Meteorológicamente la temporada de esquí en los Estados Unidos ha sido una de las peores que se recuerdan. La nieve ha brillado por su ausencia casi desde el principio, y a excepción de alguna zona en el noroeste, en general se ha negado a aparecer. Sin embargo las cifras económicas no serán malas. No sera para tirar cohetes, pero tampoco para salir a la calle haciendo círculos con las manos en la cabeza, lo que da una imagen de como la industria del turismo de invierno por allí, han sabido 'blindarse' a los malos inviernos. Aunque sean muy malos.
Desde el punto de vista meteorológico, el invierno empezó con señales prometedoras. Octubre y principios de noviembre trajeron algunas nevadas tempranas en zonas como Sierra Nevada (California) y el Medio Oeste, pero rápidamente el patrón cambió. Diciembre, que es clave para la industria por coincidir con las vacaciones navideñas, fue especialmente pobre en el oeste del país. En regiones fundamentales como las Rocosas o California, las nevadas estuvieron entre un 50% y un 60% por debajo de la media histórica de los últimos 30 años.
Este acabó por definir el funcionamiento de toda la temporada. En estaciones de Colorado, Utah o Lake Tahoe apenas había area esquiable en diciembre (en algunos casos solo un 10-15%), lo que afectó directamente a la experiencia del cliente y, sobre todo, a la decisión de viajar. El esquí en Estados Unidos depende mucho del turismo de larga estancia (viajes, vuelos, reservas anticipadas), y cuando las imágenes muestran montañas marrones o con nieve artificial limitada, el impacto en la demanda es inmediato.
Según los análisis meteorológicos que se están publicando estos dias en Norteamérica, El Niño (o mas bien su falta) tiene la culpa de este mal invierno. Este es un fenómeno que se caracteriza por un calentamiento de las aguas ecuatoriales que, habitualmente, empuja la corriente en chorro (jet stream) hacia el sur de Estados Unidos. En teoría, esto debería haber traído inviernos épicos a California y el sur de las Rocosas. Sin embargo, este año el fenómeno se ha manifestado de forma errática.
En lugar de una sucesión de nevadas, el sur recibió masas de aire demasiado cálidas. Esto provocó que, en cotas medias y bajas de la Sierra Nevada y Arizona, lo que debían ser grandes nevadas se convirtiera en lluvia. Por el contrario, el norte del país quedó bajo un régimen de bloqueo que desvió la humedad hacia el Noroeste del Pacífico (Washington y Oregón), que ha sido la única región con números por encima de la media. Allí, estaciones como Mt. Baker han superado los 11 metros de acumulado, mientras el resto del país miraba al cielo esperando un frío que no terminaba de consolidarse.
A medida que avanzó el invierno, la situación mejoró parcialmente. Enero y febrero trajeron algunas tormentas importantes que permitieron abrir más pistas, especialmente en zonas como Utah, Colorado y el noroeste del Pacífico. Pero la irregularidad siguió siendo la norma. Episodios de calor inusual, incluso en pleno marzo, provocaron cierres anticipados en estaciones de California, con casos muy visibles de finales de temporada abruptos por falta de nieve.
Este patrón (arranque muy flojo, recuperación parcial y final irregular) ha sido bastante generalizado. Y explica por qué, aunque la temporada no ha sido catastrófica en cifras totales, sí ha generado una sensación de inestabilidad constante tanto en operadores como en clientes.
Si miramos por regiones, el contraste ha sido notable. El oeste (California, Nevada, parte de las Rocosas) ha sido claramente el más perjudicado, con falta de nieve y temperaturas altas. Colorado, que es el corazón del esquí estadounidense, ha registrado descensos tanto en visitas como en ingresos, con caídas cercanas al 12% en esquiadores y casi un 5% en facturación en algunos momentos de la temporada.
En cambio, el este del país (Vermont, Maine, Nueva York) ha tenido un comportamiento algo mejor. Allí las nevadas han sido más regulares, aunque también con altibajos, y además muchas estaciones de esquí ya dependen tradicionalmente a nivel general de la nieve artificial (les hace mucho frio pero hay menos precipitación), lo que les permite mantener la actividad incluso en inviernos complicados.

