Cabañas donde crear

Cabañas donde crear
Con Ana y Jesús, de ruta con esquís entre cabañas pasiegas (Imagen: Chus Aja).
¿Se os ha pasado alguna vez por la cabeza construir una cabaña muy modesta donde poder refugiaros para pensar? Un sitio en las montañas al que ir a esquiar y, de paso, tener tiempo para que surjan nuevas y creativas ideas. No sois los únicos. Varias figuras ilustres en diferentes disciplinas han recurrido a ello para concebir sus grandes logros. Escritores, filósofos, arquitectos, físicos, músicos… de todo ha habido.

Quien más quien menos, amantes de la naturaleza, de las montañas, de la nieve o de los bosques, alguna vez han fantaseado con disponer de un minúsculo refugio propio al que retirarse de vez en cuando para desconectar, para disfrutar de cierta dosis de soledad y para acercarse con plenitud a la naturaleza y, en nuestro caso, a la nieve y al esquí. Y, de paso, porque en tales casos se supone que habría tiempo para todo, para pensar mucho y, tal vez, si las musas acompañaran… crear. Lejos de ser este un anhelo singular, raro, divergente o friki, muchos lo reconocemos como propio, y se pueden encontrar montones de ejemplos de creadores reconocidos que pusieron en práctica dicho deseo. Este artículo trata sobre algunos de ellos. La selección de personajes y cabañas viene marcada por la relación de los primeros con la nieve y el esquí. En la mayoría de los casos muy directa, mientras que en alguno que otro porque se haya incluido a modo de enlace, conexión o relación parcial con el esquí, sin que haya tenido práctica real de dicho deporte, pero mereciendo la pena su inclusión.

Antes de comenzar con este repaso de figuras de importancia, me voy a permitir una breve introducción autobiográfica. Mi primer encuentro con la cabaña real de un creador fue en el verano de 1990. Andaba viajando por el País de Gales en solitario, recorriéndolo al completo en bicicleta con alforjas. Una de corredor convencional con ruedas de ciclo-cross, porque apenas acababan de irrumpir las de BTT en España. En la localidad costera de Laugharne encontré (sin buscarla expresamente) la casa del escritor Dylan Thomas, del que, por cierto, no he leído nada todavía. Tomando un sendero boscoso desde la casa, accedí a una diminuta y coqueta cabaña que Thomas utilizaba como lugar de escritura. Estaba elevada sobre el estuario de desembocadura del río Taf. Un lugar muy sugerente, aunque nada tenga que ver con el esquí. Años después, rebuscando en mi librería habitual, di con un libro-objeto que cautivó de inmediato mi atención: Cabañas para pensar[1]. Es un tomo cuyo contenido (texto e imágenes) comprende lo que fue tratado por una exposición sobre el tema que su título manifiesta. Un compendio de reflexiones e imágenes que aborda el asunto de esa especie de refugios para el pensamiento y la persona en términos generales, para después ir dando cuenta de algunos casos concretos. Varios de ellos, por cierto, están incluidos en este artículo, aunque muchos otros son de cosecha posterior. El libro es bello, interesante y bastante gordo porque su texto se presenta en dos idiomas (español y gallego). Quizás a causa de aquel libro, unido a mi afición a perderme por entornos naturales y dar con cierta frecuencia con rincones idílicos, me surgió la idea de un proyecto consistente en el montaje de lo que denominaba micro paraísos. Cabañas o refugios muy modestos y autosuficientes, enclavados en rincones naturales maravillosos y diseñados de modo diverso, en función de lo que cada localización sugiriese. Pero claro, no soy nada malo pergeñando ideas, pero sí nulo, desmotivado y perezoso en cuestión de poner en marcha negocios o actividades comerciales, así que, como ya sabía de antemano, la idea se quedó en eso… idea. Aquí la retomo, no como proyecto, sino como punto de partida para un repaso retrospectivo de lo que para unas cuantas figuras de la humanidad fue una necesidad.

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La casa de Dylan Thomas en Gales. (Imagen propia).

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Interior del estudio-cabaña de Dylan Thomas. Los reflejos se deben a que tuve que fotografiarlo a través del cristal de la ventana de la puerta. (Imagen propia).

