No frecuento apenas el Pirineo para la práctica del esquí alpino. Sí lo hacía hace décadas, pero no en la actualidad porque dispongo de tiempo y suelo preferir irme a los Alpes. Pero esta temporada, los erráticos cierres de carreteras perpetrados por los ganaderos franceses, así como algunos cambios de última hora por parte de acompañantes míos habituales me han forzado a viajar en varias ocasiones a los Pirineos. Y uno de estos viajes fue a Grandvalira. La última vez que visité Andorra para esquiar creo que fue hacia el año 2004, así que mucho había nevado desde entonces hasta esta reciente visita.
Los viajes, tanto el de ida como el de vuelta, los hicimos en coche por España. Nuestra ruta ideal para viajar hasta cualquier estación francesa, andorrana y Baqueira-Beret es por Francia, pero los problemas comentados nos hicieron optar por España para asegurar. Gracias a ello, el viaje de ida, a plena luz, me trajo muchos recuerdos de tiempo atrás. Por ejemplo, una aventura piragüística en el río Cinca, el icónico cruce del meridiano de Greenwich, la lejana disputa de una fase de ascenso futbolística en Balaguer, una pernocta motera en la Seo d’Urgell o cierto importante congreso educativo europeo en Zaragoza con visita temática a Huesca. En fin, lo dicho, muchos recuerdos ya lejanos.
Todo muy sereno y tranquilo, sin apenas tráfico hasta cruzar la frontera andorrana, momento en el que, tal y como lo recordaba, todo cambia y, en cuestión de conducción, a peor. Nunca me ha gustado la Andorra urbana. Me espanta estéticamente, urbanísticamente, en cuestión de movilidad rodada y personal y hasta, si se me apura, filosóficamente. No es una crítica al país, es mi percepción, por lo tanto, personal e intransferible. Ello es una de las causas de que lo haya frecuentado tan poco, pese a haber disfrutado mucho esquiando allí en tiempos pasados viajando con niños, con amigos y con competidores. Pero es que atravesar su eje sur-norte me resulta incómodo y feo, visual y espiritualmente. Y en esta ocasión, a pesar de unas evidentes mejoras que evitan que haya que circular, como antaño, por una estrecha calle comercial entonces principal, mis sensaciones han sido parecidas. Entre otras cosas porque el ansia y la voracidad comercial e inmobiliaria ya está empezando a acosar a las que han nacido como supuestas soluciones circunvalantes o alternativas.
Antes de centrarme en la cuestión del esquí, que ya adelanto que resultó estupenda, tal y como es mi costumbre, voy a desarrollar algunas pinceladas socioculturales sobre Andorra. No hay que tomarlas demasiado en serio, especialmente por parte de los andorranos, porque se basan en las apreciaciones de dos personas. Por un lado, las mías, generadas durante mis escasas visitas al país; y por el otro, mucho más fundamentadas y estudiadas, las de Sergio del Molino. Se trata de un escritor cuyos ensayos me suelen gustar mucho. Más famoso que su propio nombre fue el concepto que él sacó a la palestra de la opinión pública con su libro La España vacía[1]. Tal fue su influencia, que los políticos de todos los colores y, de paso, también ellos, los periodistas, igualmente gran parte de ellos, descaradamente, de todos los colores políticos, empezaron a hablar directamente del concepto de España vacía, aunque poco después, sibilina y progresivamente, fueron sustituyéndolo por el de España vaciada, para así, de paso, quitarle protagonismo al escritor, buscando parecer innovadores, originales y empáticos ellos con el asunto de la despoblación.
El caso es que poco tiempo después, Sergio del Molino volvió a la carga con otro asunto geográfico vinculado, en mayor o menor medida, al territorio nacional, sus fronteras y ciertas vecindades algo peculiares. En Lugares fuera de sitio[2] el autor ofrece una especie de colección de ensayos referidos a lugares con peculiaridades territoriales muy singulares, algunos de los cuales son frontera con España, otros son, pero están fuera, o no son, pero están dentro, etc. En los Pirineos ubica dos: Llívia y Andorra. El segundo de ellos, y eso lo deja claro, un país en toda regla. Pero un país con ciertas singularidades que él explica mediante cierta recopilación historia, bastante apreciación personal y el trato y lectura de algunos escritores andorranos. El capítulo dedicado al Principado no es largo, pero sí muy interesante. Al leerlo, uno percibe que Del Molino aborda el asunto con evidentes prejuicios negativos con respecto a Andorra, aunque lo acaba justificando su existencia y su evolución contemporánea, y hasta en algunos detalles, simpatizando con el país. Aunque por motivos no del todo coincidentes, confieso que también yo experimento cierta ambivalencia sentimental con respecto a Andorra.
Tras un comienzo guasón con respecto a Andorra, el escritor plasma una buena introducción de la cual podemos entresacar algunos datos. Andorra es un estado independiente y soberano, pero: sus jefes, los copríncipes, son un obispo extranjero (el de la Seo d’Urgell) y el presidente de un estado vecino (el de Francia); no tiene moneda propia, habiendo pasado directamente del uso de francos y pesetas al de euros, pese a no ser miembro de la UE; tampoco tiene sistema postal ni ejército; hasta 1993 no ingresó en las Naciones Unidas ni tuvo un gobierno democrático ni constitución; etc.
«El difícil tomarse en serio Andorra cuando Andorra hace equilibrios entre lo anacrónico feudal y lo moderno democrático, entre la belleza de las montañas y la fealdad de la hiperurbanización, entre el capitalismo más burdo y descarnado y la socialdemocracia más amable y esmerada». (S. del Molino).
