
Para empezar a hablar sobre este asunto me parece necesario que el lector se ponga en situación. Años sesenta o setenta en España. Poca gente esquiaba entonces. Desde luego, muchísima menos que la que actualmente acude a las estaciones alguna vez. En mi colegio éramos muy pocos los practicantes. Algunos habían empezado por ser un deporte emergente, puesto de moda ligado conceptualmente a ambientes sofisticados y a la clase alta occidental. Era el caso de las familias de alto nivel económico. En el mío, con cierto matiz diferencial: nivel económico inferior (dejémoslo en medio-alto) pero afición paterna procedente de sus orígenes rurales próximos a las montañas esquiables de la región. En cualquier caso, procediera nuestra afición de donde procediera (la de una u otra tipología expuesta), cuando hacíamos cualquier tipo de mención con respecto a nuestro deporte, invariablemente terminábamos escuchando algún tipo de comentario jocoso vinculando la práctica del esquí con el sexo. Casi siempre mostrando una evidente ignorancia con respecto al esquí por parte del graciosillo de turno. Pero ahí quedaba, como muestra de una especie de resorte mental automático que, en aquella sociedad de entonces, ligaba la exótica práctica del esquí con la actividad sexual caprichosa.
Durante las décadas siguientes, aquel tipo de bromas no desapareció, y eso a pesar de que ya esquiaba más gente y, por lo tanto, la sociedad en general tenía una referencia menos peregrina de lo que se suponía que era ir a esquiar. Lo que pasaba es que quizás permaneciera cierta inercia del chiste fácil basado en el binomio esquí-sexo, y aquello nutría ciertos ambientes necesitados de cualquier tipo de contenido de humor crudo, sexual, explícito, racista, machista, homófobo, ofensivo, agresivo, soez, irrespetuoso, etc. Atributos que caracterizaban, por ejemplo, los escandalosos ambientes de los vestuarios de los equipos deportivos en aquellas épocas. Aquel ambiente, que tiempo después fue volviendo paulatinamente a cierta normalidad cívica, creo que fue consecuencia de dos factores coincidentes que afectaron a nuestra sociedad coyunturalmente. Uno endógeno y otro exógeno. El primero, el interno, pudiera haber sido el haber llegado al pico máximo de libertinaje expresivo social, tras la explosiva escalada de sentimiento de libertad y escape con respecto a la censura formal e informal sufrida durante la dictadura franquista. El segundo, el importado, provenía de la subcultura de vestuario mostrada y exagerada a través del cine deportivo (y de contextos urbanos determinados, en especial vinculados al sector racial afroamericano; por si hay dudas, recomiento leer la nota correspondiente al final del artículo)[1], caracterizada por la constante retahíla de insultos y duelos lingüísticos ofensivos establecidos entre colegas de un mismo equipo o grupo, incluyendo el meterse con los familiares más cercanos y queridos del interpelado.
Fuera en la primera época o en la segunda, las vinculaciones bromistas del esquí con el sexo siempre acababan siendo las mismas, más o menos. Aparentemente evidentes e ingeniosas desde el punto de vista del emisor (ignorante en materia de esquí), y totalmente simplonas, burdas e incoherentes para el receptor (el esquiador). Quizás los ejemplos más habituales fueran de este tipo:
- «¿Así que dices que te vas a esquiar? Ya, a esquiar…» (mientras quien lo decía ponía cara de lascivo y ejecutaba un repetitivo meneo de caderas, de atrás hacia adelante, manteniendo los brazos semiflexionados como si tuviera agarrados los dos bastones, aunque con las manos bien abiertas). Todo ello, la gesto-forma representada, completamente alejada de cualquier técnica de viraje real.
- Todo tipo de alusiones referidas al vocablo polvo: nieve polvo, echar un polvo, etc.
No pretendo indagar aquí sobre las posibles causas que, con gran frecuencia, han vinculado al esquí con el sexo para gran parte de la sociedad no esquiadora a lo largo de su historia reciente (todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI), pero sí que deseo traer a colación unos cuantos ejemplos de que dicha vinculación ha existido y perdurado a lo largo de ese periodo. Desde un punto de vista más serio, el título de este artículo debería haber sido Esquí y erotismo. Pero ya que la disertación ha partido del humor soez, he optado por colocar un título cómico. Antes de empezar con el repaso, quiero adelantar brevemente las que considero que pueden haber sido algunas de las causas por las que el resto de las sociedades occidentales (la población no esquiadora) interpretara que hubiera una clara relación entre el esquí y el erotismo.
- El esquí germinó como actividad de ocio (deporte, esparcimiento, etc.) a principios del siglo XX en Europa, con gran tirón en el periodo de los locos años veinte, momento de explosión de liberación sexual, femenina, etc. Ya entonces, los sectores sociales más liberados también eran los que más dispuestos se mostraron para la práctica deportiva general y de actividades de aventura y aire libre.
- El esquí se desarrolló asociado a conceptos de evasión, modernidad, velocidad, ruptura de límites, etc.
- Su práctica se caracterizó, desde sus inicios (y a lo largo de toda su existencia contemporánea), por estar totalmente abierta a las mujeres.
- Y, por si fuera poco, la necesidad de alojarse en refugios pequeños y aislados exigía la pernocta de ambos géneros compartiendo espacios, algo que en muy pocas actividades sociales solía ser admitido.
Haber han tenido que haberse dado más causas, pero las anteriores nos sirven como muestra explicativa de partida, vamos pues ya con el anunciado repaso de ejemplos.
Voy a empezar a través de la pintura, citando a varios artistas caracterizados por incorporar la sexualidad y el esquí a su obra. En realidad, el primero de ellos, Ferdinand Hodler, no pintó ninguna escena de esquí (que yo sepa). Hubiera sido difícil, teniendo en cuenta que al vivir en la segunda mitad del siglo XIX y pocos años del XX, lo más probable es que no hubiera conocido su práctica. Sin embargo, en sus primeras fases como artista, caracterizadas por el realismo y mucho paisajismo, las montañas, muchas veces nevadas, las escenas de alpinismo, el despeñarse o las avalanchas fueron frecuentes motivos en su obra. Nada de extrañar, teniendo en cuenta su nacionalidad helvética.
"Montaña Eiger". (Imagen: reprodart.com)
"Ascenso I". (Imagen: reprodart.com).
Pero también pintó desnudos. Algunos ligeramente eróticos, otros, según las fases evolutivas de su arte, crudamente representativos del deterioro humano por diferentes posibles causas.
Estudio para el cuadro "Die Liebe". (Imagen: reprodart.com).
"La noche". (Imagen: Wikipedia).
Al magnífico pintor sueco Anders Zorn ya le dediqué un artículo en este blog (enlace). En él explicaba su gran apego al esquí (lógicamente al nórdico, teniendo en cuenta que él era sueco y que vivió entre 1860 y 1920) y comenté de pasada que el nudismo (algo que toda su familia practicaba con naturalidad) fue objeto frecuente de su trabajo. Un nudismo (el pintado) preferentemente femenino y bastante diverso: natural, sensual e incluso explícito. De todas formas, en este segundo ejemplo tampoco parecen reunirse los temas esquí y sexo en ninguna de sus obras.
"Sovande model". (Imagen: artnet.com).
"Girls from Dalarna in the sauna". (Imagen: Wikipedia).
