Para mi ir a esquiar a Noruega representaba cumplir un sueño. Los motivos culturares los explicaré enseguida, pero antes voy a comentar algunos antecedentes. Por cuestiones profesionales, mantuve algo de relación con un guía de montaña de Sotres que cada temporada alquilaba una cabaña en la zona de Tromsø durante varias semanas, convirtiéndola en sede y alojamiento para su clientela, la cual iba rotando semanalmente. Desde que me lo contó, me entraron muchas ganas de ir, aunque entonces, por impedimentos laborales, me resultara imposible adaptarme a su calendario. En el invierno de 2020, con dos amigos, concertamos un viaje guiado con una empresa, pero hubo que suspenderlo a pocas semanas vista por culpa del coronavirus. Y luego, poco a poco, por unas cosas u otras, el ímpetu se me fue diluyendo.
Pero hete aquí que esta temporada mi amigo Juan me comentó que estaba organizando un viaje allí para parte de su familia (hermanos e hijo) y varios amigos muy allegados. Nueve hombres, todos buenos esquiadores de alpino y, la mayoría, con experiencia en esquí de montaña. Se me iluminó el rostro ¡y la mente! y le pregunté si habría plazas. No, no había porque ya tenían todo contratado. Sin embargo, Juan es un tipo entusiasta, generoso, abierto y servicial, y me recomendó encarecidamente que fuera, pasándome toda la información de vuelos, alojamientos, fechas, etc. Por mi parte, convencí a tres amigos y, tiempo después, nos fuimos organizando, siguiendo los consejos iniciales de Juan, y otros posteriores cada vez que nos surgían dudas. Él ya había estado allí anteriormente, así que lo tenía todo bastante claro. Desde aquí quiero aprovechar la ocasión para reiterarle una vez más (nunca serán suficientes) mi sincero agradecimiento.
Noruega es una de las cunas del esquí en general. No se sabe a ciencia cierta dónde pudo haberse iniciado esta práctica humana, o sí lo hizo, de forma independiente, en varios lugares a la vez. Lo que sí se sabe es que el ser humano esquiaba, no por deporte sino por necesidad, supervivencia y modo de vida, por un amplísimo territorio que incluía toda Escandinavia, gran parte de Rusia, Mongolia y otros países asiáticos, incluidas zonas de China. Diferentes versiones provocadas por distintas adaptaciones al medio. En Noruega, al igual que en Suecia y Finlandia, las prácticas más habituales tomaban diversas variantes caracterizadas por detalles incluidos dentro de lo que actualmente consideraríamos como esquí nórdico (talonera liberada). Sin embargo, en la región de Telemark, dicha práctica fue adaptándose al terreno abrupto y, aunque conservando los talones libres, acabó desarrollando usos y técnicas que incluyeron importancia y pericia en los descensos. Aquello empezó a parecerse un poco a lo que podríamos considerar alpino. Por otro lado, en la cultura esquiadora noruega, con la llegada de la modernidad, fueron muchos quienes se animaron a realizar grandes travesías con intenciones deportivas, ociosas o aventureras. De la integración entre las técnicas de Telemark y la práctica de aquellas travesías, surgió, claramente, lo que hoy en día consideramos esquí de montaña. Poco tiempo después, nació la modalidad alpina. Lo hizo en los Alpes, como su propio nombre indica, pero surgió como consecuencia de precedentes noruegos. Para empezar, el esquí en Europa llegó por medio de emigrantes noruegos y a través de la lectura del libro de Nansen sobre la primera travesía de Groenlandia sobre esquís. Fueron noruegos los primeros que enseñaron a esquiar a la gente en los Alpes, y los primeros en realizar travesías de montaña sobre esquís. Y así surgió y se fue desarrollando el esquí en los Alpes hasta que, en un momento dado, algún influyente personaje decidió que, para descender, era mejor fijar el talón al esquí, configurando la base técnica y tecnológica del esquí alpino. En este sentido, debemos al mítico Mathias Zdarsky (checo) la idea, el propósito y la práctica inicial; y a Guido Reuge (suizo) la primera fijación expresamente diseñada para fijar el talón.
Resumen logístico.
Antes de continuar, voy a comentar algunos aspectos prácticos de logística, por si resultasen interesantes para potenciales visitantes. Lo haré un poco en plan telegrama. Buena noticia: hay roaming. No hace falta cambiar dinero, se paga con tarjera y en muchos sitios dan opción de coronas o euros. La única pega del viaje nos la proporcionó Lufthansa. Volamos desde España a Tromsø con escala breve en Frankfurt. Ningún problema a la ida. Sin embargo, al regresar, la jefa de facturación de Tromsø (una joven muy borde y desagradable) pretendió aplicarnos una rocambolesca norma interna que no permitía que nuestros esquís regresaran a casa. No se trataba de pagar más, sino de una pega absurda e incongruente. En el último momento dimos con un resquicio (gracias a una pista de unos italianos que estaban sufriendo idéntico acoso) y conseguimos facturar los esquís, aunque hubo otra pareja de viajeros que no lo logró. Confío en que su demanda llegue a buen término. Aquella fue la única (aunque importante) anécdota negativa de todo el viaje.
Nos movimos en coche alquilado. Un familiar alargado para que los esquís pudieran ir dentro del habitáculo. Era 4x4, aunque eso nos hubiera dado igual, y, como todos los vehículos de allí en aquellas fechas, estaba equipado con neumáticos de invierno con clavos. La verdad es que no hacían falta porque las calzadas no tenían nieve, pero nos comentaron que otros años, en esas fechas, todavía están cubiertas por nieve o hielo. Por lo visto allí pasan a neumáticos convencionales en fechas posteriores. Ello hace que, durante el periodo en que las carreteras van dejando de tener nieve, las ruedas vayan lijando suavemente el asfalto superficial, llenando todo de un polvo grisáceo que hace que las carrocerías se ensucien permanentemente. Otra característica de las carreteras allí son los múltiples y profundos baches. No son agujeros rotos en los que haya desaparecido la capa superior del asfalto, sino más bien depresiones experimentadas por el firme. La conducción por allí es muy calmada porque la gente respeta los límites de velocidad casi a rajatabla: 30, 50, 60, 70 y 80 (máxima) según los tramos. Los peajes y el pago de ferris son automáticos para coches de matrícula nacional. Las captan con cámaras y luego pasan los cargos al propietario o a la empresa de alquiler, que aplica la cuenta al cliente. Pasa lo mismo con algunos parkings (otros se pagan en el lugar). En cualquier caso, algunos ferris son necesarios y otros muy aconsejables para ahorrarse mucho tiempo y kilometraje, ya que aquel territorio es un laberinto de islas y penínsulas, conformado por fiordos y lagos. Encontramos suficientes gasolineras en nuestras rutas, así como completos supermercados en las zonas en que nos alojamos.