Su existencia se apoya en dos pareatges, figuras jurídicas medievales que regulaban la bicefalia de un feudo cuando uno de los dos señores pertenecía a la iglesia. Roger Bernat III, conde de Foix, firmó dos de ellos con el obispo de Urgell. De ahí la justificación de la jefatura de estado eclesiástica (española). Por otro lado, la casa del condado de Foix, mediante enlaces y alianzas, llegó ser familia real navarra y, con el tiempo (Michael de Montaigne estuvo muy bien enterado de esto), familia real francesa. Así que, cuando llegó la Revolución, la guillotina y todo aquello otro, la jefatura compartida alcanzó al jefe del Estado (francés). La ubicación geográfica entre dos potencias imperialistas es la que, probablemente, ha mantenido a Andorra como país, gracias a cierto juego de respeto-amenaza entre ambas. El documento que, al parecer, mejor explica la independencia andorrana es el Manual Digest, una:
«[…] compilación de leyes, fueros, usos y costumbres de Andorra rescatados y ordenados de los archivos por Antoni Fiter i Rosell en 1748 […]». (S. del Molino).
Otro asunto peculiar y de rabiosa actualidad es el de la composición de la población en Andorra (que no andorrana). A causa de un antiguo y tradicional sistema hereditario local (hereu) por el que el patrimonio familiar no se divide, sino que pasa al primogénito, parece que Andorra, por un lado, ha generado mucha emigración al exterior. Por otro lado, por motivos fiscales y de demanda de mano de obra, el país se ha convertido en un atractor de inmigrantes autorizados, generando que apenas un tercio de la población andorrana disfrute de su nacionalidad (que es exclusiva pues no permite mantener una doble). Así que no es de extrañar que deambulando por sus estaciones de esquí escuchemos acentos latinoamericanos (especialmente chileno y argentino) por todos los rincones: en las escuelas de esquí, bares, tiendas, remontes, etc. Algunos de los residentes, en el caso español, son deportistas, youtubers, tiktokers y demás personajes mediáticos que, a la vez que andan dando lecciones de moral, supuestos valores y consejos de todo tipo a su público, demuestran una evidente insolidaridad económica con su propio país.
Y es que, por lo que parece, Andorra, históricamente, ha ejercido cierto magnetismo hacia personajes cuando menos peculiares. Entre ellos, del Molino cita a un tal Fiske Warren, empresario estadounidense que trató de poner en marcha un experimento económico allí. Y tanto o más anacrónica, la figura de Boris Skórisev, buscavidas internacional que llegó a ser coronado como Boris I, rey de Andorra durante nueve días, en 1934, aprovechando una pseudorrevolución local. La lectura de Del Molino incluye la posibilidad de que el personaje hubiera sido un espía del nazismo. Más recientemente, y no tan bizarra, ha estado la aparición de Gerard Piqué con ciertos aparentes delirios de grandeza futbolística.
Siguiendo con el análisis aportado por Sergio del Molino, podemos leer que la renta per cápita andorrana es elevada. Sus ingresos provienen de diversas fuentes, aunque son especialmente notorias la banca (que ha ido pasando de opaca y paraíso fiscal en toda regla, a semiopaca); un comercio favorecido por una presión fiscal minimizada y que, como consecuencia de ello, generó bastante contrabando (aunque se ha ido reduciendo claramente); y una potente industria turística bastante masificada y con precios muy competitivos (bajos). Para mantener su posicionamiento económico, el país recurre a un fuerte proteccionismo sobre la propiedad inmobiliaria, empresarial y de nacionalidad.
«Esa es la clave de Andorra, que ha pasado de la miseria más animal, la de quitarse el frío a manotazos, a la opulencia más obscena, en un par de generaciones. En apenas una, de hecho: los mismos pastores jóvenes que vieron pasear a Boris I con su monóculo, treinta años después eran empresarios, banqueros y promotores inmobiliarios. El milagro andorrano despegó en la década de 1960, en cuanto las clases medias europeas descubrieron el esquí, y los ricos, las exenciones fiscales y el secreto bancario». (S. del Molino).
Personalmente añadiría el descubrimiento del consumo, desde entonces hasta el cambio de siglo, y del hiperconsumo extremo, compulsivo e irracional en lo que llevamos del XXI. Por eso gran parte del paisaje urbano de este país lo constituyen tiendas de complemento para motociclismo, esquí, bicicletas, ropa, perfumes, relojería y joyería, tabaco, licores, etc. Todo ello como llamando al consumidor de un modo agresivo y descarado. Por lo general, ni con estilo.
«Casi todo el terreno horizontal de Andorra está urbanizado. El problema de los valles es que son muy estrechos. Las montañas son muy altas y prácticamente verticales, por lo que las zonas habitables son escasas y ya están saturadas. Desde la frontera española de Sant Julià hasta la francesa de Pas de la Casa se tardan unos cuarenta minutos en coche si no hay tráfico [que casi siempre lo hay]. Todo el camino es un continuo urbano que se despeja un poco hacia el final, […]. Desde Escaldes y Andorra la Vella, que forman el cogollo urbano más denso, se ven edificios colgados de alturas impensables. Nada se desaprovecha, no ha habido propietario de tierras que no las haya transformado en edificios. Cada tres pasos, un centro comercial, un complejo hotelero, unos apartamentos para la población flotante que se emplea unos meses en cualesquiera de los muy bien remunerados trabajos (informáticos, técnicos de banca, recepcionistas, guías de montaña, cajeros de supermercados o los ubicuos albañiles portugueses, que lo han construido todo ladrillo a ladrillo) […]». (S. del Molino).
Pero todo este ajustado o estereotipado retrato queda atrás, desaparece, al menos visualmente, en cuanto el visitante deja el espacio urbano y se interna en las montañas, en pleno Pirineo, ganando altura y, en nuestro caso, adentrándonos en las laderas nevadas, que allí son, todo hay que decirlo, bellas y generosas.