Volveremos pronto a la pintura, pero antes se hace necesario un paréntesis para hablar sobre algo que ya anticipé. El papel de la mujer europea durante la época de entreguerras (las dos Mundiales). ¿El de todas las mujeres? ¡No! evidentemente. El de algunas, las pudientes, las de alta sociedad, o el de todas aquellas con las mínimas posibilidades (por juventud, ubicación geográfica, carácter, educación, etc.) para adherirse a la corriente de liberación que impregnaba gran parte del territorio centroeuropeo. Hablamos del Berlín cabaretero, de la Viena del psicoanálisis y la vanguardia artística. De otros muchos lugares y… muy especialmente ¡de París! En el apogeo artístico, cultural, literario, escenográfico, juerguista, también (ya) lisérgico, etc. el papel de la mujer (en el fondo, como en todas las épocas de la humanidad) también fue activo. Entonces, muy activo. La mujer iba y venía, conducía, creaba artísticamente, hacía el amor… y esquiaba. Y como ejemplo de ello voy a poner el de una gran desconocida: Helle Nice. A esta francesa se la conoce muy poco porque, a partir del final de la II Guerra Mundial, hubo bastante gente empeñada en hacerla desaparecer de la historia. Tampoco su actitud de entonces ayudó mucho a que su fama se conservara. Pero antes… ¡Uy antes! fue modelo para fotógrafos; después una vedette de variedades que alcanzó gran fama e hizo el dinero suficiente como para comprarse un yate, un Hispano-Suiza, muchos cuadros de artistas emergentes y un piso de lujo en París. A Helle (o Hélène, o de algunas otras variantes) le gustaba el montañismo, y ascendió el Mont Blanc. Y tiraba fotos con una Leica, y hacía el amor con mucha gente. Con muchos hombres y con alguna mujer, y no siempre de uno en uno. Y esquiaba, le encantaba esquiar. Y todo le iba estupendamente hasta que se pegó un trompazo esquiando que le dejó una rodilla tocada, obligándola a dar por finalizada su carrera artística. Pero se reinventó convirtiéndose en piloto de carreras. Conduciendo primero Bugattis, batiendo récords de velocidad, recorriendo circuitos internacionales, el Rally de Montecarlo, etc. En definitiva, todo un ejemplo de mujer liberada en múltiples facetas, como las dos que aquí nos ocupan: el esquí y, en su caso, la promiscuidad. No cuento más, si alguien quisiera saber más sobre su vida… que me pregunte, porque fuentes de información sobre ella no hay muchas.
Helle Nice en uno de sus posados antes de triunfar verdaderamente como Vedette. (Imagen: Wikipedia).
Helle Nice enamorando a las cámaras encaramada a un Bugatti antes o después de una de sus carreras automovilísticas, cuando ya triunfaba como piloto. (Imagen: noticias.coches.com).
«Hélène trazó su propio camino de triunfos en los Alpes. Practicando bobsleigh y esquiando durante los inviernos, pasaba parte de cada verano con Kléber Balmat, uno de los mejores esquiadores franceses, escalando l’Aiguille Verte, le Greppon Blanc y el Mont Blanc. En 1925, manifestaba satisfacción por haber escalado el Mont Blanc de nuevo, y por la ruta más peligrosa; fotografiada al final de la ascensión, sonreía a la cámara, radiante por el placer de un logro conseguido».[2]
Mont Blanc 1925. Siento la pobre calidad de la imagen. (Imagen: libro de M. Seymour).
Otra mujer de su época, también asidua a algunos de los escenarios habitados por la anterior, pero mucho más conocida, fue la pintora Tamara de Lempicka. Su obra alcanzó fama y prestigio con ella en vida. Luego perdió algo de valor por parte de la crítica y los expertos, pero actualmente ha recobrado reconocimiento. A mí, sus cuadros (la mayoría retratos) me gustan mucho. Suelen encasillarse dentro de lo que viene a denominarse art-decó, pero en versión de pintura. Tamara viene a cuento aquí por varias razones. Para empezar, porque con su trabajo exhibió lo que era una realidad circundante en su entorno:
«Pero es sobre todo una de las artistas que en el siglo XX contribuyó a modelar la imagen de la mujer moderna, casi siempre retratada con la melena cortada a la altura del mentón y en su caso vestida de raso, luciendo atuendo de esquí, conduciendo un Bugatti o como Dios la trajo al mundo, pues algunas de sus obras más significativas son precisamente desnudos». (Mª Ángeles Cabré).
«En las pinturas de Tamara, las mujeres son bellas, exitosas y a cargo de sus propias vidas. Ellas están poseyendo su feminidad, sexualidad, belleza y poder». (Marisa de Lempicka, nieta de la pintora).
Aunque nunca tuvo un Bugatti, se retrató a sí misma conduciendo uno. Era muy fiestera, y muy activa sexualmente, con preferencia por las mujeres, con las que mantuvo sus romances más apasionados y duraderos. No sé si esquiaba o no, pero el esquí (como el Bugatti) fue tema de uno de sus cuadros más famosos, porque el esquí (y sus destinos) representaban modernidad, libertad, placer, lujo, sofisticación y, probablemente, sexo. El cuadro se titula St. Moritz y fue pintado en 1929. Por lo visto, acudía al lugar de vez en cuando con una de sus amantes: Ira Perrot.
Cuatro desnudos. (Imagen: historia.arte.com).
La bella Rafaela. Cuentan los biógrafos de Tamara de Lempicka que la pintora se enamoró de esta mujer al cruzársela en la calle, que consiguió seducirla y la tomó como modelo para varios de sus cuadros. (Imagen: posterloungue.es).
St. Moritz. (Imagen: posterloungue.es).
A Alfons Walde le dediqué un artículo en el blog (enlace). Podemos considerarlo como El pintor del esquí alpino, pues hizo méritos sobrados para ello. Le apasionaban los Alpes austríacos y, especialmente, esquiar. Ya incluí entonces un par de muestras de obras suyas en las que los desnudos femeninos se presentaban integrados dentro de un entorno de nieve, esquí y refugio alpino. La combinación quedaba tan evidente que no hacía falta dar más explicaciones al respecto. Lo que he descubierto posteriormente es que el pintor también era aficionado a la fotografía, y han quedado ejemplares de sus archivos en los que pueden verse desnudos femeninos posando en situaciones que después utilizaba para algunos de sus cuadros. En ellos también encontramos integrados el esquí (o la nieve) con la desnudez, en el mismo momento y lugar, algo que no se daba en los artistas anteriormente enumerados, quienes, aunque recurrentes en las dos temáticas, las mantenían separadas.
Fotografía tomada por Alfons Walde. (Imagen: kulturmischmasch.com).
Otra imagen fotográfica tomada por Walde. (Imagen: kulturmischmasch.com).
Pero lo mismo que sus estampas de esquí sugerían un dominio y disfrute muy avanzados de la técnica y el esfuerzo (largas travesías, descensos en nieve virgen, etc.) por parte de quienes allí quisieran además desnudarse, con el tiempo han ido apareciendo borradores de dibujos que podríamos calificar como de pornográficos, mostrando explícitamente penetraciones, felaciones, escenas de dominación, etc. heterosexuales, ajenas al mundo de la nieve. Las imágenes son tan explícitas, que no me he atrevido a insertar ningún ejemplo de ellas en una página web como esta, apta para todos los públicos, así que, para los más curiosos o voyeristas, aquí os dejo el enlace (contenido XX). (Enlace externo).
