En buena parte de las montañas del oeste del país, el invierno ha sido sinónimo de valles marrones, pistas a medio abrir y una actividad muy por debajo de lo habitual. Lo que para el turista y esquiador es decepción, para miles de trabajadores y para la economía de numerosas comunidades de montaña se ha convertido en un problema muy serio. Y esto en un muy mal momento económico en los Estados Unidos, donde ya se vive la peor recesión desde 2003 con más de 100.000 despidos solo en enero, todo un récord desde 2009
Desde Colorado hasta Utah, pasando por el noroeste del Pacífico, los niveles de nieve acumulada han estado claramente por debajo de la media. En estados tradicionalmente fiables para el esquí, las condiciones se ha situado en muchos momentos entre un 40 % y un 60 % por debajo de los valores habituales para estas fechas, una anomalía que ha limitado la apertura de pistas y la superficie esquiable disponible.
Grandes empresas del sector han reconocido que al inicio del invierno la nieve caída fue aproximadamente la mitad de lo normal en varias de sus estaciones de esquí del oeste, y que el terreno operativo en momentos clave de la temporada apenas representaba una fracción de lo que sería habitual. El resultado ha sido visible tanto en la montaña como en las cifras de visitantes, que en algunos casos han descendido en torno a una quinta parte respecto al año anterior.
Detrás de este panorama hay una combinación de factores meteorológicos que han jugado en contra de la nieve. Este invierno se ha caracterizado en amplias zonas del oeste estadounidense por temperaturas superiores a lo normal y por una circulación atmosférica poco propicia a la llegada de grandes borrascas cargadas de humedad.
Cuando la precipitación ha llegado, en muchas cotas se ha presentado en forma de lluvia en lugar de nieve, algo decisivo en montañas donde unos pocos grados marcan la diferencia entre una base sólida y un suelo encharcado. Este tipo de inviernos no son desconocidos, pero los científicos llevan años advirtiendo de que, en un clima que se calienta, los episodios de escasez de nieve pueden volverse más frecuentes y más intensos, sobre todo en altitudes medias. Una temporada aislada no demuestra por sí sola el cambio climático, pero sí encaja con una tendencia que preocupa cada vez más al sector.
En las estaciones de esquí, la falta de nieve natural se ha intentado compensar con producción propia, pero esta solución tiene límites claros. Fabricar nieve exige temperaturas suficientemente bajas, grandes cantidades de agua y un consumo energético elevado. Cuando los termómetros no acompañan, los cañones no pueden trabajar con eficacia, y cuando lo hacen, los costes se disparan.
Además, la nieve producida no sustituye del todo a las grandes nevadas naturales, que permiten abrir zonas amplias, fuera de pistas y recorridos largos. Así, muchas instalaciones han operado con un número reducido de remontes y con áreas concentradas, lo que cambia por completo la experiencia del esquiador que en las Rocosas suele preferir salirse de las pistas o disfrutar de los famosos bowls.
Sin embargo, el impacto más duro no se mide solo en centímetros de nieve, sino en horas de trabajo perdidas. En varios destinos de Colorado, medios locales han informado de recortes de jornada para empleados a tiempo parcial y de una reducción de horas para trabajadores de temporada debido a la menor actividad en las pistas.
Con menos terreno abierto y menos visitantes, simplemente no hay volumen suficiente de operaciones para mantener plantillas completas. Personal de remontes, monitores, empleados de alquiler de material, camareros, cocineros y trabajadores de mantenimiento ven cómo su fuente principal de ingresos en invierno se encoge en cuestión de semanas. Para muchos de ellos, que se desplazan cada año a la montaña contando con una temporada fuerte, esta situación supone un golpe directo a su economía personal.

Una imagen de Deer Valley a finales del mes de enero muestra una capa de nieve pobre incluso en cotas altias
El efecto se extiende más allá de las estaciones de esquí.
Los pueblos de montaña viven en gran medida del turismo de invierno. Cuando baja la afluencia de esquiadores, lo notan los hoteles, los apartamentos turísticos, los restaurantes, las tiendas de deporte y los servicios de transporte. Cada fin de semana flojo supone menos reservas, menos consumo y menos dinero circulando en economías locales que dependen de forma crítica de unos pocos meses al año. A largo plazo, temporadas repetidamente malas pueden traducirse en menos inversión, menos empleo estable y una mayor fragilidad económica para estas comunidades.
Desde el punto de vista del turista y esquiador, la temporada también deja una sensación extraña. Quienes habían planificado viajes con meses de antelación se han encontrado con partes de nieve reducidos y con mapas de pistas llenos de zonas cerradas. Algunos han optado por cancelar, otros han buscado destinos alternativos en regiones más frías del país o incluso fuera de Estados Unidos. Esta movilidad del esquiador, cada vez más atento a la información en tiempo real y a las cámaras en directo, introduce otro elemento de presión para las estaciones que se ven afectadas por la falta de nieve.
¿Puede cambiar el panorama? En la montaña, febrero y marzo siguen siendo meses clave, y una sucesión de tormentas tardías puede transformar radicalmente la situación en poco tiempo. Ha ocurrido en otras ocasiones. No obstante, cuando el déficit se arrastra desde el inicio de la temporada, lograr una base sólida en todas las cotas resulta complicado. Además, las pérdidas económicas y las horas de trabajo que ya no se han realizado no se recuperan aunque nieve más tarde.
Más allá de este invierno concreto, la temporada 2025-2026 refuerza una idea que se abre paso con fuerza en el sector: la necesidad de adaptarse a una mayor incertidumbre. Las estaciones invierten en sistemas de producción de nieve más eficientes, diversifican su oferta con actividades no dependientes de la nieve y tratan de alargar la temporada de verano para equilibrar cuentas. Pero la esencia del esquí sigue ligada a un elemento tan simple como frágil: la nieve natural. Cuando falla, no solo se resiente el ocio de miles de personas, sino el sustento de trabajadores y la estabilidad de regiones enteras.

Hoodoo en Oregon se ha visto obligado a cerrar totalmente por falta de nieve