Antes de empezar a hablar de esquí, permítaseme un apunte histórico-iconográfico de cosecha propia. Hacia el final de verano de 2014 participé en una ruta de ciclismo retro (con bicicletas antiguas) organizada por un grupo de entusiastas del suroeste francés. Del Bearne.
«Bearne es un territorio con historia. Su origen se data, de modo poco preciso, en la Alta Edad Media, en forma de vizcondado que, por azares de los acontecimientos, las beligerancias y los tratados, asumió sometimiento y dependencia de Francia, Navarra, Aragón y hasta Inglaterra, en diferentes momentos. Geográficamente se sitúa en las laderas y llanuras ubicadas al norte de un tramo de los Pirineos, formando parte del Departamento de los Pirineos Atlánticos, aunque al este de la región de Bayona y la zona vasco-francesa. Si lo buscamos en un mapa, la localización se corresponde con las ciudades de Pau, Orthez y Oloron, así como las áreas que las rodean. Desde un punto de vista más natural de la geografía, podemos mencionar algunos referentes conocidos como la garganta de Kakuetta, el Pic de Midi de Ossau o los puertos de Somport y el Portalet». (Cita propia de entonces).
Rodando por allí, coincidí con ciclistas franceses de la zona y aragoneses del sur correspondiente, algunos de los cuales, buenos conocedores de su historia, también se sentían vinculados culturalmente al Bearne. Pero ¿qué tiene esto que ver con Andorra, aparte de su casi coincidente latitud? Pues al menos un par de cosas.
«[El Bearne] Corresponde con el antiguo vizcondado y luego principado soberano con Francisco Febo, o Francisco I de Foix, rey de Navarra (1479-1483), conde de Foix, conde de Bigorra y vizconde de Bearne (1472-1483). […]. La historia del Bearne está unida a figuras ilustres como Gastón Febus, Enrique II de Navarra y, por supuesto, su nieto Enrique III de Navarra y IV de Francia. Este pequeño estado fue capaz de mantener su independencia durante siglos junto a sus poderosos vecinos franceses y españoles. Los fueros de Bearne representan la más antigua legislación escrita de Francia, y se trataba tanto de una carta política como un código de justicia del que incluso el soberano del Bearne no podía sustraerse». (Wikipedia).
Esto es, una similitud de trayectoria histórica, pertenencia al condado de Foix y a la corona de Navarra (primero) y Francia (después), con un destino final (a partir sobre todo de la Revolución Francesa) opuesto al del principado andorrano.
La otra coincidencia es más iconográfica: un par de vacas rojas que aparecen tanto en el estandarte del Bearne como en uno de los cuarteles del escudo andorrano:
«El escudo del Principado de Andorra tradicionalmente ha sido formado por cuatro casas, dos correspondientes a cada uno de los dos copríncipes. Las cuatro casas tradicionales son: la del Obispado, representada por una mitra y un báculo dorados sobre fondo rojo; la de Cataluña; la de Foix; la de Bearn». (Wikipedia).
Composición comparativa: a la izquierda el escudo de Andorra, a la derecha las vacas del Bearn. (Imagen: montaje propio con imágenes de wikipedia).
La bandera de Andorra ondeando en el mirador de Canillo. (Imagen propia).
Para los que hayan aguantado la lectura hasta aquí, vamos ya con el esquí. La primera y última vez que había esquiado en parte del dominio de la actual Grandvalira había sido… ¡41 años atrás (1984)! De hecho, aquella fue la segunda vez en mi vida que esquiaba fuera de Alto Campoo (la primera había sido poco antes en Sierra Nevada). Fue una escapada de fin de semana organizada por una agencia, para estudiantes universitarios residentes en Madrid. Viajé con un par de amigos del INEF a Pas de la Casa, cuando su dominio entonces eran las dos laderas existentes entre Pas y Grau Roig. Apenas conservo recuerdos de aquello, salvo que Pas de la Casa me pareció algo así como una ciudad en miniatura (pero con claro aspecto urbano) algo que me lo sigue pareciendo ahora; y, sobre todo, que mi amigo Fernando me estuvo enseñando y corrigiendo todo el fin de semana un clavado de bastón específico para bajar baches, que él había aprendido en los cursillos veraniegos de Authier en Tignes. Algo que, he de reconocerlo, me costó asimilar, pero me hizo mejorar muchísimo, tanto en la técnica de los baches como en la de la nieve profunda.
Mi forfait de 1984.
Nuestro forfait actual.
En esta ocasión fue un viaje de padre e hijo. Por circunstancias laborales y de residencia de mi hijo, hacía muchos años que no esquiábamos juntos, pero esta vez pudo organizarse y nos fuimos solos a un apartamento a Pas de la Casa, para disfrutar de cinco jornadas de esquí de días laborables. Era un apartamento antiguo, pero amplio y cómodo, con garaje para el coche, guardaesquís y situado a menos de 100 metros de la base de salida de dos telesillas. Hemos de decir que el tiempo nos resultó muy favorable. Llegamos un domingo por la tarde, un día después de una buena nevada. Evidentemente todo el fuera de pista a la vista ya estaba completamente arado de cientos de huellas causadas por los esquiadores de fin de semana, pero no nos importó porque las pistas nos aportaron alicientes más que de sobra. Desde el lunes hasta el jueves disfrutamos de días soleados con visibilidad total. Temperaturas bajas y algo de viento racheado en algunas cotas altas un par de días, pero, en conjunto, un tiempo ideal para esquiar y mantener la nieve en bastantes buenas condiciones. Excelente el primer día, bien mantenida el resto de la semana en general, aunque helándose cada día más en algunos muros muy umbríos o demasiado expuestos al viento. El viernes todo cambió, se metió el mal tiempo, paró el viento completamente y una niebla fría cerradísima se alternaba con una tímida precipitación de nieve: buena nieve, pero muy poca visibilidad. Aquel último día decidimos esquiar únicamente la mañana, dejar el apartamento de víspera a la salida programada y así evitar las carreteras nevadas del potente frente anunciado. Un acierto, habíamos esquiado de sobra durante cuatro días de 9 a 16h.