Lo de Walde no deberíamos tomarlo como el caso aislado de un salido aficionado a los Alpes y al esquí. El principal director de cine alpino, montañero y esquiador de la historia, el alemán Arnold Fanck, incluyó escenas de romance de refugio alpino en la mayor parte de sus películas. No eran explícitas ni incluían desnudos porque entonces, aquello (a excepción de Hedy Lamarr, antes de que se llamara así) difícilmente era algo admisible en el cine comercial de salas convencionales. Pero la combinación montaña, esquí, nieve y romance quedaba más que sugerida. Y estamos hablando de un cine elaborado para el gran público, no estrictamente pensado para circuitos restringidos de aficionados al esquí. Fanck hizo de la temática montañera lo que John Ford y tantos otros hicieron del western en los EEUU. Lo mismo que su pupilo Luis Trenker y algunos directores más en sucesivas películas en las que, por cierto, la presencia femenina en pistas o esquiando por fuera de ellas, individual o colectivamente, se presentaba como algo perfectamente natural (acordarse de una de la película 12 chicas y un hombre, protagonizada por Toni Sailer). Para un repaso del asunto: (enlace).
Ya antes de todo ello, a finales de la década de los locos años veinte, en concreto en 1928, en medio del documental oficial de los JJOO de invierno de St. Moritz, entre el minuto 15:00 y el 16:28, surge una escena que nos puede resultar llamativa por el prejuicio de creer que pudiera resultar escandalosa para la época. Y es que, con frecuencia, tendemos a pensar que lo presente siempre es más avanzado y tolerante que lo pasado, algo que no siempre es cierto, ni mucho menos (tal y como actualmente podemos comprobar con cierta frecuencia). El caso es que entonces ¡en una película oficial del COI! aparece una pareja practicando esquí de montaña (natural, original, no competitivo; interpretación deportiva que ahora mismo está fuera del interés del COI) en paños menores. Más que un significado erótico o sexual, personalmente tengo la impresión de que sugiere una aproximación a un concepto de acercamiento a la naturaleza más silvestre, probablemente relacionado con las tendencias naturistas, nudistas, etc. algo que ya he comentado que practicaba el pintor Anders Zorn. Como después de haber insertado un enlace al documental, he visto que ahora pone algunas trabas a través de las páginas web del COI, dejo aquí otro más accesible (enlace externo).
Lo del nudismo y el esquí vuelve a aparecer en más ocasiones en la primera mitad del siglo XX. Por ejemplo, en Suecia, el fotógrafo Karl-Gustaf Kristoffersson (quien fuera, sucesivamente, fotógrafo de guerra, de prestigiosas personalidades y del director de cine Ingmar Bergman), entre sus múltiples trabajos ubicados en entorno nevado y con práctica esquiadora, incluye varias instantáneas con semidesnudos.
Varias fotografías realizadas por KG Kristoffersson. (Imagen: montaje propio a partir de ejemplares de alamy.com).
Mientras tanto, en Italia había un hombre que lo hacía todo, había un hombre que lo hacía todo en Italia: proyectar edificios y coches, pilotar aviones, escribir novelas, diseñar muebles… esquiar mucho y tomar fotos. Esquiaba con pasión, publicó un libro de referencia sobre la técnica del esquí alpino, patentó un modelo de fijaciones y disparó miles de fotos. Imágenes técnicas sobre diferentes asuntos y proyectos y, paralelamente, en su ámbito privado, de mujeres desnudas a lo largo de las décadas de los cincuenta, sesenta y principios de los setenta. Hasta 1962, hechas con una Leica y de estilo más clásico. Pero, a partir de aquel año, con una Polaroid y con un ramalazo claramente erótico o incluso pornográfico. ¿Su nombre? Carlo Mollino (enlace).
Fotografías de la última etapa de CM. (Imagen: montaje propio a partir de fotografías de CM procedentes de desperate-living.com).
En otros reportajes también me he referido a evoluciones pasadas de la indumentaria del esquí, cada vez más marcadas por los intereses de la moda. A mediados del siglo XX, los principales fabricantes y diseñadores fueron incorporando nuevos tejidos, cortes y diseños buscando una mayor practicidad y eficiencia en los atuendos. Pero ¿únicamente eso? Tengo claro que no. A juzgar por los derroteros tomados por sus propuestas, la imagen desprendida por los usuarios (mujeres y hombres) se convirtió en un asunto tanto o más importante. Era necesario que la ropa destilara imagen de modernidad, lujo, distinción, audacia, espíritu deportivo y… atracción erótica. Las prendas se fueron ajustando para marcar las figuras humanas. Proliferaron los tejidos elásticos que permitieran ceñirse lo más posible a los cuerpos.
Un ejemplo de peto elástico ajustado, de 1960 (aunque habían aparecido algo antes), vestido por una modelo para posar. (Imagen: A Peterson/TT News Agency/Alamy en luxurylondon.co.uk).
Otro ejemplo, también de 1960 aproximadamente. En este caso la modelo era Sandra Heath y la prenda de la marca Bogner. Se trata de un mono elástico, y el posado parece plantear una posturita peculiar. La composición, entre el escorzo femenino y su encuadre ante la erguida estampa del Matterhorn, puede que diera mucho juego bajo una interpetación freudiana. (Imagen: VT ski museum en vtskiandride.com).
«Sandra Heath de Stowe fue modelo para Bogner durante los cincuenta y sesenta y viajó alrededor del mundo apareciendo en shows de moda y películas de esquí. Coleccionó la mejor ropa de esquí de aquel periodo y más tarde produjo shows de moda llamados “Vintage Visions”». (Greg Morrill, traducción propia).
En régimen de anecdotario, con la mayor parte de las mozas vistiendo pantalones ajustados en pleno franquismo, me contaba Lucía Mata que, allá por los años cuarenta (creo que las cuentas no las debía de llevar bien y serían los cincuenta o sesenta), a algún que otro pistero de Alto Campoo (de carácter rudo, con escasa formación y pobre educación) se le iba la mano aprovechando el momento de ayudar a las chicas guapas a coger la percha del telesquí, y les propinaba un azote en el trasero. Nada justificable, desde luego, aunque ella misma me lo contara con cierta picardía, de vuelta de todo (a sus 90 años), y contextualizando todo el asunto.
Continuando con la temática, ya en plena década de los sesenta, podemos citar al escritor James Salter, sobre quien ya escribí en dos ocasiones en este blog (enlace). Salter fue el guionista de la película El descenso de la muerte (1969), en la que Robert Redford interpretaba a un corredor de descenso del equipo estadounidense que se lía con una atractiva mujer (que conduce un Porsche 911), con la que mantiene una relación (fundamentalmente sexual) a lo largo de la temporada invernal en diferentes sedes del circuito de competiciones. En el protagonista se solapan las que parecen ser sus dos únicas motivaciones vitales: el sexo y el esquí de alta velocidad. El guion de Salter guarda alguna relación con una exitosa novela que el escritor había publicado dos años antes (1967), titulada Juego y distracción, y que quedó enmarcada directamente dentro del género de narrativa erótica. En ella no hay esquí. Trata de un joven que mantiene una relación (también fundamentalmente sexual) con una chica de la que no está enamorado, pero con la que disfruta acostándose. Apenas aparecen otros personajes secundarios (el que más, un amigo que actúa de eventual narrador), pero lo que sí que adquiere cierta importancia es un atractivo coche: un Delage, aunque ahora ya no recuerdo el modelo.
Delage D8 120. (Imagen: eventosmotor.com).