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Vista del estuario desde la cabaña, en bajamar. (Imagen propia).

Noruegos.

De entre los numerosos aspectos que aderezan la cultura noruega, que son muchos más, hay tres que tengo muy claros y que me gustan mucho: su relación con la madera (corte, mantenimiento, utilización, almacenamiento, hachas, motosierras…), el esquí (origen, práctica actual…) y las cabañas. Las tres, por cierto, bastante compartidas con otros países nórdicos. Lo de las cabañas es una especie de necesidad, afán, tradición, etc. cultural por allí. Viva donde viva cada cual, son miles o millones los que disponen de una cabaña de esparcimiento en el bosque, junto al lago, en una isla o en la montaña. Un lugar al que, con cierta frecuencia, acercarse en solitario, con amistades o en familia a la vida en plena naturaleza, la cual, en aquel país, se ha mantenido vigente para la mayoría de la población hasta hace relativamente poco tiempo. Así pues, vamos a comenzar nuestro repaso de cabañas propias con un par de noruegos.

Knut Hamsun fue un escritor noruego vinculado al esquí, entre otras cosas, por haber sido una de las pocas voces que se atrevieron a criticar la expedición a Groenlandia llevada a cabo por el héroe nacional Fridtjof Nansen. En su ensayo Meditations on Nansen arremetía contra lo que consideraba un síntoma de sensacionalismo moderno. No quiero ni pensar lo que pasaría ahora por su mente si levantara la cabeza y echara un vistazo al conjunto de redes sociales expositivas y autopromocionales. Pese a ello, a través de sus novelas y ensayos encontramos a un Hamsun profundamente conectado con la naturaleza, los paisajes invernales y la vida tradicional del paisanaje, en la cual el esquí, de forma evidente, simbolizaba rotundamente la identidad noruega. Tal apego a lo natural ha sido calificado por algunos como casi espiritual o incluso místico. Su obra más conocida, en esta línea, es La bendición de la tierra (1917, Premio Nobel). Aunque en la novela no se describe práctica esquiadora alguna, se menciona la existencia de esquís, probablemente dando por hecho o sobreentendiendo su utilización como algo cotidiano en invierno. 

Su obra escrita fue reconocida como de gran inspiración por parte de autores tan prestigiosos como Thomas Mann, Hermann Hesse, Stefan Zweig o Franz Kafka. De su anteriormente mencionado libro se produjo una película (disponible en youtube) titulada Markens grøde, en 1921, en la cual sí que aparece gente con esquís. Por su simpatía y apoyo a la ocupación alemana durante la II Guerra Mundial, Hamsun acabó juzgado y sentenciado por traición, e internado en un psiquiátrico debido a su avanzada edad y algunas particularidades de su carácter. Su trato con, y admiración por, Hitler y Goebbels se fundamentaba, en gran medida, en una marcada anglofobia.

En 1891 compró Nørholm, una vieja casa señorial en la costa sur de Noruega, entre Lillesand y Grimstad. Renovó la residencia principal, levantó edificios de explotación agraria y cultivó terrenos. También construyó su cabaña de poeta, a corta distancia de la granja. Allí pudo escribir tranquilo y concentrado, aunque alternaba sus estancias literarias con frecuentes viajes, igualmente inspiradores. La cabaña, de tablas de madera lacada, de planta rectangular alargada, con varias ventanas y chimenea, se erige en medio de un bosque de ladera, bastante cerca de la orilla costera.

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La cabaña de Hansun específicada en la citada exposición. Aspecto probablemente original al tratarse de una fotografía de archivo antiguo. (Imagen: gbm.no).

 

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La misma cabaña en épocas muy porteriores, con el arbolado más crecido alrededor. (Imagen: exposición "Cabañas para pensar").

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Pero hemos sabido que el autor noruego escribió en otros muchos lugares, por ejemplo en esta otra cabaña en Sollia. (Imagen: fishspot.no).

 

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Interior actual de la la cabaña de Sollia. Por lo visto se alquila, de ahí que ese mueble blanco parezca un poco fuera de época. (Imagen: fishspot.no).