Vista desde el apartamento. Verdadera cercanía a los remontes. (Imagen propia).
Vamos por partes. Lo primero, un augurio de buena suerte. El primer día, recorriendo todo el dominio esquiable a base de plano para irlo reconociendo, alcanzamos la cota de Portella, la que da acceso al extremo más próximo al sector de Canillo. Y justo cuando descendía recto por la parte inicial, casi llana, de la pista Rossinyol, una rapaz me sorprendió con un exageradamente próximo vuelo rasante delante de mi cara. Maravilloso y elegante, y aunque rápido, puede contemplar nítidamente sus detalles, Su pecho claro moteado de manchas oscuras y su pequeña cabeza con agresivo y afilado pico ganchudo. ¡Tenía que ser un halcón! Consultada más tarde información al respecto, pude asegurarme de que tuvo que ser un halcón peregrino, habitantes fijos de las cumbres andorranas y no sometidos a los vaivenes de las migraciones. Una preciosidad.
Un halcón peregrino. (Imagen: rtve.es).
Como decía, el primer día lo empleamos en procurar recorrer gran parte de todo el dominio esquiable. Aunque el plano es perfectamente comprensible, tardé algo en acostumbrarme a la interpretación de los plateaus o zonas neurálgicas de cada sector porque están dibujados a escala claramente mayor que el resto del espacio (para que quepa todo en el dibujo), pero dan la sensación de ser espacios más amplios, como si la conexión allí no fuera tan inmediata como en la realidad es. Al día siguiente, más a tiro hecho, repetimos la intención, pero entrando mucho más al detalle de esquiar pistas y rincones que el repaso general inicial había eludido o dejado de lado. Hubo descubrimientos francamente agradables. Miércoles y jueves introdujimos a medio día una sesión técnica de baches. Resulta que, en El Tarter, casi paralela al espacio dedicado a las filigranas de saltos acrobáticos, que de paso sirven para concentrar a la significativa presencia de snowboarders, discurre una pista negra denominada Voltor, que se conserva sin pisar y llena de baches. De hecho, accediendo a ella hay una señalización de estadio de baches. Probablemente gracias a su orientación y al escaso uso que de ella hace la gente, los baches se conservaban sin hielo o dureza. Así que aprovechamos para sendas sesiones de una hora aproximada de duración, para darle a mi hijo unas dosis de entrenamiento específico de bañeras. La pista en exclusiva para nosotros, salvo el primer día, en el que coincidimos con un monitor haciendo lo mismo con un alumno particular.
Como ya he dejado entrever, el viernes lo dedicamos a esquiar tranquilos, orientarnos en la densa niebla y esquiar con mucha calma, contrastando con la caña, altas velocidades y captura de descensos negros de los días anteriores.
Señalización para acceder a la pista de baches ¡Excelente noticia! (Imagen propia).
Como dominio esquiable, Grandvalira me ha sorprendido muy gratamente. No me cabe duda de que se ha erigido en la mayor extensión de los Pirineos. Bien amplia y muy bien conectada, pues no sufrimos ni una sola remada, y eso que recorrimos todo a través de múltiples combinaciones de enlaces. No alcanza las extensiones de los grandes dominios de los Alpes, pero se empieza a acercar a algunos y, desde mi particular punto de vista, consigue ya la justificación de un periodo de estancia de 4-5 días, que es mi unidad de medida para un viaje de esquí alejado. Por otro lado, presenta mucha variedad de pistas. Múltiples orientaciones, buen reparto de colores de dificultad, zonas abiertas elevadas, mucho kilometraje de bosque, amplias zonas de fuera pista fácilmente accesibles a la vista y de aparente poco riesgo (aunque no las disfrutamos) y un alto porcentaje de pistas negras, la mayoría de las cuales lo son de verdad. Casi todas ellas sin apenas esquiadores por tres motivos: primero, porque había poca gente en general en todo el resort; segundo, porque con el paso de los días algunas se fueron helando mucho; y tercero, porque allí tienen el acierto de avisar con pancartas muy evidentes y claras que a partir de determinado lugar se está usted metiendo en un descenso problemático.
Inicio de una pista negra en Grau Roig. (Imagen propia).
Aunque apenas se dio la ocasión, se ven posibilidades seguras y accesibles para esquiar fuera de pista. (Imagen propia).
Valorando por sectores, quizás fue, Pas de la Casa, precisamente, el que menos me haya gustado. En parte por el paisaje más abierto, mayor concentración de gente y genérica forma de embudo mediante el cual casi todo acaba confluyendo demasiado junto en el punto final. Aun así, disfrutamos a tope de la Jordi Angles y la Francesc Viladomat como nuestras vueltas a casa habituales, además de algunos descensos por la Taupes (algo justa de nieve) y una más gratificante FIS.
Pas de la Casa visto desde el Coll Blanc (2528m). (Imagen propia).
Antenas y pistas negras de Pas de la Casa desde una terraza. (Imagen propia).
Monumento homenaje a Francesc Viladomat en lo alto del Costa Rodona. (Imagen propia).
La carretera de la vertiente este del puerto de Envalira. (Imagen propia).
