Hay ideas que, de tanto repetirlas, dejan de cuestionarse. En el esquí ocurre constantemente. Expresiones como postura básica, curva conducida, apretar el dedo gordo o vencer la fuerza centrífuga forman parte del vocabulario habitual de profesores y esquiadores. Las escuchamos desde los primeros días sobre la nieve y terminamos utilizándolas casi sin pensar.
Este artículo gira alrededor de una idea sencilla: las palabras con las que explicamos el esquí no solo describen el movimiento, también dirigen nuestra atención. El problema no es que usemos una terminología incorrecta —la mayoría de esos términos están perfectamente asentados en la enseñanza del esquí—, sino que una explicación, una consigna o una simplificación didáctica puede desplazar esa atención del proceso al resultado, de la función a la forma o de la causa al efecto. Y ese pequeño cambio de foco acaba construyendo un modelo mental distinto y, con él, una forma distinta de esquiar. Con los años he comprobado que pequeños cambios de interpretación generan diferencias enormes: no porque cambie la técnica, sino porque cambia cómo el cuerpo organiza y regula el movimiento.
No es un fenómeno exclusivo del esquí. Ocurre en cualquier disciplina motriz. Pero quizá en nuestro deporte resulte especialmente evidente porque todo sucede sobre un medio cambiante, donde el equilibrio varía continuamente y cualquier interpretación equivocada acaba reflejándose de inmediato en el movimiento.
Quiero compartir cuatro ejemplos que llevo años observando en pista. No para sentar cátedra ni ofrecer respuestas definitivas, sino porque me han ayudado a entender mejor cómo aprendemos, cómo enseñamos y, sobre todo, cómo pensamos el esquí.

La foto que no sabe esquiar
Cuando la forma desplaza a la función
La posición básica probablemente sea uno de los conceptos más utilizados en la enseñanza del esquí. También uno de los más susceptibles de generar una interpretación equivocada.
Cuando hablamos de postura básica no nos referimos a una posición concreta, sino a una organización corporal relativa entre las distintas partes del cuerpo, oponiéndose a la acción de la gravedad y capaz de adaptarse continuamente al terreno, la velocidad, a las variaciones de presión y las fuerzas y estímulos externos que aparecen durante el desplazamiento.
El problema aparece cuando esa organización se convierte en el objetivo.
Entonces el esquiador deja de organizar el movimiento y empieza a intentar conservar una postura concreta. Su atención pasa a centrarse en la posición de las manos, la mirada, la separación de los esquís o el grado de flexión de las articulaciones independientemente del medio. Todos esos elementos existen y son importantes, pero pertenecen al ajuste fino de un esquema que todavía no han adaptado de forma correcta.
La consecuencia suele ser fácil de reconocer: el cuerpo esta rígido, la musculatura permanece innecesariamente contraída y los movimientos pierden naturalidad. El esquiador intenta mantener una forma cuando, en realidad, debería estar respondiendo continuamente a lo que ocurre bajo sus esquís.
El aprendizaje motor lleva décadas describiendo este fenómeno. Cuando una habilidad es nueva, el sistema nervioso reduce parcialmente los grados de libertad para simplificar el control del movimiento. Si, además, el esquiador interpreta la posición básica como una forma que debe conservar, esa rigidez inicial encuentra el escenario perfecto para consolidarse.
Con la práctica ocurre precisamente lo contrario. El movimiento gana libertad, aparecen ajustes continuos y la postura deja de ser un objetivo para convertirse en la consecuencia de una buena organización corporal.
No es la palabra la que provoca el problema.
Es el modelo mental que construimos a partir de ella.
Y no hablo solo de quien empieza. Yo mismo he pasado por esa etapa, y la veo cada año en los cursos de TD1 e incluso en algunos de TD2 que imparto — profesores noveles y otros que ya enseñan o enseñarán a sus propios alumnos, gente que ya esquía muy bien. No porque la definición técnica esté mal planteada, sino porque, con demasiada frecuencia, terminamos prestando más atención a la apariencia de la postura que a la función que debe cumplir.
De repente se vuelven robóticos: buscan el codo en su sitio, la mano donde toca, la postura de manual. Hacen la foto. Y es la misma trampa exacta en la que cae un debutante el primer día — solo que con mejor nivel técnico y, muchas veces, sin darse cuenta de que están cometiendo el mismo error que en principio están trabajando para que no cometan sus alumnos.

El material también sabe hacer curvas bonitas
Cuando confundimos el control con el efecto
Si en el caso anterior la postura básica podía llevarnos a confundir una función con una forma, aquí ocurre algo diferente.
Con frecuencia utilizamos conducir como sinónimo de cortar. Sin embargo, ambas palabras no describen la misma realidad.
Cortar y derrapar describe el efecto direccional que el esquí produce sobre la nieve. Conducir describe el grado de control que el esquiador ejerce sobre ese efecto.
Y esa diferencia cambia por completo la forma de entender el gesto.
