieve está pesada, las piernas no le responden y las botas, alquiladas, le hacen demasiado daño. Es hora de contar, con una sonrisa, a su familia como ha disfrutado, mientras comen al sol en la terraza de Trockener Steg.

Al día siguiente, nuestra familia coge el tren de cremallera de Gornegrat. Gracias a que han adquirido las tarjetas swiss half card para los adultos y las family card para los niños suben los 4 por 115 euros, sino hubieran pagado 345.
El ambiente del tren no es de quechua. Delante de ellos, un grupo de septuagenarios americanos en un viaje del Smithsonian Journeys, dirigidos por un guía británico muy amanerado. Antes de contar a los jubilados cada anécdota por los auriculares inalámbricos imita el jingle de la megafonía: -ding, dong, ding. Gracias a él, nuestro protagonista se entera que a partir de las cuatro de la mañana puede verse desde el pueblo la procesión de linternas centelleantes en la arista Hörnli.

El Gornegrat, a 3.100 metros, es el mirador al glaciar de Gorner y a todo el macizo del Monte Rosa. Uno de los glaciares más grandes y largos de europa. Nuestra familia vive otro momento Stendhaliano. El lago Riffelsee refleja el Matterhorn. Mientras descienden paseando hacia Riffelberg no dejan de verlo. Cientos de fotografías con el Cervino de fondo se acumulan en sus móviles.

Esa noche nuestro pesiga se levanta de madrugada para ver las luciérnagas que ascienden por la arista. Si no sube hoy hasta el refugio, cuándo lo va a hacer, es la oportunidad de su vida. Ya no puede volver a dormirse. En internet los alpinistas apenas le dedican dos líneas a la aproximación, así que no debía ser difícil.

Coge el primer telecabina hasta Schwarzsee y se pone a caminar. Son las ocho de la mañana y están a casi 3000 m, pero ya hace calor en manga corta. Se pega a una chica muy sosa. Qué no para de decir que la ruta es peligrosa. Pero luego le cuenta que ya ha subido al Kilimanjaro -"no se veían las vistas, estuvo nevando tres días desde que llegamos a 4000 metros de altura"- y ha recorrido el trekking al campo base del Everest -"hay mucha gente".
La primera hora de marcha nuestro pesiga consiguió seguir el ritmo exigente de la austriaca. Pero en cuanto vio la primera escalera metálica colgada sobre el vacío se dio cuenta que era el momento de pasar al modo realismo mágico, al estilo de David Uclés, y se subió al hombro de la senderista.

Al llegar al refugio Hörnli le estaba esperando Manuel Maristany -ven pesiga, conmigo vencerás tus miedos- le susurró.
Continuamos trepando a buen ritmo. Clarea, y en la penumbra gris del alba se vislumbran las grietas del glaciar de Furgen a nuestros pies. El cielo se tiñe de azul y rosa pálido y en el cristal de la aurora se recorta limpiamente la cima del Monte Rosa. Muy hondas, la luces de Zermatt titilan en las tinieblas del valle.

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Ascendemos con regularidad, sin pausas y llegamos la cabaña Solvay, una simple cabaña de madera colgada literalmente del abismo, a 4000 metros de altura.
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A continuación, salvamos un tramo bastante empinado de unos quince metros. En esta ocasión, Manuel se adelanta y me asegura desde arriba. Hasta ahora hemos trepado al alimón.
¡Arriba!- me anima.
La grimpada resulta absolutamente satisfactoria a pesar de que algunas rocas están recubiertas de una ligera película de hielo. Hace frío, pero el ejercicio me ha hecho reaccionar.
El sol luce ya esplendorosamente cuando ganamos el resalte que forma como una especie de hombro de la montaña y que se llama precisamente así: El Hombro. Está cubierto de nieve y nos detenemos para calzarnos los crampones.
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Superado El Hombro, alcanzamos el paraje de las llamadas Rocas Rojas (que no veo por ninguna parte). La arista Hornli muere al pie del baluarte cimero del Matterhorn, conocido por El Techo porque imita al tejado de una casa. Es, para decirlo con palabras del propio Whymper, el paraje que desde Riffelberg parece casi perpendicular y aún en ángulo obtuso. Se impone, pues, un cambio de dirección, abandonar la arista de Hornli y aventurarse sobre los sombríos precipicios helados de la cara norte, exactamente como hizo la cordada vencedora hace casi exactamente un siglo (y medio).
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La mañana continúa siendo espléndida cuando cabalgamos la arista cimera. De pronto ya no hay nada más que subir. Estamos en pleno cielo. Únicamente el Monte Rosa nos sobrepasa en altura. Todos los demás picos son nuestros vasallos, a los que el Matterhorn hace guardar una respetuosa distancia. Muy lejano, se divisa el Montblanc. Incrédulo y asombrado, estrecho la mano de Manuel que me felicita.
-Muy bien, pesiga, muy bien.
Le contesto distraído. Todavía no me acabo de creer que estoy pisando la cima de mis anhelos infantiles, que no es tan estrecha ni puntiaguda como me había imaginado, sino una cresta de nieve y roca de cien metros aproximadamente, donde uno puede tenerse sobradamente en pie sin necesidad de hacer ningún tipo de equilibrio. (1)
(1) Extractos de las páginas 132-134 de "Ha Nevado en La Molina", capítulo "Un Pasarell en el Matterhorn", Manuel Maristany, Ed. 1991. Editorial Juventud. Ligeramente reinterpretado por el autor de este relato en las palabras que no están en cursiva.