 

Probablemente más conocido para el público en general sea el compositor musical Edvard Grieg, también noruego. No he dado con ninguna evidencia de que Grieg practicara el esquí. Pero sí de que mantenía cierta relación social con Fridtjof Nansen. A pesar de que la principal musa artística e interprete de muchas de las obras de Grieg fuera su esposa Nina Hagerup, Grieg mantuvo estrecha relación profesional y de amistad con Eva Nansen, mezzosoprano profesional, competente esquiadora y esposa del explorador. Ambos matrimonios formaban parte del círculo intelectual de Cristiania (Oslo), y Eva organizaba veladas musicales en su salón. Eva, además, interpretó oficialmente varias obras de Grieg.

Nacido en Bergen, pianista y compositor, Grieg adaptó muchos temas procedentes del folclore nacional buscando fortalecer culturalmente la identidad noruega, a pesar de proceder de una rama familiar escocesa. Muchas de sus obras las compuso en una cabaña erigida en la orilla del Lago Nordás, situado a unos 7km, aproximadamente, al sur de Bergen. La encargó construir en 1891. La necesitaba para trabajar porque era una persona de fácil distracción. Acudía a ella a diario y, cuando daba por finalizaba la jornada, dejaba una nota escrita encima de la mesa:

«Si alguien irrumpiese aquí, por favor no toque el material musical. Sólo tiene valor para Edvard Grieg». (E. Grieg).

La cabaña es muy pequeña, de planta casi cuadrada, con una puerta y una amplia ventana en el lado opuesto. Hecha de tablas, por el exterior está pintada en un rojo oxidado y presenta algunos detalles decorativos en el tejado. Por dentro, la madera se muestra al natural. El interior conserva una antigua chaise longue, una butaca de juncos, un piano de pared y una estufa tipo chubesqui. A la cabaña se accede bajando por un camino en cuesta. Está rodeada de bosque, pero su ventana ofrece una bella vista del lago, el cual queda a pocos metros de distancia de la cabaña.

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Primer plano de la cabaña que utilizaba Grieg para componer. Se aprecian algunos remates decorativos en el tejado. (Imagen: richedwardsimagery.wordpress.com).

 

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Estratégica ubicación de la cabaña de Grieg. Un sendero desciende desde la casa a su espacio de trabajo. (Imagen: therestisnoise.com).

 

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Interior del estudio de Grieg con el mobiliario ya descrito. (Imagen: therestisnoise.com).

 

Otras mentes europeas.

Pero el recurso de la cabaña no es exclusivo de la cultura escandinava, ni mucho menos. Encontramos casos a lo largo de todo el planeta y diferentes épocas de su historia. Casi por proximidad geográfica, y apuntando hacia la filosofía, vamos a continuar con un par de pensadores europeos de gran calado y profundidad.

Ludwing Wittgenstein fue un reconocido filósofo, lingüista y matemático austríaco de origen familiar de gran riqueza, que posteriormente se nacionalizó británico. Teorizó mucho sobre la filosofía y el lenguaje. Su familia recibía visitas frecuentes de artistas como Gustav Mahler (otro asiduo al trabajo en cabañas ¡varias! pero que no tendrá cabida en nuestro artículo). Casualmente, Wittgenstein, con orígenes judíos, coincidió en el colegio con Hitler.

Se comenta que fue el primero en atravesar el lago Eidsvatnet (Noruega) esquiando, en otoño, pocos días después de que el hielo se asentase sobre la superficie. También está el mito de que viajó hasta Skjolden igualmente esquiando, localidad a la que acudió cinco veces en su vida para estancias bastante prolongadas. Pero no parece que fuera cierto (lo de llegar hasta allí esquiando) aunque sí que lo hiciera remando, a caballo o en bicicleta. Era un hombre de carácter aventurero al que le gustaban los retos y el aire libre. A veces llevaba a Noruega a algunas de sus amistades de Cambridge.