Graun Roig me gustó mucho. Es más variado. La Pastora, aun siendo azul, me pareció una pista en la que poder disfrutar de un esquí relajado de alta velocidad mientras se tiene sensación de itinerario y excelentes panorámicas. La ladera que proviene de Pas ofrece rojas anchas y rápidas con schusses intermedios, y tanto las negras Tamarro (sobre todo; la cual el primer día la encontramos en un excitante y agradable estado intermedio entre restos de nieve profunda con incipiente formación de baches) y Antenes plantean fuerte pendiente, aunque resulten algo cortas. Pero es que este sector rompe además su monotonía con los telesquíes que se adentran en zonas separadas del barullo. Especialmente agradable el acogedor circo boscoso y rocoso al que da acceso Montmalis, con una roja fácil de constante cambio de ritmo y dirección, o una alternativa negra fácil, estrecha y muy variada. La pista negra del Mirador requiere mención aparte. La tomábamos siempre de regreso por la tarde. Cada día estaba más helada, pese a lo cual siempre había algunas personas peleando con su descenso hacia Grau Roig. Es por ello que era el sitio donde vimos a más gente con evidentes problemas. Nuestra opción, por el contrario, resultaba siempre muy gratificante: línea de máxima pendiente por los bordes de la pista, y wedel controlado aprovechando la acumulación de nieve suelta provocada por el constante raspado de la gente empeñada en bajar por el espacio central.
"Arquelogía de las telecomunicaciones" entre Pas de la Casa y Grau Roig. (Imagen propia).
Subiendo en el telesquí Montmalús. (Imagen propia).
Rincón en Grau Roig. (Imagen propia).
Padre e hijo disfrutando en Grau Roig. (Imagen propia).
Vertiente oeste del puerto de Envalira. (Imagen propia).
Al sector de Peretol le dedicamos idas y venidas, me resultó algo complicado el orientarme en él y tampoco me sugirió nada especial, más allá de ser una buena zona de paso, perfectamente esquiable y bien trazada.
Espectacular Soldeu. Más abierto y sencillo en sus zonas altas, y boscoso y, desde mi punto de vista, mucho más interesante en las zonas inferiores. Desde Cortals (2502m) pudimos empalmar rojas (Serra de Solanelles u otras) con diversas azules, para acabar configurando un descenso largo y variado (finalizando por la azul Bosc Fosc) hasta los 1800m, que no está mal. Pero lo mejor es su bosque con sus negras y rojas. La Cova tenía muy mala pinta por falta de nieve, La Avet resultó la más complicada de la semana porque su muro inicial estaba muy helado, un buen ejercicio de control de canteo y virajes. Por el contrario, el Estadi Eslálom resultó una maravilla de la que disfrutamos al menos un par de veces cada día (salvo el viernes) descendiéndola sin paradas, sin gente, rápido y con cambios de ritmo en función de sus cambios de trayectoria y pendiente. Una pista fantástica. Y otro placer el cambiar de sector empalmando la roja Torrallardona con la azul Gall de Bosc, recreándonos en el bosque para llegar a El Tarter.
En un remonte por Soldeu. (Imagen propia).
Paisaje en Soldeu. (Imagen propia).
Es El Tarter otro de los platos fuertes del dominio. Allí están la mencionada pista de baches, varias rojas despejadas, algunas de las cuales acabaron bastante heladas, y su buque insignia Àliga, trazado en el que se celebran las pruebas de la Copa del Mundo. La descendimos muchas veces, pero voy a dar cuenta de ella en un apartado final especial.
Posando ante el monumento de Àliga. (Imagen propia).
Magníficas pistas negras descienden hacia Soldeu y El Tarter. (Imagen propia).
Al mirar en el plano de pistas el sector de Canillo (en realidad Portella y El Forn), da la impresión de que se va a acceder a un retal al que acercarse más para decir que se ha estado en todo que para otra cosa. ¡Error! Merece la pena ir. Las rojas de la zona del remonte Seig tienen la particularidad de que, entresemana, están prácticamente vacías, por lo que allí se puede carvear a tope sin molestias, además, el fuera de pista parece muy evidente y sin riesgos. En cuanto a los descensos hacia El Forn, las dos opciones que hay me parecieron estupendas, aun siendo muy diferentes. La azul Rossinyol es un trazado que, en cuanto entra en el bosque, presenta varias curvas que pueden ser tomadas en plan amplio, como si de un descenso de competición simulado se tratara. Es muy agradable tanto cambio de dirección y de rasante. La otra opción, la negra Gaig, presenta una sucesión de fuertes muros con mínimos descansos entre ellos: unos 450m de desnivel en no muchos metros de recorrido.
Paisaje y pista negra en Canillo. (Imagen propia).
Magníficas vistas desde el mirador de Portella (2465m) en Canillo.
Que no se nos pregunte por planes de compras, alterne, copas o cenas porque en nuestro programa no tuvieron cabida. La pinta de los pubs no invitaba a ello, como tampoco los abundantes grupos juveniles que visitaban algunos locales casi con más entusiasmo aparente que las pistas. Cenábamos en el apartamento cocinando cada tarde, algo que suelo hacer en muchos de mis viajes. Lo que sí hicimos fue parar a comer algo en pistas los cuatro primeros días. Uno, un bocadillo de entraña de ternera (en mi tierra aguja) en una terraza con food-truck en Pas de la Casa. Muy sabroso. Otro día, un fantástico momento al sol en la terraza de un hotel con vista directa a la pala final de la Àliga, donde me despaché un completo sándwich de esos que llevan de todo. Los otros dos días comimos en Cubil (Grau Roig). Un día, hamburguesa con patatas en terraza. El otro, magníficos espaguetis al pesto en el interior de un restaurante muy elegante.
Comiendo al sol frente a lo que en pocas semanas sería la meta del descenso de Copa del Mundo en El Tarter. (Imagen propia).