Otro Delage pero en una versión que fue edición muy limitada. (Imagen: Wouter Melissen en espirituracer.com).
Fotograma de la película “Downhill racer”, en el que Robert Redfort saluda a la propietaria del Porsche mientras una periodista trata de abordarlo. (Imagen: banfstyle.com).
Saltamos el charco porque anécdotas relativas a la ligazón entre el esquí y el sexo también abundan en la escena norteamericana. En Vail, la patrulla de pisteros mantenía una cabaña en las proximidades de Riva Glade a la que llamaban Tuck’em Inn, y que ejercía de picadero. Equipada con alfombras, una cama con cabecera de latón, colchón tamaño reina, sábanas de satén, un farol, fonógrafo de pilas y un barril de cerveza, daba servicio a sus usuarios para invitar a sus novias, ligues o aspirantes a cualquiera de esos dos escalafones. El garito duró hasta que la empresa gestora del resort supo de su existencia y localización. Entre sus promotores figuraron unos tales Dickie “Pete” Peterson, Sandy Hinmon, Dick Dennison, Paul “Weed” Testwuide y otros.
En Aspen, el jolgorio y el desenfreno alcanzaron tal fama en la época en que se instalaron allí los freaks como Hunter S. Thompson y demás, que el lugar fue poco después destino habitual para las estrellas de Hollywood y, como frecuente consecuencia posterior, para el público general al considerarlo como una Meca del lujo, famoseo y, con suerte, ligoteo.
John Denver aparece aquí como mero ejemplo de la escena cultural y musical de la época contracultural de Aspen. Hubo grupos y cantantes bastante más disruptivos que él, pero lo he seleccionado aquí porque lo he encontrado esquiando, y porque adoro sus canciones, así que es una especie de homenaje. (Imagen: Aspen Historical Society aspensojo.com).
Hasta la revista Play Boy (mejor dicho, la empresa que había detrás de ella) intentó sacar partido al supuesto vínculo (imaginado, soñado o deseado por el público) entre el esquí y el sexo. Tal y como nos cuentan un par de artículos de Nevasport: (enlace A) y (enlace B).
«Pues bien, el fundador y "alma máter" de PLAYBOY, Hugh Hefner...era un gran amante de nuestro querido deporte, y en su época de apogeo, no era raro verle lucir palmito en Aspen (Colorado). Su amor por el esquí también se trasladó a la revista en papel y sus playmates, incluyendo fotos e incluso portadas con motivos que aludían claramente al mundo de la nieve». (Ski The East).
En 1968 inauguró el Playboy Club de Lake Geneva en Wisconsin, un resort polideportivo y de entretenimiento lujoso que incluía una pequeña estación de esquí entre sus servicios. La cosa no quedó ahí, pues lo intentó con un segundo emplazamiento cerca de Mountain Creek: The Great Gorge Club Hotel.
Publicidad del Playboy Lake Geneva Club. (Imagen: reddit.com).
Fotografía de promoción durante las obras de las instalaciones. (Imagen: visitlakegeneva.com).
Tarjeta postal de The Great Gorge Club Hotel. (imagen: ebay.ca).
Y en 1971, tal y como ya expliqué en la segunda entrega de cine (enlace), Dick Barrymore, según él, inventó el primer concurso (femenino) de camisetas mojadas ¿Dónde? ¿cómo no? en una estación de esquí: Sun Valley. Ese tipo de concursos proliferó por toda clase de lugares en los que se pretendiera organizar una juerga subida de tono, con mucho descontrol y consumo de… preferentemente alcohol por vía formal, y vaya a saber usted qué por los conductos informales de la situación. Como mucho (no todo) de lo que viene mostrando este artículo, plantean una perspectiva claramente machista, situando a las participantes en una posición de símbolo de atracción, basándose en la valoración de un par de atributos corporales de género biológico. No entraremos aquí en cuestionarnos las motivaciones que algunas mujeres tienen para participar en tales eventos, en cuanto a las de los hombres, parecen bastante claras y primarias.
En mi artículo sobre cine inserté una imagen de un cartel anunciando el concurso de camisetas de Barrymore. Esta foto es la única que he encontrado del primer evento. (Imagen: dickbarrymore.com).
Casi simultáneamente, en Europa, en este caso en un ámbito mucho más serio y riguroso como es el de los manuales técnicos de esquí, el prestigioso instructor-autor Georges Joubert (enlace), publicaba su ¡sexto! manual sobre la técnica del esquí alpino[3]. En él, justo detrás del prefacio y el preámbulo, y antes de entrar en materia en el primer capítulo, insertaba una foto-secuencia de Annie Famose ejecutando un viraje en bikini. Aunque la imagen en sí, a los ojos actuales, no habría por qué considerarla como sexual o erótica, una reflexión algo más profunda pudiera sugerirnos cierta intención oculta. Vamos con ello: primero, la imagen está ubicada fuera del texto técnico y es la primera de todas, así que sugiere cierto efecto reclamo; segundo, se trataba de 1971 en Europa, cuando un bikini todavía era algo atrevido, y más, fuera del entorno de playa o piscina; tercero, inmediatamente después de esa imagen, en las páginas siguientes, antes de que el manual empiece a desarrollarse, aparecen otras dos secuencias vistosas, pero son de hombres y completamente vestidos, el efecto de contraste es evidente; cuarto, avanzado el manual, sí que vuelven a aparecer secuencias fotografiadas en paños menores, pero ya no son más mujeres sino un hombre en bañador (varias veces), lo que quizás fue reclamo (en ella), pasa a ser alarde y guiño de aventura y paraíso en él. Personalmente creo que lo de mostrar bañadores esquiando (de mujer u hombre) era premeditado. Puede que buscase una sugestión de aventura paradisíaca en las montañas. Una mezcla de aventura, velocidad, modernidad y libertad (de acción, de relaciones, etc.). Si atendemos a las biografías de algunas de las mujeres mencionadas en este texto, así como a las de muchas de sus contemporáneas en la década de los años 20 del siglo XX en Europa, ya he explicado que podemos deducir que el ambiente de entonces se caracterizaba por un gran nivel de liberación de las mujeres y una consideración del sexo como algo divertido y bastante abierto. Mucha gente piensa que el camino hacia la igualdad o la liberación de las mujeres siempre ha sido creciente, algo que considero erróneo. En Europa, cuando se empezó a precocinar la II Guerra mundial, durante la misma y, especialmente, en su posguerra, la sociedad experimentó un evidente retroceso en tales asuntos. A pesar de ciertos matices y pequeñas diferencias contextuales, es algo que ocurrió en toda Europa: en sociedades vencedoras y vencidas; en los países capitalistas y en los socialistas; en las dictaduras, los totalitarismos y en las democracias. Por el contrario, la participación de la mujer en la práctica del esquí, desde un punto de vista histórico, siempre estuvo abierta. Hay cientos de ejemplos antes de la gran guerra (la primera), y siguió habiéndolos después. Por todo ello, esta imagen, la de la chica del manual, puede estar desempeñando cierta doble función subliminal: la recuperación de felices épocas anteriores para la mujer (a través del esquí), y la de invitación hacia una nueva era de aventura y libertad (también a través del esquí). Todo son conjeturas, pero es que la imagen parece estar queriéndonos decir algo.