Skjolden es una localidad interior a orillas del extremo más interno de uno de los fiordos más largos del país. Por el oeste, la boblación es bañada por el fiordo, mientras que por el este lo hace el lago Eidsvatnet. La cabaña desapareció, de hecho, ya había desaparecido cuando tuve noticia de su existencia. Sin embargo, fue reconstruida en forma de réplica entre 2018 y 2019, en el lugar exacto donde estaba:

«Era una casa de dos plantas con un balcón en la planta superior que daba a la fachada principal. De estilo austriaco, los lugareños la llamaban “Austria” y al propio Wittgenstein “el Austriaco”. El lugar aparece así en mapas antiguos. Se instaló un mástil de bandera, pero nunca lució una bandera en la época del filósofo. Posteriormente, el asta fue aserrado y convertido en un macetero. Hoy, para que los visitantes puedan localizar con precisión dónde se alzaba el edificio, los habitantes han erigido otro asta y una bandera austriaca, apenas visibles al otro lado del lago Eidsvatnet, donde los conductores pueden detenerse a echar un vistazo». (Lesley Chamberlain; antes de la reconstrucción; traducción propia).

Wittgenstein alternaba en ella periodos de alta concentración de pensamiento en los que hacía todo lo posible por no relacionarse con nadie, con otros momentos en los que buscaba algo de trato con gente de la zona.

«En un intrigante libro reciente, “On the Trail to Wittgenstein's Hut” (2010), Ivaar Oxaal, nacido en Noruega, descubrió que el interés de Wittgenstein por Noruega surgió por primera vez durante el período posterior a las exploraciones de Scott y Amundsen, y fue estimulado aún más por el desastre del Titanic en 1912». (Lesley Chamberlain; traducción propia).

La casa se construyó en 1914. Disfrutaba de magníficas vistas al lago. Sus visitas a ella fueron bastante espaciadas, pero allí produjo partes decisivas de su obra. La levantó buscando un aislamiento voluntario, que sentía como necesario para poder trabajar. Los cimientos, que era lo único original que quedaba hasta su reciente reconstrucción, son de piedras bien colocadas. Su situación es bastante escarpada sobre las aguas. El segundo piso de la casa apenas es una pequeña buhardilla. La planta es de 7 por 8 metros. Varias ventanas daban luz al interior, además de un ventanuco para la buhardilla. Todos estos detalles, en mi opinión, sí que nos permiten referirnos a ella como cabaña. Construida en madera a partir de los cimientos, también disponía de chimenea. Hay cantidad ingente de información textual y gráfica disponible en una interesante tesis doctoral (E. Clemente)[2].

«¿Ha servido para lo que debía mi estancia en Noruega? Pues no puede estar bien que degenere en una especie de vida de ermitaño mitad cómoda, mitad incómoda. ¡Tiene que producir frutos!». (L. Wittgenstein).

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La cabaña de Wittgenstein (reconstruida), dominando estratégicamente el lago. (Imagen: Jon Bolstad and Wittgenstein Initiative,aeonmedia.co).

 

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Otro ángulo exterior de la cabaña reconstruida. (Imagen: Jon Bolstad and Wittgenstein Initiative, aeonmedia.com).

 

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La cabaña original en fecha anterior a 1920. (Imagen: Samson Brathole,  Fylkesarkivet, Leikanger).

 

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Borrosa colección de instantaneas. Se afirma que se trata de Wittgenstein jugando con esquís en la nieve. La mala calidad de las imágenes y su antiguedad parecen animarnos a fiarnos de la veracidad de quien las ha publicado, aunque no aporta explicación alguna respecto a su origen. (Imagen: Claudia Siefen-Leitich en facebook).

 

Martin Heidegger ha sido uno de los filósofos más influyentes en el pensamiento actual. Recientemente, leyendo a Byung-Chul Han (Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2025) me topé con numerosas referencias y citas de Heidegger en sus argumentaciones. Entre otras cuestiones, la obra de Heidegger fue famosa por el Die Kehre (el Giro) que sus postulados experimentaron entre 1930 y 1940, aproximadamente. En su fase postrera enfatizó, entre otras cosas, la experiencia auténtica (incluida en la naturaleza), vinculando la montaña con algunas ideas filosóficas respecto a la existencia humana (dasein) y una mayor conexión con el ser.