Detalles de nuestro vehículo: ruedas con clavos y tamaño largo. (Imagen: montaje de fotografías propias).
Localizaciones geográficas de los alojamientos y cinco de las seis excursiones realizadas. (Imagen realizada con Google Earth).
Alpes de Lyngen.
Nuestro viaje duró una semana que dividimos, a partes iguales, entre dos zonas. La primera fue los Alpes de Lyngen, una hermosísima cordillera situada al este de Tromsø. Ocupa una amplia porción de territorio enmarcado entre dos fiordos que apuntan hacia el norte, lo que, desde un punto de vista práctico, casi la confieren propiedades de gran isla. Para llegar hasta nuestro destino, Lyngseidet, rodamos algunos kilómetros por carretera interior, tomamos un ferry y rodamos otro tanto por una carretera de orilla de fiordo. Desde que pusimos el pie en Noruega, en el mismo aeropuerto, todo el panorama consistía en montañas de una media de 1000m de altura, completamente cubiertas de nieve. Por todas partes la capa blanca partía de las orillas del mar o los fiordos, y cubría las innumerables elevaciones del terreno, el cual, por allí, apenas presenta porciones llanas. Esto es algo que ya se vislumbra durante el vuelo a través de las ventanillas del avión. A lo largo de cientos de kilómetros sobrevolando Noruega hacia el norte, todo es una permanente sucesión de montañas y más montañas completamente nevadas. Pese a que sus alturas no son tan elevadas como las de los Alpes u otras cordilleras, la nieve las cubre desde su base a nivel del mar. En cuanto a su extensión, parece infinita.
Panorama de los alrdedores del aeropuerto. (Imagen propia).
Ferry hacia Lyngen. (Imagen propia).
Jesús, José, Amparo y Ciano a bordo del ferry. (Imagen propia).
El norte de Noruega desde una ventanilla del avión. (Imagen: Juan).
Lyngseidet es un pueblo costero con un centro pequeño y modesto, y cierta periferia de casas salteadas. No es un lugar alegre o aparentemente festivo en lo social, sino muy tranquilo. Ambos grupos, el mío y el de aquellos que nos dieron todas las pistas sobre el viaje, nos alojamos en un albergue en régimen de cenas y desayunos incluidos, además de bocadillo para llevar. Aquel era un sitio muy interesante y singular. Tenía aspecto de edificio institucional antiguo, construido a base de mucha madera, con fachadas de tablas pintadas en un color amarillento muy típico del país (después del granate-óxido, puede que sea el más abundante). Contaba con una elegante entrada principal, algunas torres rematadas en tejados picudos, un par de alas y un patio posterior abierto. En su origen fue un internado fundado por un riguroso exmilitar noruego. En la entrada colgaban algunos retratos y un buen lote de orlas de promociones de diferentes épocas desde principios del siglo XX. Todavía conserva una gran sala que ejercía las funciones de teatro (con un escenario muy curioso) y de sala de estar con mobiliario digno de cualquier serie de televisión de esas que recrean siglos recientes, pero ya finiquitados.
Interior de la entrada principal del albergue. (Imagen propia).
Escenario de la sala polivalente del albergue. (Imagen propia).
Puerta principal del albergue. (Imagen propia).
Nosotros dispusimos de una gran habitación con camas individuales para los cuatro. Los baños eran compartidos y en el comedor nos proporcionaron desayunos muy completos y comida para hacernos los bocadillos de cada excursión. Las cenas eran espartanas pero generosas: un plato casero caliente del que poder repetir a voluntad y un postre. Parte del producto vegetal de lo ofrecido (patatas, nabos, frambuesas, zanahorias, etc.) era de producción propia de su huerta. Que recuerde hubo algún tipo de gulasch, albóndigas y salmón como platos principales. En la habitación, por suerte, había cortinas opacas. Es costumbre nórdica habitual que no existan las persianas y que, o no hay cortinas, o su eficacia es pobre y, claro, allí amanecía cerca de las cinco de la mañana, algo que acaba despertando a cualquiera antes de lo previsto.
Volviendo al tema del edificio, era obligado deambular por su interior en zapatillas, dejando el calzado para el exterior nada más entrar. Había guardaesquís, secabotas y dónde colgar las pieles. Nos explicaron que, en el pasado, aquella institución había acogido a mucha población sami (lapona), a la que se había sometido a un régimen educativo (no llegué a enterarme de qué calibre o talante pedagógico) encaminado a culturizarles (desde la perspectiva occidental) e inocularles nacionalismo noruego. Conviene tener en cuenta que Noruega se independizó del reino de Suecia en 1905, por lo que la construcción normativa de su identidad nacional estaba entonces en plena efervescencia, aunque sus sentimientos vinieran de tiempo atrás. Lo malo es que a los samis aquello debía de incumbirles poco o nada, pues eran (y ahora lo son oficialmente) un pueblo nómada que habita libremente en un territorio que abarca áreas de cuatro países convencionales (Noruega, Finlandia, Suecia y Rusia).
Cada verano, en la península de Lyngen se dejan libres para pastar unas 15.000 cabezas de ganado (imagino que la mayoría renos y ovejas, aunque también vimos ponis nórdicos y alguna que otra vaca y cabras). El pasto en libertad ocupa de mayo a septiembre. Los renos andan libres todo el año, durante el invierno suelen rondar una especie de meseta llamada Finnmarksvidda, pero al llegar el buen tiempo gustan más de acercase a pacer a la costa y, de paso, huir de los insectos. Los pastores samis siguen dedicados a su labor, aunque en la actualidad, además de los perros, se ayudan de motos de nieve e incluso drones.