Por su parte, el pie de foto reza lo siguiente: «ANNIE FAMOSE, UN MODELO QUE MERECE GRAN ATENCIÓN. Campeona del Mundo en Portillo, varias veces campeona del mundo universitaria, Annie Famose participó desde la edad de 13 años en los entrenos en glaciar en Grenoble Université Club. Es hoy campeona, pero también profesora de educación física y deportiva diplomada. Su encantadora anatomía y su gran técnica la convierten en un modelo excelente». (G. Joubert).
El texto, además de promocionar al mencionado club, sugiere que la práctica del esquí favorece la consecución de un cuerpo atractivo (en este caso femenino). Asegura también que su cuerpo se erige en modelo excelente, tanto por su «encantadora anatomía», como por su «gran técnica». Sin embargo, el autor, tal vez por pudor, no lo vuelve a utilizar (ese cuerpo femenino tan vistoso) en todo el libro. Creo que ni él, ni nadie todavía, se hubiera atrevido (nos atreveríamos) a utilizarlo del todo como modelo técnico, pese a la idoneidad que tanto él como yo hemos sabido ver. Me explico. Cuando observen la secuencia, fíjense ustedes en el escote de la esquiadora. No indagando en lo erótico, sino en lo puramente dinámico-anatómico. En la primera posición los pechos están más bajos porque el cuerpo está terminando de descender, amortiguando el peso ante una toma de cantos. En la segunda parecen encontrase en algún punto de rebote, coincidiendo ya casi, con (y esto es ¡muy importante! para comprender la técnica) el aligeramiento del peso para el viraje. Finalmente, en la tercera foto, los pechos están elevados, porque creo que se ha sobrepasado el punto máximo de aligeramiento, por lo que el cuerpo ya ha iniciado su descenso, mientras que los pechos, que serán los últimos en hacerlo, todavía no se han incorporado a él. Sin comerlo ni beberlo, al haber insertado una secuencia en bikini, el autor quizás descubriera un elemento anatómico bastante útil para explicar las técnicas de manejo del peso al esquiar, pero tal vez, al intentar describirlas haciendo que los lectores se fijasen en ese detalle, decidiera no meterse en jardines que pudieran malinterpretarse. Hay dejo la foto para que juzguen ustedes.
Annie Famose como modelo «anatómico-técnico». (Imagen: Georges Joubert en “El esquí. Cómo aprender uno mismo a esquiar”.
Ya en la década de los ochenta, pero volviendo a los EEUU, se estrenó la película de temática esquiadora Hot Dog (1984). Desde el punto de vista del esquí, su gancho (ya lo expliqué en la entrada III dedicada al cine: enlace) era la irrupción de las modalidades alternativas del esquí alpino enmarcadas en aquella denominación hot dog: esquí de baches, saltos acrobáticos y ballet con las tablas de esquí puestas. Pero hubo otro tipo de reclamos. La película, en clave de comedia desenfada y poco original, se inclinaba hacia lo que en la España de entonces llamábamos verde, picante, subido de tono, etc. y su director a lo que recurrió para darle esa coloración fue a un par de recursos: las situaciones picantes fáciles (y con poca gracia) y lo que en la España de los setenta y del primer tramo de la Transición se denominó destape, que consistía en que las mujeres enseñaran en algunos momentos de las películas su desnudez completa (en muy contadas ocasiones) o parcial, es decir, sus pechos (en la mayoría). Y eso mismo es lo que puede verse en la película americana, lo cual, actualmente, no tiene la menor importancia. Sin embargo, lo que sí la tiene es que el filme decidiera establecer una fuerte, directa y explícita conexión entre el esquí y el sexo, sugiriendo que un resort invernal era un excelente destino para satisfacer los impulsos sexuales.
Fotograma de la película a punto de perpetrarse un destape. (Imagen: synapsefilms.com).
Volviendo a Europa, y cambiando de banda hacia la literatura, nada menos que una Premio Nobel también recurrió al tándem sexo-esquí en una de sus novelas. Fue Elfriede Jelinek cuando publicó Deseo en 1989. El libro aborda una relación tóxica entre una mujer casada, infeliz en su matrimonio, y su marido, que la utiliza como objeto sexual, sometiéndola a sus fantasías porque ha dejado de recurrir a prostitutas para ello a causa de su temor al sida. Por otro lado, ella tiene un amante con el que acaba manteniendo otra relación, también insana, mediante la cual él la disfruta sexualmente casi como algo desechable. La autora es Austriaca, y es en su país, a finales del siglo XX, donde sitúa la trama de su libro. Hay por ello visitas a las estaciones de esquí en algunos momentos del relato. El sexo es un tema recurrente en la obra de Jelinek, baste recordar la película La pianista (2001), del director Michael Haneke, basada en la novela del mismo título publicada por Jalinek en 1983. A esta escritora la consideran (y ella misma se considera) una autora feminista, de izquierdas, provocadora y motivada hacia la crítica social del entorno en el que vive, en el cual, según su punto de vista, el sexo es un elemento vertebrador de la sociedad actual, la cual sigue produciendo el sometimiento de muchas personas, y la mujer suele engrosar las filas de los oprimidos. Su biografía atesora mucha controversia de opinión en su país, tanto a favor como en contra de su escritura, así como sobre alguna actuación personal por su parte, que resultó más que polémica (no voy a entrar en ello). En Deseo hay mucho sexo, y en algún caso practicado sobre la misma nieve. El libro me parece muy difícil. Es difícil de traducir; eso es algo que ha asegurado ella. Y difícil de leer; esto es algo que opino yo, aunque no soy el único, pues nada más concedérsele a la escritora el Premio Nobel de literatura, Knut Ahnlund, prestigioso literato y miembro de la Academia Sueca, decidió renunciar a su pertenencia a la misma, motivado por los siguientes razonamientos:
«”El premio Nobel del año pasado no solo ha causado un daño irreparable a todas las fuerzas progresistas, sino que ha confundido la visión general de la literatura como arte”, afirmó en aquel momento, y describió la obra como “una masa de texto sin el menor rastro de estructura artística”, y se preguntó si los académicos habían leído alguno de sus veintitrés libros». (Wikipedia).
Yo sí que he leído Deseo, y reconozco que me fue difícil hacerlo porque me perdía con gran facilidad en esa «masa de texto sin estructura…» (lo de artística o no, no lo corroboro). Al avanzar por sus páginas, lo que me llegaban eran muchas escenas sueltas. Largas o cortas, con flashbacks incrustados entre ellas, y todo provocando impresiones muy cinematográficas. Pero no una única y coherente impresión, sino todo un caleidoscopio de ellas, lo cual me dificultaba mucho centrarme en la trama. No culpo a la autora, quizás la obra resulta excesiva para mi capacidad de entendimiento completo. En todo caso, con mayor o menor número de fisuras y vacíos, llegué a acariciar una comprensión general de la misma, y de la sórdida y alienante historia que narra.
Elfriede Jelinek. (Imagen: medienportal.univie.ac.at).
Portada del libro "Deseo". (Imagen: amazon.es).