Un esquí puede derrapar de manera perfectamente controlada. El esquiador decide cuánto derrapa, cuándo comienza ese derrape y cuándo lo termina. El deslizamiento lateral deja de ser un error para convertirse en un recurso técnico.
Del mismo modo, un esquí puede cortar una curva sin que exista un verdadero dominio del movimiento.
Lo he visto muchas veces en niños que empiezan. Al girar, entran ligeramente sobre el canto, el radio del esquí empieza a trabajar y, de repente, el material cambia de dirección con mucha más rapidez y velocidad de la que esperaban.
Desde fuera parece una curva perfectamente cortada.
Pero el niño no ha decidido realmente lo que acaba de ocurrir.
Ha sido el esquí quien ha hecho el trabajo.
Él simplemente iba encima.
Ha cortado. Pero todavía no ha conducido.
Creo que ahí empieza gran parte de la confusión.
Cuando identificamos automáticamente conducción con carving, dejamos fuera una enorme parte del esquí. Un descenso por nieve primavera, una pendiente muy fuerte, una pala helada, una entrada táctica en competición o una simple corrección de trayectoria pueden exigir un derrape dosificado. En todas esas situaciones puede existir una conducción excelente.
Probablemente uno de los mejores indicadores del nivel técnico de un esquiador no sea cuánto corta, sino cuánto decide.
El gran esquiador no elimina el derrape.
Lo administra.
Lo utiliza cuando conviene.
Lo reduce cuando deja de aportar.
Y cambia continuamente entre derrapar y cortar sin que exista una frontera clara entre ambas formas de deslizar.
Uno describe lo que hace el esquí. El otro describe quién está tomando realmente las decisiones.
Cuando confundimos ambos planos, dejamos de perseguir el control y el desarrollo de la diferenciación kinestésica para empezar a perseguir un efecto mecánico.
Y, una vez más, cambia el modelo mental desde el que organizamos el movimiento.

El apoyo que sí importa (y no es el que crees)
Cuando confundimos el apoyo con el punto de apoyo
Hasta ahora hemos visto dos situaciones distintas con un mismo denominador común. En la primera, una función acababa convirtiéndose en una forma. En la segunda, el control del movimiento se confundía con el efecto que producía el esquí sobre la nieve.
Aquí ocurre algo parecido, pero dentro de la bota.
Es una consigna que todos hemos oído alguna vez y que muchos también hemos utilizado al enseñar:
"Aprieta el dedo gordo."
La intención es buena. Se busca que el esquiador encuentre un apoyo sólido sobre el esquí exterior para favorecer el trabajo del canto.
Sin embargo, con el tiempo he llegado a pensar que esa forma de expresarlo puede desplazar la atención hacia un punto anatómico concreto cuando lo que realmente buscamos es una organización del apoyo mucho más amplia.
El apoyo importante no está en el dedo gordo. Está en la almohadilla plantar situada bajo la base del primer metatarso, manteniendo al mismo tiempo un reparto equilibrado de presiones con el talón.
La diferencia es de apenas unos centímetros.
Pero esos centímetros cambian la forma en la que el cuerpo organiza el apoyo.
Los dedos proporcionan una información sensorial extraordinariamente importante: por un lado dan información sensorial muy fina para realizar los micro ajustes de equilibrio, y también pueden soportar carga cuando el movimiento lo requiere. Sin embargo, cuando toda la atención se dirige a "apretar el dedo gordo", es frecuente que el peso se desplace demasiado hacia la parte anterior del pie además de “perder” en cierta medida la finura en la capacidad estabilizadora.
En pista ese matiz suele apreciarse de forma muy sutil.
La carga tiende a adelantarse ligeramente, el talón pierde parte de la presión que debería recibir y el apoyo deja de repartirse de forma natural dentro de la bota.
Desde fuera apenas se percibe. La propia rigidez de la bota amortigua gran parte de ese movimiento.
Pero el esquí sí termina reflejándolo.
La cola deriva un poco más de lo deseado.
El canteo pierde precisión, tanto en curvas derrapadas como cortadas.
Y esto no es solo cosa de niveles bajos. Lo veo también en esquiadores de nivel medio-alto, que ya saben cambiar bien de dirección pero no siempre son capaces de gestionar bien el apoyo del esquí hasta el final del gesto: pierden un poco el control del corte, un derrape muy sutil y sin ser su voluntad. La consecuencia no se queda en esa curva — el apoyo final queda peor colocado, la proyección hacia el siguiente viraje pierde precisión, y el cambio de cantos llega con menos limpieza. Ese hilo, cómo una curva mal apoyada condiciona la siguiente, daría para otro artículo entero.
Y esos pequeños ajustes que permiten cerrar una curva con limpieza empiezan a resultar más difíciles.
No se trata de apoyar en un dedo. Se trata de organizar un apoyo.
Y esa diferencia vuelve a cambiar el modelo mental.
El esquiador deja de buscar un punto concreto del pie para empezar a organizar toda la cadena de presiones que estabiliza el esquí.
Una vez más, no cambia el movimiento.
Cambia aquello sobre lo que dirigimos la atención.