Los Alpes de Lyngen cuentan con unos 140-150 glaciares. Alguno de ellos atraviesa casi completamente la península de lado a lado. Geológicamente hablando, las partes altas están compuestas preferentemente de gabro, una roca ígnea plutónica, y otros materiales duros y muy resistentes a la erosión. Por el contrario, en las zonas bajas abundan materiales menos resistentes como la mica, dolomíticas, cuarcitas o esquisto. La cadena montañosa presenta una apariencia algo longitudinal (con variaciones) de sur a norte, de modo que al coronar muchas de sus cimas el panorama muestra fiordos a ambos lados, así como multitud de cumbres alrededor.
El día de llegada, después de cenar, los dos grupos nos reunimos en el patio exterior del albergue para una sesión de recuerdo del modo de actuar en caso de avalancha: reparto de funciones, colocación, llamada de emergencia, búsqueda con ARVA, despliegue de la sonda y paleo. También se escondió un ARVA en modo emisor para probar a localizarlo cada uno con el suyo.
Lyngseidet: chamizo a la orilla del fiordo durante bajamar. (Imagen propia).
Elegante casa en Lyngseidet. (Imagen propia).
Lyngseidet: cabaña con techo de hierba. (Imagen propia).
Stetinden.
Nuestra primera excursión nos deparó una jornada tan placentera que por sí sola ya hubiera justificado el viaje hasta allí. Hizo un día espectacular. Soleado y sin nada de viento. Salimos con el coche en dirección oeste, atravesando la península tomando muy pronto la orilla de un brazo del fiordo occidental. Luego, siempre por su orilla, dirección norte. En un momento dado, la carretera roza un lago interior que estaba helado y cubierto de nieve, y alcanza otro brazo del mismo fiordo que se dirige igualmente hacia el norte. Algunos kilómetros antes de llegar al extremo septentrional de la península, aparcamos junto a la carretera y la orilla (abundan los apartaderos por aquellas rutas) y nos calzamos los esquís allí mismo, al borde del mar. Empezamos a ascender muy levemente entre un tímido bosquecillo de arbolitos jóvenes y delgados. Aunque siempre llevábamos las rutas grabadas en GPS, cada día encontramos huellas que poder seguir. La afición al esquí de montaña allí es enorme. La modalidad es la preferente por la comarca. No parece haber alpino tan al norte, y tampoco mucho fondo a causa de los desniveles. Al poco tiempo, fuimos ascendiendo más, surcando un pequeño valle hasta un plateau a medio camino. Más tarde, a nuestra derecha, una vaguada parcialmente sombreada nos dio paso a una larga y pendiente pala que se prolongaba hasta la cumbre. Había algunos grupos de personas visibles en la distancia en diferentes rincones, pero muy separados unos de otros. Tanto durante el ascenso como desde la cumbre, las vistas resultaban sublimes hacia cualquier parte. El trayecto y el fiordo de partida por el oeste. Un horizonte infinito de cumbres, además del lago helado y parte del fiordo, hacia el sur. Valles salvajes, cumbres y pedazos de otro fiordo hacia el este. Un valle que descendía hasta el mar abierto polar y algunas islas hacia el norte. Imposible dar cuenta de tanta belleza por escrito.
Amparo y Ciano, con los esquís puestos desde el nivel del mar. (Imagen propia).
Atravesando el bosquecillo inicial. (Imagen propia).
A medida que se va ascendiendo la perspectiva del entramado de montañas y brazos de mar se va configurando con mayor evidencia. (Imagen propia).
Amparo en la cumbre del Stetinden. Al fondo el mar abierto hacia el Polo Norte. (Imagen propia).
Desde la cumbre, a la izquierda se distingue el lago helado que casi contacta con el fiordo. (Imagen propia).
Durante la bajada encontramos un cambiante jaspeado de nieve polvo alternándose con otra dura. Fácil de esquiar gracias a la pendiente y a que cada textura se diferenciaba bien a la vista, pudiendo plantar los giros a conveniencia. Más abajo, en la vaguada, gracias a la sombra, la nieve era mejor y más uniforme, permitiéndonos hacer huellas hasta el plateau. La cumbre son 920m, justo el desnivel ascendido, así que decidimos prolongar nuestro recorrido optando por otra cumbre más baja y más cercana al fiordo (aquello era muy amplio y había varias opciones). Ascendimos tomando una larguísima huella diagonal hacia el norte. En la redondeada y alargada cima apareció una magnífica vista hacia el mar del norte y el archipiélago del noroeste.
Amplísimos espacios mientras subimos a nuestra segunda cumbre. (Imagen propia).
Mucha nieve y muchas alternativas posibles. (Imagen propia).
Amparo y Jesús, a punto de coronar la segunda cumbre. (Imagen propia).
Final del segundo ascenso. (Imagen propia).
Descendimos recorriendo su cresta casi plana y de pendiente muy moderada, conjugando las vistas laterales del fiordo (a la derecha) y del valle interior (a la izquierda). Así hasta el final de la crestería, donde acometimos una magnífica pala virgen con una nieve ideal para firmar virajes. Tras un rato de disfrute, casi ya a la altura del plateau, nos sentamos comer al sol (en camiseta). Terminamos con otra pala inferior que, orientada hacia el fiordo, presentaba una nieve transformada en una costra muy manejable y divertida. El remate consistió en jugar con los arbolitos del semillano final hasta el coche.
Descenso inicial con el fiordo a la derecha. (Imagen propia).
Descenso, hacia la izquierda, en busca de las palas interiores. (Imagen propia).
Regreso feliz por la carretera, ducha, lectura de autor noruego (Knut Hamsun) y a cenar: gran marmita de pescados y helado casero de frambuesas sobre brownie. Tan fantástico día animó las tertulias entre los dos grupos.
Gilavarri.