Vamos ahora con la cuestión residencial de Pas de la Casa. A favor tiene el que gran parte de su urbanismo está a verdadero pie de pista, algo que suelo agradecer mucho. Y en cuanto a servicios, hay de casi todo. Pero a mí me parece feo. Edificios de final del siglo XX que se han quedado estéticamente obsoletos, calles que parecen de ciudad, invasión de comercio andorrano (más allá del esquí, con mucha oferta desubicada centrada en el ahorro de impuestos), cantidad de pubs de aspecto exterior agresivo-llamativo, como si el reclamo fuera más la juerga que un ambiente alpino (para esto me reconozco un romántico). Pero claro, parte de la propuesta del negocio seguramente se haya desarrollado así a causa del tipo de público que mayoritariamente pudiera haber estado recibiendo la estación. Ese asunto, el de la gente, es el que abordaré a continuación.
Magníficos ejemplares de esquís Poll Puig expuestos en un escaparate. (Montaje con imágenes propias).
Un aviso previo, mis comentarios sobre la gente van a ser más subjetivos todavía que los vertidos sobre el esquí, el paisaje, etc. no pueden ser estadísticos, sino simplemente basados en mis observaciones particulares, mi experiencia allí y mis prejuicios (acertados o no). En el dominio había gente, bastante, pero claramente muchísima menos que la que, tanto pistas, como remontes y cafeterías, podrían atender allí. Y la sensación de que había algo de gente (sin ser suficiente como para molestar, entorpecer o general colas) únicamente se daba en las zonas principales de flujos de tránsito: plateaus de distribución de remontes, zonas de debutantes y ejes (pistas y remontes) principales. En zonas periféricas apenas encontrabas a nadie y en pistas exigentes tampoco. ¡Fenomenal!
El nivel general de esquí visible era claramente bajo. No es una crítica, ni mucho menos, es una mera descripción neutra. Me da igual qué nivel haya en una estación en la que esté esquiando. Pera era notoriamente bajo, nutrido de muchos cursillos de niños, adolescentes (¿semanas blancas?) y adultos. Por nacionalidades, mucho español y francés, bastantes británicos, portugueses, iberoamericanos y cantidades más anecdóticas de otras procedencias. Al haber franceses pirenaicos (en general adultos de cierta edad) surgían algunos de estos típicos esquiadores con esquís previos a la era carving, sin casco y con ropa de épocas ya alejadas (tampoco esto es una crítica, siendo yo un fan del esquí retro, pero sí que es algo que vengo detectando en ciertos sectores marginales del esquí francés). Ya comenté que había bastante proporción de snowboarders, bastante concentrados en los alrededores de Ribaescorjada (El Tarter), y, curiosamente, ellos, en general, al contrario que los esquiadores, con un nivel bastante alto. Se veían muchos tipos de grupos más allá de los cursillos: familias, parejas, grupos de amigos bastante veteranos, pandillas de jóvenes, etc. En definitiva, turismo de masas en una semana de poca afluencia poco después de las navidades.
Observar, sin malicia y con discreción, los comportamientos de algunas personas, muchas veces puede resultar divertido. Un día, mientras comíamos en una terraza, dimos con algunos grupos que nos hicieron sonreír. Al fondo, estratégicamente orientadas al sol, varias mujeres jóvenes con aspecto de divas estilo fashion victims de alto standing, mataban el tiempo impolutas en sus maquillajes y complementos, ataviadas con prendas que parecían aproximarse más a lo visible en un pase de modelos de alta costura, que para una práctica técnica del esquí. Se las veía felices, sin ninguna prisa por esquiar. Nos dio por inventarnos que tal vez fueran, ellas mismas o sus parejas, parte de las nuevas comunidades de influencers instaladas en el país.
Más natural resultó un nutrido de grupo de jovencitas (edad aproximada universitaria) de unas cinco o seis, que llegaban protestando simpáticamente de la debacle que les había supuesto haber elegido la pista del Mirador para bajar hasta allí. Efectivamente, habíamos visto a algunas sobrevivir cargando con los esquís por fuera, mientras otras formaban parte de cierto tumulto generado en medio de la pista. Tal y como una de ellas comentaba al llegar a la terraza: «es que tías, me he matado, y de paso he matado a dos niños de un cursillo». En realidad, la sangre no había llegado al río, pero la emoción del esquí tiende a la pasional exageración. El caso es que llegaron juntas a la terraza, elegantes y sofocadas, todas ellas vestidas de negro o algún tono oscuro muy cercano. Parecían de uniforme. No porque sus ceñidos pantalones elásticos ni sus entalladas cazadoras con marcada cintura y cuello adornado en piel tuvieran aspecto de uniforme, sino porque casi todas ellas se habían comprado la misma prenda, y las que no (quizás porque se hubieran agotado al hacer shopping simultáneamente) habían conseguido algo muy parecido. Lástima que su acertado y bonito glamur deportivo invernal se viera algo empañado por unas culeras claramente empapadas… ¡maldita pista negra! Seguramente que todas sus experiencias diarias saldrían a la luz en, con permiso del volumen de la música, las conversaciones de lo que la juventud allí reinante ya denomina el apresquí. Se refieren a finalizar la jornada en las terrazas de los bares a pie pista. Varios compitiendo entre sí. Música a tope y la gente vestida y calzada, todavía, de faena. Lo sabemos por escuchar cómo algunas pandillas jóvenes planeaban la logística de la tarde: «¿Vamos con botas de esquiar o no? ¿pasamos antes por el súper o después? etc.». En realidad (nuestra realidad de aquella semana tan de perfil bajo de afluencia) nosotros no convivimos con los tumultos, gritos, broncas, borracheras, etc. que, por lo que cuentan, son frecuentes en Pas de la Casa:
«Se obliga a estos turoperadores, o a estos grupos, a poner seguridad privada, que los acompañe el trayecto una vez acabe este ocio nocturno hasta sus alojamientos». (Declaraciones oficiales literales, citadas en Nevasport noticias el 20 de enero de 2026).