Quiero terminar recomendando dos lecturas que han influido especialmente en mi forma de entender este tema. Tanto Ernesto Rodríguez "Nes" y Carlos Guerrero "Carolo", como Enrique Ballestero, titular de la asignatura de esquí en el INEFC, han sido referentes en mi formación, formadores durante muchos años y hoy tengo la suerte de poder considerarlos también compañeros. De todos ellos he aprendido mucho, y buena parte de la forma en la que hoy entiendo y transmito el esquí nace también de esas lecturas, conversaciones, clases y años de aprendizaje compartidos.
Si este tema os ha resultado interesante, os recomiendo especialmente el artículo de Nes, Ojo a los pies!, y el de Carolo, No fui yo el del dedo gordo. Ambos abordan el papel de los pies y los apoyos desde perspectivas diferentes y complementarias, y merece la pena dedicarles unos minutos.
• Ernesto Rodríguez "Nes" – Ojo a los pies!
• Carlos Guerrero "Carolo" – No fui yo el del dedo gordo

La fuerza que te inventas en cada curva
Cuando confundimos la reacción con la acción
Si en los casos anteriores una palabra podía llevarnos a confundir una función con una forma, un control con un efecto o un apoyo eficiente con un punto anatómico, aquí el desplazamiento ocurre entre dos fenómenos físicos diferentes.
Es habitual escuchar expresiones como «ahora hay que vencer la fuerza centrífuga» al iniciar un viraje.
Todos entendemos lo que quieren decir y, como recurso didáctico, probablemente seguirán utilizándose durante muchos años.
Sin embargo, esa forma de expresarlo puede dirigir nuestra atención hacia una reacción que sentimos, en lugar de hacia la acción que realmente construye el giro.
Lo que el esquiador siente al entrar en una curva no es una fuerza que aparezca desde fuera para empujarlo hacia el exterior. Lo que siente es la inercia: la tendencia natural del cuerpo a seguir moviéndose en línea recta mientras ninguna fuerza cambie su trayectoria.
La fuerza que realmente cambia nuestra trayectoria es otra.
Cuando inclinamos el esquí y el canto presiona la nieve, esta responde generando la fuerza centrípeta, la única responsable de modificar la dirección del movimiento.
La diferencia puede parecer puramente teórica.
Pero cambia por completo el foco de atención.
Si el esquiador piensa que debe vencer una fuerza que lo empuja hacia fuera, su organización del movimiento suele orientarse a resistir.
En cambio, si entiende que el objetivo es generar agarre para crear la fuerza que cambiará su trayectoria, toda la intención técnica cambia.
Deja de defenderse.
Empieza a construir.
Se nota incluso en cómo se mueven: pasan de esperar a atacar, de colocarse a generar. Dejan de posar para la curva y empiezan a buscarla.
El foco deja de estar en soportar un supuesto empuje exterior y pasa a crear, mediante el trabajo del canto y la interacción con la nieve, las condiciones que hacen posible el giro.
La física es la misma de siempre. Lo que cambia es cómo se la cuentas a tu cabeza.
Una idea, cuatro miradas
Lo que tienen en común estas cuatro palabras
No pretendo sustituir la terminología habitual ni ofrecer respuestas definitivas. Yo mismo utilizo muchas de estas expresiones cada día porque forman parte del lenguaje con el que todos hemos aprendido, enseñado y compartido el esquí.
Mi intención ha sido simplemente proponer una forma diferente de mirarlas. Creo que este patrón no aparece solo en los cuatro ejemplos que hemos visto. Probablemente esté presente en muchos otros conceptos técnicos que utilizamos con naturalidad. Al fin y al cabo, las palabras no solo describen el movimiento: también orientan nuestra atención. Y cuando cambia el foco, puede cambiar también la forma en la que aprendemos, enseñamos y esquiamos.
Desarrollar cada uno de estos casos desde un punto de vista práctico, con ejemplos, ejercicios y aplicaciones en pista, daría para varios artículos. Aquí solo he querido compartir una idea que, al menos para mí, ha cambiado la forma de entender algunos de los conceptos más habituales de nuestro deporte.
Si estas reflexiones os han resultado interesantes o simplemente os han hecho mirar alguno de estos conceptos desde otra perspectiva, el objetivo de este artículo estará más que cumplido.
Estos son los cuatro casos que he elegido para hablar de esto, pero seguro que hay más. Si se os ocurre alguno, contádmelo en los comentarios — os leo con mucha ilusión.
Este es mi primer artículo en el Blog y agradezco a Pepe Peinado por brindarme tan amablemente este espacio, y a quienes me han acompañado en el camino hasta aquí – familia, mentores y alumnos –. Y si alguna vez coincidimos, probablemente me encontraréis dando clases de esquí por Baqueira o disfrutando de un día más sobre la nieve.
Autor:
Víctor Puche Fita, Fundador y Director Técnico de Alpine Ski Academy, TD3, Demo en SAFE formación y asignatura de esquí en 4º de INEFC, Carv IQ 170, más de 24 temporadas de profesión en Baqueira Beret.