Las estaciones de esquí de Utah y Colorado han llegado a marzo con nieve muy limitada en sus pistas
Un mal invierno meteorológico ya no es una mala temporada económica
La consecuencia fue clara: una caída significativa de visitantes en el arranque de temporada. El mayor operador del país, Vail Resorts, reportó un descenso del 20% en visitas hasta principios de enero. Es una cifra muy contundente, especialmente si se tiene en cuenta que venían de varios años muy sólidos tras la pandemia.
Sin embargo, esa caída de visitas no se tradujo en un desplome equivalente de ingresos. De hecho, los ingresos por remontes solo bajaron ligeramente (en torno al 1,8%). Esto refleja un cambio estructural en el modelo de negocio: cada vez más basado en forfaits de temporada vendidos con antelación (como el Epic Pass), que aseguran ingresos independientemente de si el cliente esquía mucho o poco (aunque esto también está cambiando como veremos más adelante).
Más allá de la meteorología, hay factores adicionales que han influido en la temporada. Uno de ellos ha sido la caída del turismo internacional en determinadas zonas. Por ejemplo, estaciones cercanas a Canadá han sufrido un descenso muy fuerte de visitantes canadienses (en algunos casos más del 40%) debido al boicot político contra Trump. Esto ha tenido un impacto directo en regiones como Vermont.
También hay un cambio de comportamiento del consumidor. Tras el boom post-COVID, el mercado parece estar normalizándose. Menos nuevos esquiadores, menor crecimiento en ventas de abonos y una mayor sensibilidad al precio y a las condiciones meteorológicas. Incluso antes de empezar la temporada ya se había detectado una ligera caída en la venta de pases de temporada.
En cuanto al empleo, la situación ha sido desigual. Las estaciones de esquí que han tenido problemas de nieve han reducido horas o retrasado contrataciones, especialmente en diciembre. Esto ha afectado a trabajadores temporales en remontes, escuelas de esquí, restauración y alquiler de material. Sin embargo, el sector no ha vivido un colapso laboral, en parte porque muchas empresas han optado por mantener plantillas para no perder personal cualificado en un mercado laboral ya de por sí tensionado.
De hecho, una de las grandes preocupaciones del sector sigue siendo la dificultad para encontrar y retener trabajadores. En ese sentido, esta temporada ha reforzado una tendencia clara: los operadores están pagando más, ofreciendo vivienda para empleados y mejores condiciones laborales, intentando estabilizar una fuerza de trabajo muy dependiente de la estacionalidad.
Los operadores, por su parte, han transmitido un mensaje bastante coherente: resiliencia, pero también preocupación. Han insistido en que la variabilidad meteorológica ya no es una anomalía, sino la nueva normalidad. Y que su estrategia pasa por tres pilares: diversificación de ingresos (menos dependencia del día de esquí), inversión en nieve artificial y mejora de la experiencia del cliente.
En paralelo, se mantiene un nivel alto de inversión en el sector. A pesar de un invierno complicado, el esquí en Estados Unidos sigue siendo un negocio potente, con grandes grupos apostando por modernización de remontes, digitalización y expansión inmobiliaria asociada a las estaciones.

Imagen de Deer Valley este pasado 19 de marzo de 2026
Más experiencia, menos powder
Lo que podemos ver es que esta temporada en Estados Unidos está siendo la consolidación de una transformación de le gestión del negocio de turismo de nieve que ya venía haciéndose desde hace años, especialmente tras la pandemia del COVID, y que ahora simplemente un iniverno complicado ha pillado a la mayoría de estaciones de esquí preparadas, y así van a seguir haciendolo porque por encima de todo el esquí en Estados Unidos sigue siendo una industria económicamente sólida, pero cada vez menos dependiente de la nieve natural.
Por otra parte, esta, por así decir, 'volatilidad meteorológica', está afectando directamente a la planificación de viajes y a la confianza del esquiador,que prefiere esperar antes de reservar.
Y no menos importante, es que el modelo de negocio está cambiando: menos dependencia del “día perfecto de powder” y más de ingresos asegurados, tecnología y adaptación constante. Grandes operadores, como Vail Resorts o Alterra Mountain, dependen mucho menos del forfait diario y mucho más de abonos de temporada como Epic o Ikon, que se venden antes de que empiece el invierno. Eso garantiza ingresos aunque nieve poco o el cliente esquíe menos.
Además, están invirtiendo fuerte en nieve artificial, digitalización y experiencias complementarias (restauración, alojamiento, ocio), de modo que el negocio ya no gira únicamente en torno a las condiciones perfectas de nieve, sino a un ecosistema más amplio y previsible.
A diferencia de Europa, allí ahora se apuesta solamente por una cuidada restauraciono o alojamientos premium. En Estados Unidos sí hay festivales de música, pero son más pequeños y secundarios que en Europa. Eventos como WinterWonderGrass o Rendezvous Festival combinan música y montaña, pero suelen durar pocos días y centrarse en el après-ski. A diferencia de Europa, donde el festival puede ser el motivo principal del viaje, en EE.UU. es un complemento. Influyen factores como el precio, menos días de vacaciones y una cultura más deportiva y familiar del esquí.
En definitiva, no ha sido una mala temporada en términos absolutos, pero sí una temporada complicada de gestionar. Una de esas que no hunden la industria, pero que obligan a replantearse muchas cosas. Y, sobre todo, que confirman que el mayor reto del esquí ya no es atraer clientes, sino convivir con un clima cada vez menos predecible. Allí ya han entendido esto, y en Europa poco a poco también se está haciendo lo mismo.

Las estaciones de Colorado y Utah han visto como se adelantaba su esquí de primavera