Antes de regresar a la literatura para añadir otros ejemplos, planteemos un asunto más próximo a nuestra vida cotidiana… como esquiadores. Me refiero al efecto monitor y el sex-appeal que desprende con su juventud (no siempre), su tipazo atlético (tampoco regla general), su competencia esquiadora y su posición al mando en un entorno que, según su alumnado o la gente de alrededor, puede resultar desde hostil a paradisíaco. Y todo ese cúmulo de atributos, enfundados en un atractivo uniforme. Un pack casi tan irresistible como el de un torero en la plaza. O al menos, todo eso es lo que terceras personas presuponen, y parte de la fama que arrastra su figura. Otra cosa es la realidad, algo que ya quedó comentado en algún momento en alguna conversación forera en Nevasport, donde varios de los aludidos (por gremio) desmontaban el mito. Para empezar, creo no equivocarme al pensar que ese efecto llamada basado en el supuesto sex-appeal del monitor es igualitario, en el sentido de que resulta provocado indistintamente por los monitores varones y por las monitoras. Por otro lado, también pienso que una cosa es la impresión estético-psicológica pasajera que la condición de monitor pueda provocar, y otra bien distinta que eso lleve a algo. Personalmente ejercí de monitor (en plena juventud universitaria) durante tres temporadas, y, haciendo memoria, únicamente alcanzo a recordar una conquista relacionada con aquel rol, y aquella relación, además de fugaz, fue diferida (porque se produjo en verano). Me fue bastante mejor emulando a El Fari, apatrullando la ciudad con mi Vespa Primavera por las noches de bar en bar. Mucho más aleccionadora resultó una anécdota vivida como profesor de instituto, cuando llevé a un nutrido grupo de adolescentes a una semana blanca. Ya el primer día fueron varias las chavalas que cayeron prendadas de los encantos de uno de los monitores que les impartían los cursillos. El impacto duro únicamente dos días. Se vino abajo cuando, durante la segunda cena, el chico en cuestión apareció con vaqueros y camisa de cuadros sirviendo la sopa en el comedor. Resultó que era bajito (algo que apenas se percibe esquiando), rústico en modales y desenvoltura verbal y, sin la máscara ni el gorro, no resultaba guapo. Su estampa y aura sobre la nieve habían desaparecido por completo en el hostal, a mis alumnas se les cayó un mito.
Doy por zanjado el asunto de los monitores. Cada uno de ellos (me refiero al gremio en general) sabrá si la condición de serlo le ha servido o no para ligar. En cuanto al público general (el resto de esquiadores), quizás entre ellas y ellos existan quienes sientan una especial atracción por los y las monitoras, y procuren conseguir sus afectos. Todo ello es lo de menos, lo importante aquí, en este asunto que tenemos entre manos, es que el mito existe y está muy arraigado en algunas mentalidades.
Fragmento de una noticia que informaba de que el Turismo Suizo había organizado un concurso entre los monitores de esquí del país para descubrir potenciales talentos estéticos con el fin de atraer más turismo invernal. (Imagen: swissinfo.ch).
Cada año, en Austria, publican una nueva edición de calendarios con monitores posando semidesnudos. Hay versión femenina y masculina. Este ejemplo es de 2015. (Imagen: Gitta Saxx en arlberginsider.com).
Vuelta a los libros. En 2013, editado por Belle de Neige y escrito por una autora bajo idéntico seudónimo (Belle de Neige), se publicó un libro titulado Belle de Neige: Tales of Catastrophe, Sex and Squalor from the Alpine Underbelly. La autora se definía en él como una chalet girl, es decir, una empleada (temporera) desplazada a una estación de esquí para trabajar preparando alojamientos antes y después de que los fueran disfrutando las diferentes tandas de turistas inquilinos en plena temporada de esquí. Al parecer, se basaba en la experiencia real de una joven británica en Courchevel, donde acudió con una doble intención declarada (y muy común actualmente): la de ganar algo de dinero, intentando compaginar el trabajo con el disfrute de la nieve y de la experiencia en un atractivo destino vacacional. En todo caso, a ello hay que añadir una tercera intención, que no era otra que la de que todo aquello le sirviera como temática para alimentar un blog, que fue lo que posteriormente se convirtió en libro. No lo he podido leer por dos motivos: primero, porque está en inglés y sospecho (después de comprobar el lenguaje que la autora maneja en las entrevistas) que mi nivel en dicho idioma no creo que sea el suficiente para entender los giros, jerga, doble sentido y demás recursos que presumiblemente invadan el texto; y segundo, porque leo en papel, y el precio del libro físico ya ha entrado en la espiral especulativa que las grandes multinacionales de venta aplican en cuanto detectan que una obra está descatalogada o agotada.
Tal y como el título promete, las drogas, el sexo y los desastres durante y después de las juergas parece que abundan en el texto. No adivino el tono del mismo, ni el grado de crudeza empleado por la autora, así como tampoco si es del todo veraz o tiende a exagerar en algunos momentos (lo digo, porque integrar un trabajo sacrificado con la práctica del esquí, un desmadre absolutamente descontrolado y un mínimo de laboriosidad escritora se me antoja un poco excesivo, pero tampoco lo pongo en duda). Pero si dicho tono se acerca al empleado ocasionalmente en sus entrevistas o algunos fragmentos de su blog (que ya no existe) hay situaciones que parecen extraídas de una película porno contemporánea. Tampoco debería extrañarnos del todo, partiendo como parte de una joven británica trasladada a un destino de placer y juerga europeo, si tenemos en cuenta muchas de las situaciones que se producen en algunos destinos nocturno-playeros españoles, cuando los jóvenes bárbaros del norte aterrizan recién salidos de toriles. De ello da buena cuenta Caricias Cantoná con su tema Un guiri voló. De los pocos extractos que me atrevo a plasmar aquí, entresacado de una entrevista a la autora del libro, el siguiente me parece de interés:
«Pero esas no son las historias que la gente quiere oír, así que imagino que es más fácil aceptar la imagen trillada y estereotipada de las estaciones de esquí como una especie de clubs de desmadre para pijos. […]. Como homenaje a mi experiencia, decidí escribir un libro sobre cómo es la vida en una estación de esquí. Allí puedes encontrar anécdotas de sexo, vómito y drogas». (Belle de Neige, traducción propia).
En definitiva, una ácida descripción de la vida de los trabajadores de temporada actuales. Independientemente de cuánto de realidad y ficción pueda haber, o de, quién sabe, quizás cierto abuso en la búsqueda de un gancho a través del morbo, su testimonio podría plantear un importante tema de fondo: el de las condiciones laborales, de vida y de filosofía vital de los trabajadores temporales ligados a los destinos masivos. Pero esa es una cuestión que, pese a su enorme importancia y actualidad, se sale de la temática elegida para este artículo.
Portada de una de las ediciones del libro. (Imagen: amazon.es).
Otra versión del mismo libro. (Imagen: whitelines.com).
Ejemplo de imagen que la autora colgaba en su blog previo. (Imagen: aworldtotravel.com).
En 2024 John Irving publicó su novela El último telesilla. Como ya di cuenta de ambos en el artículo John Irving y el esquí, (enlace) no incidiré sobre ellos. Tan sólo aprovecho para recordar que los asuntos sexuales están muy presentes en la prolífica obra literaria del autor y que, finalmente, en esta última novela, el mundo del esquí se erige como uno de los escenarios claves para su larga trama. Produciéndose, en diferentes estaciones de esquí norteamericanas, varios de los encuentros sexuales narrados.
Y fue precisamente esquiando por los EEUU cuando descubrí cierta costumbre que me dejó algo perplejo:
«Brillantes sujetadores magenta, cuentas metálicas de Mardi Gras en verde, plata y morado. Bragas de encaje negro y ropa interior blanca desaliñada. Visite cualquier estación de esquí en los Estados Unidos y algunas en Canadá, y verá algún árbol decorado con ropa interior colorida, con sus ramas sosteniendo blanca nieve y algo de lencería femenina». (Stacy Lastoe, en Daily Beast, traducción propia).