La cita habla por sí sola. El asunto del apré-ski de alcohol y juerga desinhibida no afecta hoy en día únicamente a Pas de la Casa, tampoco solamente al Pirineo. Empieza a convertirse en una tendencia global que afecta a unos lugares (que se ponen de moda en este aspecto y de los que se corre la voz) y no a otros. Ante el éxito de sitios concretos, algunos resorts se han animado a provocar un efecto llamada para atraer ese tipo de turismo. El alcohol es uno de los productos legales que mayor margen deja en la hostelería (los recursos lisérgicos ilegales se lo dejan a otro tipo de cadenas de distribución). Algunos resorts (omito menciones directas, pero lo he visto en diferentes países) hace algún tiempo que han conseguido convertirse en destinos vacacionales de diversión y juerga para proporciones significativas de jóvenes que los visitan sin ni siquiera pasárseles por la cabeza esquiar.
Cambiando de temática, a nosotros nos resultó mucho más enriquecedora la tertulia que teníamos al lado. Eran tres varones que aparentaban más cercanía a los treinta años que a los cuarenta. Aspecto no muy atlético, con atuendos bastante llamativos y estampados, de esos que no todo el mundo se anima a ponerse. Dos eran padres, el otro no. La conversación inicial tuvo que ver con el consumo de pastillas para el pelo y los posibles efectos secundarios, relativos a la virilidad, que su uso pudiera generar. Sin embargo, el grueso principal de su tertulia, muy del siglo XXI, época de conciliaciones, versó sobre biberones: cómo se organizaba cada pareja para atender las tomas nocturnas, quién lo preparaba, quién se lo daba, conservar o no lo sobrante, estrategias para dejarlos lo más preparados posible, etc. El ignorante en la materia, el que no era padre, preguntaba con curiosidad, alentando las vehementes explicaciones de sus expertos amigos. A veces preguntaba con acierto, otras demostrando un claro desconocimiento de la materia. A nosotros se nos quedó una cuestión en el aire: si ellos se habían ido juntos de vacaciones de esquí como plan de chicos ¿cuál iba a ser la compensación paritaria que se tomarían ellas a cambio? En cualquier caso, chapeau, la opción de haberte ido a esquiar unos días con tus amigos me pareció muy sana y apetecible.
Dentro del apartado gente, también nos fijamos en los pisteros (personal de remontes, técnicos de balizaje, etc.) todos muy amables, serviciales y educados. Con una clara mayoría de acento iberoamericano. También mucho de ese acento entre los monitores, quienes, por cierto, llevaban, por lo general, un buen control de sus grupos en pistas y remontes y, cuando se les veía esquiar a solas, exhibían un nivel técnico muy de mi gusto. Finalmente, también se veían a diario varios grupos de entrenamiento de chavalería de edades bastante variadas. Niños y adolescentes acompañados por sus entrenadores. Me quedé con las ganas de saber si pertenecían a programas de esquí-estudio, tecnificación institucionalizada o algo similar.
En general, en cuanto a la nieve, estaba bien extendida por todo el dominio, con casi la práctica totalidad de las pistas abiertas. Sin embargo, no con tanto espesor como las recientes nevadas hubieran hecho suponer. De hecho, en algunos tramos concretos, por lo general próximos a las cumbres, escaseaba un poco. Sí, probablemente a causa del viento, parecía haber mayor espesor en zonas bajas que altas. En cuanto a los remontes, funcionando al 100%.
El autor, el único día que hizo malo. (Imagen propia).
Jacobo. (Imagen propia).
Espacio recreativo esquiable para los más pequeños. (Imagen propia).
Tras un lapso de cuatro décadas, y comparando con lo que he visto cambiar a otras estaciones de esquí, me atrevo con un brevísimo análisis evolutivo con respecto a Grandvalira. Mi veredicto es muy positivo. Han apostado claramente por un crecimiento en extensión de dominio esquiable, así como por una eficaz conectividad del dominio completo. Todo ello asegurando un buen equilibrio en gamas de dificultad/interés en las pistas, con cantidad y reparto bien distribuido de azules, rojas y negras. Por otro lado, aunque nosotros no hicimos uso de ello, y no lo experimentamos durante fin de semana, han desarrollado un evidente sistema de multiplicación de vías de acceso a las pistas, para luchar contra un mal que está machacando a muchas estaciones en la actualidad: el del embudo de acceso por carretera y de aparcamiento que la enorme afluencia de esquiadores está provocando. La estrategia en Grandvalira es que se pueda acceder de modo tradicional (en coche) desde múltiples puntos directos: Pas de la Casa, Grau Roig, Peretol, Soldeu y El Tarter; o que se haga vía cabinas de gran capacidad desde Canillo e incluso Encamp. En mi opinión (con la reserva de no haberlo probado) ¡acierto total!
Plano de pistas de Grandvalira. (Imagen: infonieve.es).
He dejado para el final un especial dedicado a la pista Àliga. Está homologada para eventos FIS. Parte de 2467m y desciende hasta 1710m. Nos encantó y la completamos varias veces. En modo de esquí libre comienza con una larga pala de pendiente media, con varios moderados cambios de inclinación y una anchura descomunal. No tiene obstáculo alguno salvo una sucesión de cañones de nieve (tipo poste) trazada por su línea central, como si la dividiera en dos anchos sectores paralelos y juntos. Al irse acercando al plateau de Ribaescorjada, se va estrechando progresivamente (nunca mucho), genera alguna leve curva, presenta algunos cambios de rasante y se empieza a introducir en zona boscosa. En el plateau hay que andar con cuidado pues se cruza con alguna otra pista, el acceso a un túnel y la llegada de un telesilla. Hasta allí, una primera mitad ideal para carvear y para jugar en los cambios de rasante con diferentes posibles opciones de trazada. Pasado en nudo de tránsitos, a la derecha, una valla ejerce de control de paso y de aviso de dificultad. A partir de allí, la pendiente parece aumentar en los muros, la anchura, aunque menor, sigue siendo generosa, y el trazado alterna muros y curvas amplias. Al fondo, abajo, las vistas del valle y de El Tarter resultan muy sugerentes.