En la segunda jornada, únicamente cogimos el coche para recorrer el 1,5km que nos separaba del puerto de Lyngseidet. Allí nos pusimos las botas de esquiar y, con los esquís en la mano, nos subimos a un ferry (gratuito para peatones) para cruzar el fiordo del este hasta el pueblo de Olderdalen, asentado en la orilla continental opuesta. En cubierta hacía frío por el viento aparente de la navegación, pero allí permanecimos ensimismados con el paisaje. Caminamos un rato breve con los esquís al hombro, pasando junto al colegio y una guardería. Pronto, junto a unas casas, nos calzamos los esquís y atravesamos otro bosque (este más nutrido y maduro) que enseguida presentó fuerte pendiente y una nieve bastante dura. Coincidimos por allí con algunos grupos, aunque, a medida que el ascenso avanzaba, nos fuimos separando cada vez más. Sudamos mucho para superar el ascenso inicial a causa de la pendiente, algunos resbalones y ausencia de viento. Más arriba la pendiente se fue suavizando, el bosque desapareciendo progresivamente, y el viento fue dejándose notar algo de forma racheada pero no molesta. Otra vaguada nos permitió acceder a una pala lateral muy despejada y con vistas directas al fiordo principal y a un brazo del mismo en el que reposaban criaderos circulares de salmones. A partir de allí el cielo se cubrió parcialmente, generando juegos de luces y de temperaturas. Un día bonito con toques agrestes que no tornaron, afortunadamente, en mal tiempo. La ascensión es muy fácil, pero se hace larga porque alcanzar la cumbre supone superar varios amagos de cumbres previas aparentes. El frío aumentó claramente al ir llegando arriba.
La cima (1163m) es una cresta estrecha bastante aérea en su vertiente oriental, la cual presenta un lecho de valle a nivel del mar, justo debajo, con perspectiva vertical. Por él discurre un río modesto con meandros muy marcados. Hacia el norte apareció una aparente cuenca sin salida, como un gran hoyo completamente cubierto de nieve.
Cruzando el fiordo en ferry para dar comienzo a la excursión. (Imagen propia).
Recién desembarcado. (Imagen Ciano).
A mitad de ascenso. (Imagen propia).
Desde la cumbre del Gilavarri mirando hacia el norte. (Imagen propia).
Panorama este desde la cima del Gilavarri. (Imagen propia).
Descendimos por donde habíamos subido, dirigiendo nuestras espátulas, esquiando, directamente hacia un fiordo en el que daba la impresión de que íbamos a acabar zambulléndonos. Es una experiencia muy especial y gratificante esquiar directamente hacia el mar. Arriba había una mezcla de nieve algo crujiente alternada con polvo. Enseguida llegaron buenos trechos de nieve polvo libre de huellas con la que disfrutamos mucho. Más adelante surgió costra dura esquiable y un embudo duro e irregular que requirió algo de pericia de supervivencia. Al alcanzar el bosque dimos con una mesa casi cubierta por la nieve, sobre la que nos sentamos a comer los bocadillos mirando al fiordo, que estaba a nuestros pies.
De nuevo en marcha, el bosque presentaba un canal pendiente lleno de bañeras heladas. Es tal la afluencia de esquiadores de montaña (a lo largo de las semanas) a las rutas más clásicas de la zona, que en algún tramo singular (como aquel) se llegan a formar baches. Los superamos bien sin contratiempos, para continuar con un emocionante juego de giros y avance sorteando árboles de mucha mayor presencia que los de la víspera. Un juego de laberinto muy divertido.
Larga y amplia ladera por la que descender hacia el fiordo. (Imagen propia).
Una pausa en el descenso. (Imagen propia).
Ya en el pueblo, nos metimos a un puesto-kiosko a tomar unos refrescos mientras esperábamos al ferry. En el regreso nos sentamos en sillones junto a la ventana. Aquella noche cenamos una especie de goulash y nos premiamos con una cerveza. Cada día nos sentíamos más emocionados con el viaje y, de nuevo, mantuvimos un rato de confraternización con nuestros conocidos del otro grupo.
Glaciar Koppangen.
Para el tercer día había previsión de viento, así que cambiamos de ruta y nos decantamos por un glaciar que, desde la costa este de la península, trazaba un valle hacia el oeste suroeste con probabilidades de resultar protegido. ¡Acertamos! Y de pleno. La carretera que recorre la orilla este del fiordo hacia el norte muere cerca, en una coqueta y pequeña bahía en la que se asienta un bonito pueblecito. Algunas de sus construcciones de madera pintada en ocre se apoyan sobre pilotes en el agua. Aparcamos y nos calzamos los esquís. De nuevo recorrimos un tímido bosquecillo casi llano, cruzamos un río que corría muy estrecho sobre una amplia cuenca de material rocoso arrastrado por el glaciar hasta la costa, y tomamos la ascensión por el lado derecho (en el sentido de la subida) del río. Enseguida encontramos una cascada que hubo que superar mediante una ladera corta muy pendiente. Mitad por prudencia, mitad por practicar, lo hicimos con crampones y Piolet. Por encima, de nuevo con esquís, dimos cuenta de una ladera muy inclinada siguiendo el curso del río, cubierto ya este por la nieve. Aquel tramo estaba barrido por desechos y bloques de aludes antiguos. Toneladas y toneladas de hielo y nieve reposando sobre el lecho. De repente, escuchamos un sonido de explosión muy arriba, en la ladera opuesta. Era una gran avalancha de aspecto gaseoso provocada por el desprendimiento de una cornisa. Acabó cayendo muchos metros, pero nada por lo que preocuparse porque estábamos a buen recaudo y sin cornisas por nuestra vertiente.
Ciano con los crampones. (Imagen propia).
Amparo y Jesús superando la pendiente. (Imagen propia).
Superando la primera parte, al fondo el trecho realizado. (Imagen propia).
