Rob Katz, CEO de Vail Resorts, parece que le está empezando a ver las orejas al lobo. Asegura que está desapareciendo la base de esquiadores que construyó la industria del turismo de nieve en los Estados Unidos. Pierden esquiadores porque se hacen mayores, y no entran nuevas generaciones. Por eso decidieron lanzar un EPIC Pass para la Gen Z con descuentos del 30%. Pero además de jóvenes pide también esquiadores negros y la vuelta de la clase media.
El problema es que en Estados Unidos la clase media está desapareciendo a pasos agigantados. Mientras hay gente con cada vez más dinero y millones de dólares, otros luchan por su supervivencia tanto económica. Así lo indicaba un estudio presentado este pasado mes de enero por el Bank of America sobre la situación de la industria del turismo de esquí en norteamérica.
Y lo tienen claro: la clase media ha desaparece. Según refleja en las estadísticas de las temporadas 2024 y 2025, aunque el gasto total en las estaciones de esquí baten récords históricos, el volumen de familias que pisan la nieve está en caída libre. Una paradoja que se entiende por que, según indican, se ha producido una concentración de gasto sin precedentes que ellos denominan "efecto selección". Desde 2018, el número de hogares que invierten más de 2.000 dólares por temporada se ha triplicado, mientras que aquellos que gastan menos de 300 dólares (el perfil del esquiador ocasional o local) están desapareciendo del mapa.
La barrera de entrada se ha vuelto infranqueable para la mayoría. En estaciones de primer nivel como Aspen, Vail o Park City, el precio del forfait de un solo día en taquilla ya supera los 300 dólares. Para una familia de cuatro miembros, el simple acceso a los remontes durante un fin de semana supone un desembolso de 2.400 dólares, una cifra que no incluye alojamiento, equipo, clases ni manutención. Este encarecimiento salvaje ha transformado el deporte en una actividad de nicho, donde la experiencia ya no ocurre en la estación de esquí, sino en el interior de residencias privadas 'fortificadas'.
Après-ski solo entre millonarios
Al mismo tiempo resulta que los millonarios buscan cada vez más exclusividad y con ello aislarse del 'mundanal ruido que provoca la plebe'. Ayer mismo el The Wall Street Journal explicaba como muchos de ellos están invirtiendo vergonzosas sumas de dinero en construir bares dentro de sus propias mansiones de la Rocosas. Ahora ya no tienen que hacer el après ski donde lo hacen todos, sino aislados en un búnker donde para crear ambiente, invitan a amigos
Lejos de ser una excentricidad decorativa, es una tendencia que va a más. Se gastan un dineral en levantarlos, y luego allí hacen su après ski. Ahora no solo han gentrificado aquellas montañas, sino que además contribuyen menos a la economía local blindándose tras un muro de exclusividad y tecnología.
En este contexto de exclusividad, el bar privado en la mansión se ha erigido como el nuevo centro neurálgico del invierno. El rotativo estadounidense explica el caso de Brian Healy, un empresario del sector energético en el área de San Francisco que se ha gastado la friolera de 800.000 dólares en una zona de bar de inspiración irlandesa con mármoles verdes y tiradores profesionales. La tenia lista antes incluso de terminar el resto de su mansión en Lake Tahoe. Su vivienda está diseñada para que sus invitados esquíen directamente hasta la puerta desde las pistas de Northstar (California), evitando cualquier contacto con las aglomeraciones o los precios de la base de la estación.
Esquiar solo con millonarios
La privatización del terreno es el siguiente paso lógico en esta escalada. En Utah, la estación de Powder Mountain (Utah) ha comenzado a restringir el acceso a miles de hectáreas esquiables, reservándolas exclusivamente para quienes poseen una propiedad en la estación de esquí. Es el modelo del Yellowstone Club (Montana) llevado al extremo: comunidades cerradas donde la montaña es, literalmente, propiedad privada.
En estos entornos, hay familias que invierten 400.000 dólares en transformar sus sótanos en clubes privados tematizados, por ejemplo con estética de los años veinte, donde se sirven martinis en un ambiente cerrado mientras el resto de la gente lidia con forfaits prohibitivos y pistas masificadas.
También en el Wall Street Journal, el promotor inmobiliario Robert Covington explica que ya no conciben una residencia de lujo sin estos espacios de aislamiento. El objetivo actual es que el propietario sea autosuficiente. Se diseñan casas con múltiples bares, simuladores de golf y sistemas de sonido de cine para que no haya necesidad de interactuar con el entorno público. Jane Berg, en Aspen Highlands, ejemplifica esta hospitalidad radical: contrata chefs y cocteleros privados que trabajan en su propia cocina, permitiendo que sus invitados esquíen "dentro y fuera" de su propiedad como si el salón de su casa fuera la extensión natural de la pista de esquí.
El resultado final es un esquí de dos velocidades que parece no tener retorno. Por un lado, una clase media que se retira de las montañas ante costes que se asemejan más a la compra de un vehículo que a un fin de semana de ocio. Por otro, una élite que opta por blindar su experiencia en residencias ultra-equipadas. El bar privado con vistas a la montaña no es solo un capricho decorativo; es el símbolo de una fractura económica donde el invierno estadounidense ha pasado de ser un patrimonio común a un club social exclusivo con derecho de admisión garantizado por la cuenta corriente.

Un esquiador sale de su mansión directo a pistas