El origen del hecho entra en los pantanosos terrenos de la leyenda (urbana o montañosa) y, cómo no, le es adjudicado a Aspen, pero allí nadie parece saber nada acerca del origen del asunto. La tradición que Aspen arrastra de lugar proclive al escándalo y la desinhibición obedece a su pasado y, con el tiempo, se ha convertido en un heredado atractivo para sus potenciales visitantes. Así que no debería sorprendernos que este fenómeno también se lo adjudique alguien. Comenzase donde comenzase el asunto (tal vez en más de un lugar), el caso es que el fenómeno existe en los EEUU y Canadá desde hace décadas, y despertó en mí cierta curiosidad. Así que, tras infructuosas preguntas locales en algún resort, me puse a buscar en la red hasta que di con un artículo de la citada periodista, en el que trataba de indagar sobre la cuestión y del que aquí extraigo algunas citas:
«Rafferty [Nathan Rafferty, CEO de Ski Utah] llama a la tradición “un regreso a los viejos tiempos de los vagabundos del esquí”, algo que “estos días necesitamos más en la industria del esquí, no menos”. […].
Seth Masia, presidente de la Skiing Historical Association, expresa sentimientos similares: “Para la generación de los babyboomers, el esquí era una escena realmente bulliciosa. Fue el nacimiento del movimiento freestyle. Eran los primeros días de la revolución sexual. Los primeros días de la píldora”.
Continúa, “La cultura del ligue en los bares fue una parte importante del esquí de fin de semana, y no creo que siga siendo el caso”. […].
Julie Hughes, que vive en Toronto y ha sido competidora y ha esquiado mayormente en clubs privados de esquí durante décadas, piensa que los árboles son un puntazo. Cada año, los clubes de esquí tienen algo llamado Día de las mujeres “un evento borracho e indignante” que incluye la decoración de un árbol con muchos sujetadores, explica Hughes, quien admite que el esquí pasa a segundo plano con respecto a la bebida y el baile, que prevalecen en el Día de las mujeres, en el que las mujeres tradicionalmente guardan en un bolsillo “su sujetador menos favorito” con la intención de añadirlo al árbol de sujetadores de la estación. “Es divertido. El esquí puede ser una cosa muy reprimida”, dice Hughes.
Local de Salt Lake City, Megan Skiles también está de acuerdo con esa forma de pensar. “Para mí, los árboles con sujetadores son expresiones de la subcultura de la vieja escuela y de las ideas que tenía detrás como libertad, inconformismo y, por supuesto, está la escena fiestera” […]. […] es una parte de décadas pasadas, de los días del esquí vagabundo, que se resiste a morir, y aquí estoy yo para ello». (Traducción propia).
Parece que, entre sus entrevistados, dio con varias personas expertas (mujeres y hombres) que se muestran nostálgicas de un pasado del esquí impregnado de más liberalidad comportamental, ahora reprimido por una industria que sigue patrones de economía de escala, grandes regulaciones, normalización, etc. Puede que sea así, aunque, si lo comparamos con lo sugerido por Belle de Neige, quizás es que Lastoe se equivocó a la hora de elegir la muestra a la que se dirigió, y tal vez fueran, simplemente, demasiado mayores.
El artículo finaliza con un comentario de la periodista, sospecho que más irónico que serio, con el que viene a decir que, ya puestos, si se quisiera mantener la costumbre actualizada, por cuestiones de igualdad, los árboles deberían empezar a incorporar calzoncillos u otro tipo de detalles masculinos. Discrepo, a mi lo que me parece es que lo que habría que hacer es erradicar esta costumbre porque afea el entorno natural, y porque me parece una muestra más de invasión del mismo desde las neuras de procedencia urbana. Que dejen a los árboles en paz que para la fiesta y el desenfreno ya tenemos sitios de sobra.
Sujetadores y collares colgando en las ramas de un árbol cercano al telesilla. (Imagen: EyesWideOpen/Getty en thedailybeast.com).
Más en detalle. (Imagen: thesailybeast.com).
Vamos terminando. Cuando escribí el artículo dedicado al Arte en Vail (enlace), descubrí al fotógrafo David Yarrow y quedé fascinado por su trabajo. Entre sus temáticas habituales: coches, bares, naturaleza, animales, western, etc. hay una serie dedicada a resorts de esquí de fama mundial, más derivada esta de cierto prestigio sociocultural que de sus pistas, dominios esquiables, etc. En cada una de sus fotografías, Yarrow trata de contarnos una historia, de animarnos a imaginar lo que hay detrás o alrededor de la estampa. Por eso suele incorporar textos explicativos a sus magníficos trabajos. En la serie dedicada a las estaciones de esquí presenta varias fotos tomadas en Aspen, St. Moritz, Telluride, Big Sky y Vail. Predomina la presencia de top models femeninas, algunos animales salvajes, coches de ensueño, lujo mezclado con gente que podríamos considerar alternativa, etc. Hay mucha intención oculta en todo ello, y la permanente presencia femenina sexy queda plasmada como un ingrediente constante. Cada cual que juegue con su imaginación… Para quien quiera disfrutar de tan magnífico trabajo fotográfico, dejo aquí un par de enlaces:
- (Enlace externo A) En la página personal del artista encontraréis una buena selección de fotografías comentadas relacionadas con destinos de nieve.
- (Enlace externo B). En la página de esta galería se ve otra selección que incluye alguna más, añadidas a varias de las anteriores. Además, si el observador se entretiene recorriendo otros enlaces como Iconic bar scenes, Iconic car scenes, Storytelling, etc. Podrá ir encontrando muchas otras de nieve repartidas por dichos apartados.
Una de las imágenes dedicadas por el artista a St. Moritz. Hay bastantes fotografías de Yarrow sobre resorts de nieve que me gustan mucho más. Por ejemplo, una de un bar de Aspen titulada “Where the Buffalo Roam - Woody Creek tavern” o “Come fly with me” en el aeropuerto de Telluride, pero he elegido esta “St. Moritz” por parecerme la más lujuriosa. (Imagen: David Yarrow en sorrelsky.com, modelo Frida Aasen).
«St. Moritz es famosa por su glamour, su autenticidad, su frivolidad y su búsqueda de emociones fuertes. Es un patio de recreo de Peter Pan que recuerda que la vida es para vivirla. Ningún sector de la estructura de esta comunidad adopta estos valores más que Cresta Run». (David Yarrow, traducción propia).
Desde hace pocos años, una emprendedora estadounidense organiza una especie de festival de esquí (y snowboarding) de varios días de duración, exclusivamente para mujeres: el Boot Tant Fest. Sin entrar aquí y ahora en si un evento de ese tipo es o no sexista (como los clubes sociales solo para hombres, las manifestaciones deportivas exclusivamente femeninas, etc.), lo señalo porque, dentro de un sugerente programa de actividades deportivas, de ocio, consumistas y de juerga, hay una de la que ¿cómo no? se han ido haciendo eco, progresivamente, algunos medios de comunicación del ramo, y que tiene que ver con la exhibición de la desnudez al aire libre: la Naked Tap. Se trata de una ascensión y descenso que las mujeres participantes completan desnudas (a excepción de su calzado, gafas y poco más). Según dónde se celebre cada año el evento, lo hacen con remonte o ascendiendo con pieles. Como expresión tribal juerguista no lo veo mal, pero los riesgos cutáneos debidos a potenciales quemaduras solares, roces del equipo o abrasiones en caso de caída me parecen excesivos. A otros (en ese caso mujeres y hombres) les da por manifestarse desnudos montando en bicicleta. En todo caso, más que una cuestión de erotismo (que quizás surja más en la mente de algunos observadores a través de las redes, que en las propias participantes), sería un ejemplo de nudismo. Una combinación de afirmación colectiva, desinhibición reforzada por el grupo, algo de cachondeo y todos los ingredientes que ustedes (y sobre todo ellas) le quieran añadir.