El viento apenas hacía acto de presencia, salvo algunos momentos soplando sobre nuestras espaldas. El valle se iba ensanchando progresivamente a medida que avanzábamos. Tras superar un resalte frontal, apareció un lago cubierto de nieve. Nosotros continuamos largo trecho, avanzando mucha distancia, pero poco desnivel. Salió el sol y el glaciar se mostró impecable, bellísimo. Por delante, un par de monumentales muros inmaculados, enseñando apenas un descubierto por el que asomaban bloques de hielo azul. Fuimos disfrutando de una larga y preciosa progresión atravesando todo el circo glaciar por su línea central. Hacia el final, ante las diferentes opciones, nos decantamos por enfilar hacia la base de un peñasco que separaba dos collados. El más estrecho, a la izquierda, nos regaló una vista vertiginosa y espectacular de la cercana vertiente opuesta de la península y de su fiordo. Poco tiempo, porque allí sí que soplaba un viento helador. Mi amigo Jesús llegó a perder el tacto y control de sus manos y tuve que ayudarle a ponerse los guantes. Nos preparamos con rapidez para el descenso que, a la postre, fue el mejor de todo el viaje. Para empezar, aquello era inmenso y había sido muy poco visitado, así que estaba muy libre de huellas. Y por las razones que fueran, protección de los vientos, temperatura inferior del glaciar, etc. la nieve estaba magnífica, una especie de powder de profundidad moderada. ¡Un auténtico placer! Muchos metros dibujando eses ya sin viento y con perfecta visibilidad.
Alcanzando un frontal de hielos del glaciar. (Imagen propia).
Progresando por el largo final. El destino es la base de un pico que hay a la izquieda. (Imagen Ciano).
Otro encuadre del final. Alcanzamos la base de un pico muy pequeño que está encima y a la izquierda del peñón del centro de la imagen porque buscábamos los mejores espacios para el descenso. (Imagen propia).
Diminuto collado, más bien tajo, por el que asomarse al otro lado de la isla. (Imagen propia).
Fantástica nieve en el descenso. (Imagen propia).
Más abajo, hacia el muro más evidente del glaciar, encontramos una nieve más dura pero esquiable y, poco antes del lago, nos topamos con el otro grupo, con quienes descendimos hasta la orilla en plan algo desordenado, festivo y sobre nieves cambiantes y raras, cuyo mejor tramo fue la primavera que encontramos en la corta y pendiente pala de los crampones. El pedregal final resultó algo laberíntico pero corto, algunos incluso tuvimos que quitarnos momentáneamente los esquís. Luego el bosque deslizando hasta el coche, y fotos de conjunto.
Ambos grupos reunidos al final de la excursión. (Imagen Pablo).
Aquella tarde recogimos el equipaje que habíamos dejado previamente preparado, paramos a hacer compra de supermercado a la salida de Lyngseidet y viajamos con el coche de regreso hacia Tromsø, con el trayecto de ferry incluido. Entonces, ya cómodamente sentados en butacas y con un chocolate caliente en las manos. En la ciudad tomamos un curioso y largo túnel cuya primera mitad parece sumir al vehículo en las profundidades de la tierra (sin duda para atravesar un fiordo por debajo), para ir emergiendo pendiente arriba en su segunda mitad. También un puente de trazado inverso, con gran pendiente ascendente y descendente. Al menos hay dos así en la ciudad, que se asienta la mayor parte de ella sobre una isla. Y están construidos de esa guisa para que los grandes barcos puedan atravesarlos navegando.
Tromsø.
Nos instalamos en una espaciosa cabaña (en realidad una casa de madera) con porche, amplias ventanas, prado trasero y cerca del fiordo. Después de ducharnos salimos a cenar a un pueblo cercano. Salmón al horno con verduras variadas y patatas.
Nuestra casa-cabaña. (Imagen propia).
Salmón en Noruega. (Imagen: Amparo).
Hasta el agua tiene reminiscencias esquiadoras. (Imagen propia).
Nuestra casa estaba en la costa este de la isla Kvaløya, situada al oeste de la isla de Tromsø, a unos 20 minutos por carretera de la ciudad. Estábamos en una zona campestre de casas separadas unas de otras, con algunas granjas cercanas. La localidad más próxima (núcleo urbano propiamente dicho) era Eikdjosen, un pueblo que integra un activo puerto pesquero, talleres de astillero y fabricación a pantalanes, desvío de carreteras, viviendas, gasolinera y comercios a las afueras. Lo atravesábamos cada vez que íbamos a la ciudad.
Tromsø supera por poco los 70.000 habitantes y es la segunda ciudad más grande de Laponia (del territorio internacional de dicho pueblo). Se encuentra 350km al norte del círculo polar ártico, concretamente a una latitud de 69° 38′ 58.6″ norte. A lo largo de su historia la ciudad ha ido cobrando diferentes ámbitos de protagonismo. Desde la edad media hasta la modernidad su importancia fue de tipo religioso, erigiéndose como un centro atractor de fieles pobladores de lugares tan alejados.
Actualmente, la ciudad mantiene cierta simbología religiosa que tal vez pueda servir de homenaje o recuerdo a aquel pasado fervoroso. En el centro hay una cuidada iglesia luterana construida en madera. No lejos de allí, una especie de palacio obispal, también antiguo. Y, de rabiosa actualidad arquitectónica, cerca de uno de sus puentes, ya fuera de la isla, se yergue la vistosa Catedral del Ártico (luterana), construida en 1965, pero con un aspecto muy actual.
Antigua iglesia luterana en el centro de la ciudad. (Imagen propia).
Uno de los puentes junto a la Catedral Ártica. (Imagen propia).
Complejo religioso en el centro. (Imagen propia).
La pesca y la caza árticas fueron, posteriormente, actividades responsables de parte de su desarrollo como ciudad. Y, algo después, la logística de apoyo a las exploraciones árticas, erigiéndose su puerto como base de operaciones de preparación, partidas y regresos. Nansen, Admunsen, Nobile, etc. fueron algunos de sus usuarios a causa de tales cuestiones. Precisamente por ello, me parece muy recomendable la visita al Museo Polar. Está en el centro, en el puerto viejo. Es un edificio antiguo de madera, pintado en el típico granate oxidado al que ya me he referido. No es grande, así que no cansa. Consta de varias salas y pasillos que se recorren en un orden establecido. Contiene maquetas de barcos, fotografías, paneles, maniquíes ataviados con diferentes atuendos, ricas colecciones de enseres y documentos, animales disecados, etc. Son varios los temas tratados por los sucesivos espacios. La historia de la caza ártica es uno de ellos. El otro gran tema, el estelar, es el de la exploración ártica histórica y la conquista de los Polos y pasos por el este y noroeste. El Fram y Nansen se erigen en importantes protagonistas, también muchos otros personajes secundarios, aunque la palma, allí, en el museo y en la ciudad, se la lleva Admunsen.