En un momento dado, coincidimos en una silla con un hombre de la estación que portaba una visible acreditación en la pechera. Le preguntamos por la pista y por los eventos que, sabíamos, en pocas semanas de celebrarían allí: un descenso y dos supergigantes de la Copa del Mundo femenina. Nos vio interesados y nos fue explicando cómo iba a ser el trazado del descenso, así que, después, por nuestra cuenta, hicimos dos bajadas sucesivas a la totalidad de la pista. Una con múltiples paradas para fotografiar detalles e imaginar el trazado descrito por el técnico; y otra, de un tirón, primando un poco más la velocidad sobre el simple recreo.
Seis semanas después de nuestra estancia en Grandvalira, las esquiadoras de la Copa del mundo visitaron la pista de Àliga para disputar un descenso. La prueba la ganó la suiza Corinne Suter, en gran progreso tras haber iniciado la temporada tarde y en pleno proceso de recuperación de lesiones. Esquió muy fino, buscando deslizamiento, el preservar la aerodinámica el mayor tiempo posible y dibujando unas trazadas muy curvilíneas, algo que se demostró imprescindible en la pista para alcanzar buenos puestos. La mitad superior ocupaba los sectores parciales 1, 2 y parte del 3 del cronometraje; mientras que la otra parte del 3, el 4 y el 5 completos ya estaban en la segunda mitad. Los mejores tiempos rebasaron en uno o dos segundos el minuto y medio de duración. Toda la primera mitad, al ser más ancha, depende mucho más del marcaje establecido, el cual influye bastante menos en la segunda mitad, al ser esta más estrecha y ofrecer menos posibilidades. Respecto a los saltos, en la primera mitad también dependen el marcaje, el cual proporcionó que se dieran varios algo cortos y uno muy largo. Hubo otro más natural a mitad del sector 3, casi coincidiendo con el paso de una mitad a la otra, tras una gran curva, también natural. Y un salto más al final, que era artificial, mediante un escalón plantado de cara a la galería, frente a la grada de llegada. El sector 1 era muy breve. La salida y poco más, y, a la vista de los resultados, no demasiado vinculante. La carrera parece que se decidió en los sectores 2, 3 y 5. Los sectores 1, 2 y 3, fueron de pendientes medias o leves, por lo que el deslizamiento y un trazado lo más continuo posible fueron otorgando mejores tiempos. Las pendientes fuertes aparecieron en el 4 y 5. Más en el 4, que a la postre resultó el menos decisivo; y algo menos y más fácil de trazar en el 5. El trazado en general fue facilón, en el sentido de provocar pocos giros muy forzados o contrapendientes acusadas, por lo que, una vez más, en la carrera primaban el deslizamiento, la aerodinámica sostenida y las trazadas que no implicaran pérdidas de inercia y velocidad. Lejos de ser ello una crítica, lo que indicaba es que las corredoras que esquiaran con mayor finura y sensibilidad sobre cantos y suelas alcanzarían mejores resultados, algo que conviene provocar con cierta frecuencia en los descensos.
Me encanta ver descensos de Copa del Mundo poco tiempo después de haber podido disfrutar a placer de los escenarios, las pistas concretas, donde se celebran. Ello te ayuda a imaginar mucho mejor las sensaciones de los competidores, las problemáticas de los trazados y muchos otros detalles. Por eso mismo estudiamos bastante a fondo la pista del Àliga cuando vistamos Soldeu, y por ello me puse frente al televisor a disfrutar de la retransmisión.
Punto aproximado de partida del descenso. Mucha anchura y pendiente moderada. (Imagen propia).
Ligeros cambios de pendiente que alternan muros algo suaves con "plateaus" que no llegan a ser del todo llanos. Los saltos allí dependen del trazado de las puertas. (Imagen propia).
Tramo final de la primera mitad (parciales 2-3). La pista traza una amplia S a través del comienzo de bosque. Al fondo se puede apreciar la estructura de un telesilla, pasado el cual estaría la gran curva que da acceso a la segunda mitad. (Imagen propia).
Todavía en pleno sector 2, más cambios de rasante no demasiado pronunciados. (Imagen propia).
Ya cerca de la mitad del recorrido, el que probablemente sea el salto de mayor vuelo del descenso. (Imagen propia).
El "nudo" de caminos. El descenso de competición elude el túnel, rodeándolo por la izquierda y traza una gran curva para iniciar la segunda mitad por detrás del cartel amarillo. A partir de entonces, llegan los tramos de mayores pendientes y más umbríos. (Imagen propia).
Sector 3, segunda mitad ya. El primer muro está algo ladeado hacia la izquierda. (Imagen propia).
Un buen tramo del sector 4. (Imagen propia).
La misma zona vista de abajo hacia arriba. (Imagen propia).
"Vértice" de una gran curva a izquierda que muestra todo el tramo final (sector 5), apuntanto a El Tarter. (Imagen propia).
[1] DEL MOLINO, Sergio: “La España vacía. Un viaje por un país que nunca fue”. Turner. Madrid, 2016.
[2] DEL MOLINO, Sergio: “Lugares fuera de sitio”. Espasa. Barcelona, 2018.

https://x.com/Eurosport_ES/status/2027398461579055170?s=20