Grupo de esquiadoras celebrando una Naked Tap. (Imagen: nevasport.com).
Otra estampa vista desde otro ángulo. La censura no es mía. (Imagen: coalitionsnow.com).
En marzo de 2025, Iván M publicaba una noticia relacionada con este tipo de cuestiones en Nevasport. Estaba protagonizada por Chelsea Handler, que es una cómica, actriz, presentadora y productora de cine y televisión. A la tal Chelsea le gusta esquiar y, ocasionalmente, se promociona a sí misma utilizando el esquí como medio. ¿Únicamente el esquí? ¡no! también lo adereza con el picante sexual de sus semidesnudos. En topless para celebrar su 47º cumpleaños, y en bikini al cumplir los 50 años en 2025, también así a los 38… La viralidad (premeditada) provocada por su último video animó a una firma de cosméticos para que lanzara una convocatoria para una esquiada acompañada del máximo número de mujeres posible, para intentar batir el récord (absurdo, como tantos otros récords) de mujeres esquiando en bikini. Los hechos, que me parecen irrelevantes, traen consigo algunas claves que, en el plano de la reflexión sociológica, pública e incluso política, pudieran no serlo tanto. ¿Por qué mezclar esquí y erotismo? (todo este artículo trata precisamente sobre ello); ¿qué representa su seminudismo? ¿una liberación femenina, un reclamo sexual heteronormativo dirigido hacia los hombres? ¿una promoción y/o montetización indirecta, carnal?; y así, casi indefinidamente, podríamos seguir planteando diversas preguntas para catalizar el debate. Seguro que no le importaría porque ella misma procura hacerse visible en debates públicos sobre cuestiones políticas.
Montaje de fotos del día que Ch. Handler publicó un video como parte de la celebración de su 47 cumpleaños. Teniendo en cuenta que, aparte de exhibirse y autopromocionarse, quería enviar un mensaje de rebeldía contra determinadas convenciones sociales y de salud, me pregunto porque se dejó el casco puesto y no posó con la melena al viento. (Imagen: pagesix.com).
Del mismo informante, Iván M (en Nevasport), semanas después nos llegaba la noticia de que una tal Ravena Hanniely se había congelado el trasero (prominente pompis, todo hay que decirlo) mientras se hacía una sesión de fotos en la nieve de la Sierra de Béjar con la intención de alimentar de contenidos sus redes sociales visibles. No es que tenga otras que no se puedan ver, sino que simultanea su actividad de influencer con la de actriz porno. Ignoro si alguna de sus películas pornográficas está rodada o ambientada en la nieve o en entorno esquiador, pero lo dudo. Según la noticia, la mujer pasó demasiado tiempo expuesta en bikini a la intemperie de la nevada montaña, acabando pasándolo mal y con evidentes síntomas de pérdida de sensibilidad en sus nalgas, las cuales, por lo visto, pudieron ser tratadas a tiempo, y siguen estando… digamos… operativas. Qué se le pudo haber perdido a una influencer (de contenidos de tipo estético-personales) en la nieve, creo que es la pregunta que procede en este caso, algo a lo que ella respondía anticipadamente:
«Fui a hacer una sesión de fotos en bikini en la nieve, súper inspirada por algunas influencers gringas, pensando que sería solo una experiencia elegante... […]».
La respuesta me viene de perlas para dar redondez a mi artículo. A lo largo del mismo hemos podido ir comprobando como la desnudez estética (más bien creo que con motivaciones erótico-morbo-provocativas) ha estado presente desde épocas pioneras del esquí moderno (el de ocio, no el puramente etnográfico). Lo ha estado y continúa haciéndolo, lo hemos visto en actrices, quedadas, calendarios promocionales, etc. Siempre desproporcionadamente más enfocado hacia los cuerpos femeninos que hacia los masculinos (constante que me arriesgo a valorar como habitual en cualquier otro ámbito sobre el que la desnudez corporal se aplique). Y si nos remontamos a pintores como Zorn o Walde (este último, recordémoslo, también con algo de trabajo pornográfico y fotográfico), podemos deducir que la cosa no parece haber cambiado tanto. Ni en el hecho de la señalada desproporción, ni en cierta querencia latente hacia la vinculación del nudismo erótico con la nieve y/o el esquí.
Aquí vemos a la brasileña, por La Covatilla, en uno de sus ¿sugerentes, artísticos, místicos…? en cualquier caso arriesgados posados. (Imagen: nevasport.com; procedente de la cuenta oficial ravenahanniely en instagram.com).
Aquí doy por culminado este largo repaso de connotaciones sexuales ligadas al esquí. Creo que ha quedado más que demostrado que el tema da mucho de sí, y podría dar mucho más si alguien le dedicase una búsqueda más exhaustiva y sistemática, algo que, por rigor, aburrimiento, hartazgo y sobrexposición a la excitación, seguramente acabaría desensibilizando al autor y a su público. Lo que en ningún momento he sugerido ha sido la existencia de cierto atributo que la sexualidad y el esquí poseen en grado sumo, aunque lo pongan en funcionamiento de forma independiente entre sí. Me refiero a su poderosa capacidad para generar placer durante su práctica. Un placer intenso, casi podríamos calificar como pleno (según las circunstancias), que tiende a hacer que los practicantes de una u otra actividad no se cansen de perseguirlo. Es algo que creo que Ernest Hemingway (apasionado esquiador y mujeriego) tenía bastante claro:
«Hay dos clases de guías: las que se leen antes y las que se leen después. Las que se leen después suelen ser incomprensibles leyéndolas antes, si los hechos de que trata son lo suficientemente importantes. Así ocurre con los libros sobre el esquí, las relaciones sexuales, la caza de los volátiles y sobre todo otro asunto que sea imposible de revivir sobre el papel o al menos que sea imposible intentar revivir más de una versión sobre el papel de una sola vez, ya que se trata siempre de experiencias personales; hay, pues, siempre un momento en un libro guía en el que el autor tiene que decir: déjelo y no vuelva a leerlo hasta que haya usted esquiado, haya tenido relaciones sexuales, haya disparado contra una perdiz o una codorniz, o haya ido a los toros. Sólo entonces sabrá usted de qué estamos hablando»[4].
[1] Nota: no interpretar esto como un comentario racista porque no lo es. En el fondo, el alarde de este tipo de comportamientos fue elevado a la condición de seña de identidad de subcultura propia en multitud de películas promovidas desde el segmento cinematográfico asociado a la negritud. Hay decenas de filmes que dan muestra de ello, por ejemplo, Los blancos no la saben meter (1992) como muestra deportiva y con cierto carácter cómico, o varias películas (no deportivas, y con pretensiones serias y reivindicativas) del director Spike Lee.
[2] SEYMOUR, Miranda: “The Bugatti Queen”. Pocket Books. London, 2005.
[3] JOUBERT, Georges: “El esquí. Cómo aprender uno mismo a esquiar”. Hispano Europea. Barcelona, 1971.