Detalle de vajilla del Fram. (Imagen propia).
Esquís portados por Admunsen en una de sus expediciones. (Imagen propia).
Maqueta del Fram. (Imagen propia).
Detalle de una réplica del kayak de Nansen para su tentativa hacia el Polo Norte. (Imagen propia).
Edificio que alberga el museo Polar. (Imagen propia).
En otro punto del puerto, junto al moderno acuario Polaria (que no visitamos) está plantado el barco MS Polstjerna. Lo está al nivel del mar, pero enclaustrado en una gran vitrina que lo protege de las inclemencias del tiempo. El buque es propiedad de la Universidad de Tromsø, que lo mantiene visitable como ejemplo de nave de caza ártica, al haber completado 33 campañas invernales y haber dado cuenta de más de 100.000 focas (mérito que no entro a valorar).
Estatua de un explorador polar con el MS Polstjerna detrás, enclaustrado en su vitrina. (Imagen propia).
El centro de la ciudad es agradable y fácil de recorrer caminando. Posee mucho ambiente portuario añejo, cierta atmósfera de bares y restaurantes, una calle peatonal con muchas tiendas de souvenirs y algunas bonitas calles jalonadas por edificios y casas tradicionales que aportan colorido y un ambiente costumbrista pintoresco. Por el contrario, también el centro, muestra cierto caos al no estar acertando (en mi opinión) con la integración de los edificios antiguos y modernos, generando un combinado más bien incoherente y con una aparente ausencia de ordenación urbanística.
Típicas casas y edificios del casco antiguo de Tromsø. La estatua cobra sentido con lo que pudimos ver por allí, un aproximado 90% de las numerosas personas que vimos corriendo por la calle eran mujeres. (Imagen propia).
Moderna biblioteca pública de Tromsø. (Imagen propia).
Fuera de la isla, nada más pasado uno de sus puentes, todavía formando parte de la ciudad, hay una colina boscosa en la que está ubicado un centro deportivo al aire libre que dispone de un circuito de esquí de fondo y una concentración de trampolines de salto con esquís. Hay varios pequeños de progresión para la enseñanza, y dos muy imponentes, uno más moderno y otro totalmente construido en madera. Los visitamos y nos subimos al segundo para comprobar las diferentes perspectivas y experimentar que, como cantaban los de Radio Futura, «[…] hace falta valor ¡hace falta valor!», no siendo aquel paraje, precisamente, una escuela de calor.
Uno de los trampolines más grandes, el menos anticuado. (Imagen propia).
El otro trampolín grande, al que nos subimos... da mucha impresión. (Imagen propia).
Luciano, José y Jesús en lo alto del trampolín. (Imagen: Amparo).
Escudo del club de saltos de Tromsø. (Imagen propia).
Señales de tráfico a las que no estamos acostumbrados por aquí. (Imagen propia).
Realizamos un par de incursiones por la ciudad. En la primera, tras haber visitado los trampolines, recorrimos el centro entrando en tiendas, y probamos muestras de embutidos de reno, alce y ballena. Nada especial, parecido a cuando en una feria tomas una pequeña loncha de ciervo, corzo, jabalí, etc. La última noche sí que fuimos a cenar a un restaurante típico en pleno puerto. Agradable en su interior, más bien caro para nuestros estándares españoles, aunque asumido previamente. Todos tomamos un plato de reno asado guarnecido con diferentes tipos de verduras, algunas patatas y rociado copiosamente de una salsa al vino tinto. Estaba rico, con la carne muy bien cocinada al horno. Mi impresión fue la de una carne sabrosa, pero, probablemente, difícil de preparar, porque de no haber estado en su punto justo, me temo que hubiera resultado correosa.
Y ya que estamos hablando de renos, comentar que, todas las tardes, cuatro machos se acercaban a nuestra casa a pastar muy próximos a nuestro porche. Aparecían trotando sobre la nieve. Son animales de baja estatura, más pequeños que los ciervos, pero con unas pezuñas enormes que parecen servirles de efecto raquetas sobre la nieve. Por la noche se acostaban, pero no sobre el pasto, sino sobre la nieve. Los machos pierden sus cornamentas en otoño y les vuelven a crecer en primavera. Las hembras las conservan permanentemente, como defensa propia y de sus crías.
Un reno cerca de casa. (Imagen propia).
Varios de nuestros "visitantes" vespertinos. (Imagen propia).
Buren.
Nuestra primera jornada en las proximidades de Tromsø comenzaba con una previsión meteorológica desfavorable, así que, estudiando orientaciones, cogimos el coche y nos desviamos en Eikdjosen para pasar a la porción norte de la isla, que está unida a la sur por un estrecho istmo. Aparcamos, de nuevo, a orillas de un fiordo, y acometimos la ascensión de sus 802m desde el este. Primero un tortuoso inicio junto a un riachuelo de montaña, buscando paso entre los árboles y cierta escasez de nieve. Más tarde ya ascendiendo con facilidad, con algunos cambios de orientación y varios amagos previos de cumbre. No nos hizo malo, sí algo de viento en algunos tramos, pero nada excesivo en la cima. Durante el ascenso ya nos fuimos percatando de que nos esperaba un descenso caracterizado por una nieve primavera excesivamente blanda y pegajosa. La pala final, y especialmente la cima, ofrecían un aspecto bastante aéreo. La visibilidad era muy buena, finalmente no había hecho malo, y, una vez más, ofrecía unas vistas magníficas hacia dos fiordos, otras cumbres y el mar abierto en lontananza.
Amparo, José, Jesús y Ciano en el Buren. (Imagen: Ciano).
Con Jesús, en algún momento de la excursión. (Imagen: Ciano).
Ascendiendo con Jesús, y Amparo al fondo. (Imagen: Ciano).