Heidegger practicaba el esquí cerca de su cabaña, situada a 1100m de altura en la Selva Negra. Hay quien menciona que para él esquiar era algo más que un mero deporte, que aportaba una conexión auténtica con el mundo, en contraste con otras experiencias inauténticas modernas. De su esquí hay pruebas fotográficas, no debía de dársele mal. Parte importante de su obra la escribió en su cabaña de madera en Todtnauberg. La tuvo en propiedad unos cincuenta años, a partir de 1922. Según él, la experiencia más intensa del pensar tal vez sólo es posible en el humilde refugio.

«En la empinada ladera de un extenso y alto valle de la Selva Negra meridional, a 1150 metros de altitud, se alza un pequeño refugio de esquiadores. Mide entre 6 y 7 metros de planta. Su bajo techo cubre tres piezas: la cocina-comedor, el dormitorio y un gabinete de estudio. Dispersas por el estrecho fondo del valle y en la ladera opuesta, igualmente empinada, se encuentran, vastamente dispuestas, las granjas de tejados grandes y saledizos. Cuesta arriba, las praderas y los pastos se extienden hasta un bosque de abetos viejos, elevados y oscuros. Todo lo domina un despejado cielo estival, en cuyo espacio radiante dos azores se elevan trazando amplios círculos.

Este es mi mundo de trabajo, visto con los ojos contemplativos del huésped y el veraneante. Yo, propiamente, jamás contemplo el paisaje. Siento cómo se va transformando a cada hora, de día y de noche, en el gran ir y venir de las estaciones. La gravedad de las montañas y la dureza de la roca primitiva, el lento crecer de los abetos, la suntuosidad luminosa y sencilla de las praderas florecientes, el murmullo del arroyo en la vasta noche otoñal, la austera simplicidad de los llanos profundamente cubiertos de nieve, todo esto se insinúa, se agolpa y vibra a través de la existencia diaria allí arriba.

Y ello, una vez más, no en instantes intencionados de inmersión hedonista y empatía artificial, sino sólo cuando la propia existencia se encuentra en su “trabajo”. “Sólo” el trabajo “abre” el espacio para esta efectiva realidad de la montaña. La andadura del trabajo permanece hundida en el acontecer del paisaje». (M. Heidegger: Paisaje creador: ¿por qué permanecemos en la provincia?).

Su cabaña es más sobria estéticamente que algunas de las anteriores, aunque parece más amplia y equipada gracias a sus prácticas estancias. Parece forrada exteriormente de multitud de tejas pequeñas de madera, de diferente color en el tejado que en las paredes de las fachadas.

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Heidegger posando con amigos durante una jornada de esquí. La verdad es que parece contento. (Imagen: cwwda.go.ke).

 

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Ahora Heidegger en plena acción. El bastón clavado sobre la nieve tal vez sirvió como referencia de enfoque para la foto. (Imagen: pinterest).

 

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Heidegger una vez más sonriendo en un día de esquí. (Imagen: pinterest).

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La cabaña de Martin Heidegger. Aunque pudiéramos pensar en ladrillos, todo el revestimiento exterior de paredes y tejado es a base de tablillas de madera. (Imagen: thinkingplace.org).

 

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El filósofo, ya a edad más avanzada, a la puerta de su cabaña. (Imagen freman.la).


Norteamericanos anteriores al esquí.

Antes de que el esquí llegara a Norteamérica, o al menos empezara a darse a conocer mínimamente por el continente, ya surgieron varios ejemplos de personas con grandes dotes de pensamiento creador. Aquí he seleccionado a tres de ellos por diferentes motivos, ninguno esquió (que yo sepa) pero los tres tuvieron una relación bastante intensa con la nieve. El primero, siendo filósofo, nos servirá de empalme con los dos anteriores. Los otros dos son dos pesos pesados de la literatura universal.

Por cuestiones que no resultan del todo fáciles de analizar, Henri David Thoreau ha acabado convertido actualmente en el icono de pensador de cabaña por excelencia. Se construyó una a algunas decenas de metros de la laguna Walden, en Concord (Massachusetts), en un terreno cedido por su amigo Ralph Waldo Emerson (otro importante filósofo). Allí vivió, en régimen de casi autosuficiencia y desconexión civil y legal, durante dos años, dos meses y dos días. Y, por negarse a pagar un impuesto, acabó en prisión hasta que fue liberado por mediación de Emerson. Aquel experimento, tal y como él mismo lo definió, comenzó en 1845. De su experiencia surgió su libro Walden, que desde entonces se ha convertido en una recurrente referencia para diversas tendencias de pensamiento: ecologistas, aventureras, neorrurales, románticas de la naturaleza y variopintas propuestas políticas (como fue el caso de algunas en las que acabaron cristalizando ciertas facciones del movimiento civil del 15-M).