En el descenso nos ayudó mucho el hecho de contar con mucha pendiente, la cual íbamos buscando expresamente para solventar en cierta medida la desagradable adherencia de aquella nieve tan excesivamente transformada. Arriba encontramos nieve algo dura mezclada con polvo, pero, en cuanto alcanzamos las zonas medias, aquello se pegaba mucho a las suelas. El final resulto algo caótico e improvisado, pero pudimos regresar al vehículo sin problemas. Salvamos el día con una excursión completa, con mayor valor paisajístico y de ascensión que de descenso. Por otro lado, al haber dejado de esquiar más pronto que otras veces, aprovechamos la tarde para una de nuestras dos visitas a la ciudad. Aquel día finalizó en la casa, donde despachamos un combinado de pasta con albóndigas y salsa de tomate, todo ello cocinado por nosotros. Resulta que la anfitriona nos había dicho que podíamos aprovechar comida que los anteriores inquilinos habían dejado, y parecía evidente que debían de haber sido italianos, a juzgar por la variedad de paquetes de distintos tipos de pasta que habían dejado empezados.
Durante nuestra estancia vimos bastante gente local practicando esquí de montaña, pero casi tanta proporción de extranjeros como nosotros. Y dentro de esa categoría, por las razones que sean, una notable y evidente mayoría de italianos. Da la impresión de que esta región del norte de Noruega se ha convertido en un destino popular para los aficionados italianos al esquí de montaña.
Aquel día acabó resultando bien. Un dudoso pronóstico meteorológico superado, y otra jornada de esquí en nuestra cuenta.
Skitntinden.
¡Volvió el pleno sol y desapareció cualquier atisbo de viento! En esta ocasión partimos con el coche con la misma dirección que la víspera. Sin embargo, a los pocos kilómetros de estar circulando por la ribera del fiordo que apunta hacia el norte, poco después de haber atravesado el istmo que casi divide la isla de Kavaløya en dos, nos desviamos por una carretera interior que toma dirección oeste suroeste. La ruta asciende algo hasta alcanzar una especie de altiplano con forma de valle. Es como si subiéramos un puerto muy moderado que más adelante descendería hacia el lado opuesto. Aparcamos en la elevación. Ya había algunos pocos vehículos. Hacía un día espléndido y era sábado. La afición daba muestras de su existencia. Llaneamos, ya con los esquís calzados, entre arbolitos y un río que debíamos atravesar. Tras él, una pala corta y una vaguada bastante más larga, seguida de nuevas palas hasta alcanzar un lago totalmente cubierto de nieve. Una vez más, lo identificamos por su impecable planicie blanca.
Vista de la ruta desde el punto de partida. Nuestra cumbre era la de la izquierda de las dos más elevadas. (Imagen propia).
Ciano progresando en la ascensión. (Imagen propia).
Amparo con la carretera antes descrita al fondo. (Imagen propia).
Lago helado a mitad de ascenso. (Imagen propia).
Jesús, Amparo y José junto al lago. (Imagen: Ciano).
La ruta proseguía mediante nuevas palas, alguna loma intermedia y un larguísimo final constituido por una pala uniforme bastante pendiente. El ascenso se veía facilitado por la calidad de la nieve, más primaveral que dura. Había algunos grupos desperdigados por la montaña y sus estribaciones. Mucha presencia femenina y mucho destape asexual (pantalones cortos y camisetas, algunas de tirantes) por ese afán que suelen mostrar los nórdicos por un bronceado temprano cuando sus inviernos tocan a su fin.
La cumbre, a 1042m, es afilada y nos regaló unas vistas magníficas, incluso sublimes, en los 360º de panorámica. Interminables cordilleras en el horizonte del sur y un luminoso e infinito mar abierto hacia el norte. Tras cinco jornadas de acumular paisajes impactantes, un paraje como este todavía nos volvía a impresionar y emocionar.
Jesús estudiando la vaguada anterior a la pala final. (Imagen propia).
Impresionante panorama en la cumbre. (Imagen propia).
Amparo, José y Jesús en la cima. (Imagen: Ciano).
Otra orientación desde arriba. (Imagen propia).
El descenso resultó agradable, con nieve primavera muy suelta y mucha pendiente. Que el tiempo nocturno hubiera concedido una helada matinal había ayudado a mejorar bastante el estado de la nieve con respecto al día anterior. Únicamente la notamos algo pegajosa en los tramos más llanos en los alrededores del lago. Después volvía a mejorar gracias a la pendiente, al alcanzar los primeros árboles. En el río, Jesús sufrió un pequeño percance sin consecuencias. Más cómicas estas que lesivas. El schuss final, premeditado desde lejos para salvar el llano lo más posible, generó emociones, al tener que esquivar arbolillos y amortiguar algunos baches. Se trataba de procurar no salirse de las huellas endurecidas, sobre las que los esquís deslizaban mucho más.
Toda la vertiente de la derecha para descender. (Imagen propia).
Jesús, Ciano y Amparo "negociando" el paso de un río. (Imagen propia).
El día lo completamos con turismo rodado. En vez de regresar por el camino más corto, descendimos aquella especie de collado o valle hacia la costa oeste de la isla, que está conformada por otro fiordo. Alcanzamos su cabecera y, con una luz preciosa, tomamos su vertiente izquierda (sur). La carretera vira y vira sin parar, recortando la costa por su orilla. Toda esta zona norte de Noruega parece un fractal. Llegados al extremo oeste de Kavaløya atisbamos una población en una pequeña isla cercana. También dejamos de lado una playa de arena blanca, así como el desvío hacia la estación del ferry que lleva hacia la isla de Senja (un probable destino si alguna vez regreso a estos territorios). Pero nosotros continuamos con el coche enfilando la ruta costera, que ya tomaba rumbo este sureste. Nos detuvimos en una playa de guijarros larguísima y estrecha. Había en ella una especie de mojones vegetales secos y amarillentos que nos sirvieron de asientos. Como pufs naturales. Allí comimos, fisgando caracolas, observando aves marinas y paisaje nevado y acuático por todas partes. A nuestra espalda había algunas casas vacacionales o de granja.
Jesús y Amparo preparándose para comer en la orilla del fiordo. (Imagen propia).