Varios años antes que Walden, leí una novela (pedagógica) titulada Walden dos, en la que BF Skinner desarrolla una especie de programa social integral experimental basado en las teorías conductistas. Las propuestas expuestas por sendos autores no tienen nada que ver, pero el segundo tituló así su obra en honor a la de Thoreau. Walden describe la vida de Thoreau en la cabaña y en la laguna. Cómo y de qué vive, a qué dedica su tiempo, cómo evoluciona su entorno más cercano a lo largo de las estaciones, etc. e incluye diversas reflexiones personales. Tiempo después, el destino me hizo pasar por Massachusetts y me organicé para visitar Walden Pond. Allí, en el lugar exacto, han levantado una cabaña que replica a la de Thoreau. Es la mínima expresión. Una caja de tablones con tejado a dos aguas, de 3,5 por 4 metros de planta, y dotada de una chimenea, una mesa, un escritorio, una cama y tres sillas:

«una para la soledad, dos para la amistad, tres para la sociedad». (HD Thoreau; radical que era el sujeto…).

Encontramos la cabaña. La visitamos por dentro y por fuera, acto que apenas lleva unos segundos. Está en un terreno llano, dentro de un bosque espacioso de árboles altos y rectos, pegado a un aparcamiento. Desde allí, en un paseo corto y cruzando una estrecha calzada, se llega a una playa de arena que es parte de la ribera de la laguna Walden. El estanque tiene forma de alubia irregular con un par de internamientos en tierra a ambos lados. Su longitud y anchura máximas son de 850 y 300 metros respectivamente. Y todo su perímetro está rodeado por un típico bosque del noreste estadounidense. Cuando lo visitamos era otoño, estaba muy bonito, pero todavía hacía buena temperatura. Así que me di el gustazo (físico y espiritual) de darme un baño en Walden Pond, nadando a placer hacia el centro del estanque, e incluso contemplando como una familia de patos amerizaba a pocos metros de mi costado.

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La actual réplica de la cabaña de Thoreau en Concord. (Imagen propia).

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Sencillísimo interior (replicado) de la cabaña de HD Thoreau. (Imagen propia).

 

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Saliendo de un baño en Walden Pond. (Imagen propia).

 

Que Jack London esquiara o no nos debería dar igual porque parte de su vida y sus mayores éxitos literarios se desarrollaron en Alaska, en escenarios de nieve, raquetas, trineos de perros y vida en cabañas. Aventura y más aventura ¡a raudales! en texto o, posteriormente, llevada al cine. Siempre me gustaron sus historias. De pequeño en la pantalla y de adulto a través de la lectura. Pero es que, en Alaska, en la época en la que se ubicaban sus relatos, los esquís no habían irrumpido. Todo lo demás sí. Y me consta que London residió, cómo mínimo, en una cabaña propia. En Dawson, en el Yukon. Pequeña, de troncos y con todo el tejado cubierto por vegetación. Su cabaña original fue construida en la bifurcación norte del arroyo Henderson, al sur de Dawson City, en pleno Klondike, justo antes de la Fiebre del Oro de 1898. Fue abandonada pasada dicha Fiebre, y posteriormente hallada por unos tramperos que descubrieron la firma del escritor tallada en la pared. En 1965 la cabaña fue desmantelada y se construyeron dos réplicas con los troncos originales. Una se encuentra en Dawson City, mientras que la otra se envió a Oakland, California, donde es una atracción visitable. Jack London pasó gran parte de su vida residiendo y escribiendo en Glen Ellen (California), en una coqueta casa campestre en su rancho Beauty Ranch (1910). Allí inició la construcción de la que pretendía ser la casa de sus sueños: Wolf House (1910-1913), otro edificio singular de piedra y madera en el que, entre otros detalles, planificó su biblioteca. Nunca llegó a habitarla porque el inmueble sufrió un gran incendio. Todo esto es visitable hoy en día en el Jack London State Historic Park en California. Obra literaria aparte, London fue un personaje bastante controvertido profesional y políticamente. Como granjero no obtuvo éxito, y su proyecto agrario empresarial final fracasó, y únicamente se sostenía por sus ingresos literarios. En cuanto a su obra, en numerosas ocasiones se vio ensombrecida por las acusaciones de sucesivos plagios. Fuera como fuera, obras como Colmillo Blanco, La llamada de lo salvaje, Encender una hoguera, etc. han pasado a la posteridad como piezas clave del imaginario colectivo con respecto a las aventuras en Alaska, la nieve y el frío.