La ruta proseguía lenta y bacheada. Muy agradable y sin tráfico. En un momento dado nos detuvimos para visitar un poblado que actualmente está preservado como asentamiento etnográfico de valor. Es un conjunto de edificios de madera de diferentes tamaños, salpicados sobre una pradera inclinada al borde de un fiordo. Todos tienen los tejados cubiertos de hierba con su porción de tierra de arraigo incluida. La mayoría de los edificios, cabañas o cobertizos, muestran fachadas rústicas sin pintar. Con la madera grisácea por el envejecimiento. Pero también hay una casa principal, de mayor empaque y tamaño, pintada en un amarillo albero, con los marcos blancos y algunos ligeros toques de elegancia. Contemplamos su interior a través de los cristales de las ventanas. Mobiliario antiguo, enseres de otra época, pero aspecto de cierto nivel de vida. Nada que ver con la cocina de hierro y la pila de fregar de madera que había en una de las cabañas rústicas. El conjunto se llama Granja Straumen. Su ubicación pretendió en el pasado aprovechar los recursos campestres y marinos. Las mareas de la corriente Rystraumen favorecían la pesca. Los edificios datan del siglo XIX y su disposición muestra la combinación de ocupaciones de pesca, ganadería y agricultura. El enclave no es casual, además de su practicidad para subsistencia, la disposición visual hacia el fiordo y las montañas del otro lado da muestras de una incuestionable elección estética.
Hermosísima localización del enclave Straumen. (Imagen propia).
Detalle de edificios de labor con sus techos de hierba. (Imagen propia).
Fachada frontal de la vivienda principal. (Imagen propia).
Una vivienda secundaria. (Imagen propia).
Vista trasera de la vivienda principal. También con tejado de hierba. (Imagen propia).
Aquella tarde cenamos una sabrosa marmita de salmón de elaboración propia, y, como cada día, Amparo nos informó sobre las previsiones que su app le daba sobre las posibilidades de poder contemplar una aurora boreal. Hasta entonces no habíamos tenido suerte, ya fuera por cubrirse el cielo por la noche, por falta de augurios fiables, etc. Pero aquel día teníamos esperanzas. Amparo y yo nos quedamos leyendo hasta las 23h, momento en el que salí al jardín para ver si sucedía algo. En un momento dado me pareció ver como si en el cielo fueran apareciendo unos jirones de neblina muy sutiles. La avisé, y aquello empezó a cobrar mayor empaque, variar sus formas, extenderse y animarse. Despertamos a nuestros compañeros y juntos disfrutamos de un buen recital de aurora boreal. Lo mejor de contemplarla en vivo son dos aspectos. Uno, ver como se mueve y cambia de formas. Dos, comprobar como ocupa, en constante cambio lento, diferentes zonas de la cúpula celeste. Sin embargo, en lo que se refiere al colorido, resulta mucho más impactante en las fotos (me refiero a nuestras propias imágenes, tomadas allí en el momento) que a la vista. Y es que, al disparar, la cámara se toma su tiempo, el cual le permite captar un cromatismo que a los humanos se nos escapa en la visión instantánea continua. En cualquier caso, un emocionante espectáculo.
La aurora boreal vista desde la casa. (Imagen propia).
Aquí vista en la orientación opuesta, desde el prado, algunos metros alejados de la casa. (Imagen propia).
Momento de aparición de algunos matices magenta en un borde. (Imagen propia).
Despedida.
Nuestra última jornada completa resultó la peor en materia de esquí. Hizo mucho calor desde primera hora, así que la nieve estaba realmente blanda y en proceso de rápida fusión. Tampoco acertamos con la elección de la excursión. Optamos por tomar otro túnel, de esos que descienden hasta y emergen desde las profundidades, para pasar al otro lado de nuestro fiordo. Todo ello bastante cerca de la casa. Aunque nos pusimos los esquís junto al coche, el ascenso se tornó bastante caótico por la combinación de río, bosque y demasiados parches de tierra sin nieve. Finalmente, justo cuando estábamos a punto de trazar un desvío improvisado para cambiar de montaña, a Jesús se le desprendió una fijación del esquí, quedándose aquella en la bota, habiéndose soltado los tirafondos. Hubo que deshacer lo avanzado y dar por finalizada la actividad esquiadora del viaje. Sin lamentos, pues habíamos disfrutado de unas jornadas memorables con un tiempo envidiable, algo que, por lo que cuentan, no es tan habitual por allí. Aquella tarde fue la segunda de nuestras visitas a Tromsø.
Enzarzados en la progresión de la última excursión. (Imagen propia).
La prueba documental del incidente. (Imagen propia).
A pesar de todo, bonito paisaje montaraz y buen tiempo. (Imagen propia).
Fácil regreso hasta el coche. (Imagen propia).
Para despedir el artículo, quiero comentar que el viaje constituyó el cumplimento de un sueño; una experiencia fantástica; un esquí excelente; la vivencia de un buen puñado de connotaciones culturales, históricas y geográficas de gran interés para mí; y el reencuentro activo con unos buenos amigos, disfrutando de una de las actividades que más nos gustan. Para los esquiadores de montaña, casi de cualquier nivel, este destino resulta muy recomendable.
Me permito insertar aquí tres recomendaciones cinematográficas que tienen que ver con la historia del esquí y Noruega. No las ordeno por cronología de estreno, sino por la antigüedad de las épocas a las que corresponden las tramas que relatan:
- Baja Edad Media: «Pathfinder. El guía del desfiladero» (1987). Director: Nils Gaup. Ambientada en Noruega en el siglo XII, basada en una leyenda lapona. Algo de esquí medieval al principio y en algún otro momento. Película de acción. No confundir con una secuela del mismo título de 2007.
- Edad Media: «El último Rey» (2016). Director: Nils Gaup. Supuestamente en Noruega en 1206. Mucho esquí ancestral, muy bien caracterizado, y mucha acción.
- Segunda Guerra Mundial: «Los héroes de Telemark» (1965). Director: Anthony Mann. Actores: Kirk Douglas y Richard Harris. Recrea unos hechos reales ocurridos en Noruega en 1942. La acción de un comando de esquiadores para destruir unas instalaciones alemanas de producción de agua pesada. Mucho esquí de la época y un final con fiordo.