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La cabaña de Jack London reconstruida en Dawson. (Imagen George Dean, wikipedia).

 

Mark Twain, autor de célebres obras como El príncipe y el mendigo, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn, etc. tampoco esquió. Ni siquiera sus aventuras literarias más famosas tuvieron nada que ver con los escenarios nevados. Pero su persona reúne dos de los ingredientes fundamentales que le hacen merecedor de una citación aquí: disfrutó de una auténtica cabaña y visitó los Alpes, donde situó alguno de sus escritos.

Fue una personalidad muy conocida con una vida de lo más variopinta. Nikola Tesla figuró entre sus amistades. Su primera obra literaria de éxito fue La célebre rana saltarina del condado de Calaveras (1865), escrita en una cabaña de su propiedad, de aspecto rústico, que se encuentra en Jackass Hill, Columbia (California). Troncos por paredes, tejado de tejas de madera y chimenea exterior adosada en piedra le dan un aspecto muy western. Sin embargo, muchas de sus obras más famosas fueron creadas en un lujoso estudio octogonal (también en formato de cabaña separada de una casa principal) en Quarry Farm, que su cuñada hizo construir para él en 1874. Lo utilizó durante veinte años.

En los años setenta del siglo XIX Twain viajó por Europa (al menos hizo dos grandes viajes en diferentes épocas a nuestro continente) y visitó los Alpes realizando un amplio periplo caminando del que surgió uno de sus libros de viajes: Un vagabundo en el extranjero (1880). El esquí no había cuajado todavía por allí, pero el relato, de tono cómico y satírico, habla sobre el montañismo y la escalada de cumbres como el Riffelberg, cerca de Zermatt. La primera parte del texto cubre su estancia en el suroeste alemán y la Selva Negra. En una segunda describe su viaje a través de Suiza y el este de Francia, incluyendo lugares como Interlaken, Zermatt y Chamonix. El texto original incluía ilustraciones, como por ejemplo un croquis muy simple del Jungfrau o una cordada avanzando por un glaciar. En la narración se ríe de toda la preparación necesaria (mulas, guías y mucho whisky) para acometer algunas cimas, por parte de los turistas norteamericanos (como él mismo) y de muchas cosas más. La parodia preña el texto.

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La cabaña de Mark Twain en Jackass Hill actualmente. (Imagen: americancowboychronicles.com).

 

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La misma cabaña fotografiada en 1947. (Imagen: Eastman, Jervie Henry. digital.ucdavis.edu/item/ark:/13030/tf7r29p0q3).

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Antigua fotografía del estudio octogonal que Twain utilizaba para escribir en Quarry Farm. Nótese lo despejado de su localización. (Imagen: twainsgeography.com).

 

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Estado de conservación actual del despacho de Twain. El arbolado ha crecido considerablemente a su alrededor. (Imagen: Kenneth C Zirkel, wikipedia).

 

La Generación Beat.

Gary Snyder, Allen Ginsberg y Jack Kerouac son tres de las referencias más destacadas del plantel de escritores enmarcados en lo que fue considerado como el florecimiento de la contracultura estadounidense y la denominada Generación Beat. La llamada de las montañas, desde un punto de vista bastante activo (deportivo, pero en un sentido no reglado) y de inmersión en la naturaleza, caracterizó los intereses de muchos de sus miembros, aunque la música, el no parar, las drogas, el alcohol, la juerga, la literatura y otros asuntos fueran sus principales señas de identidad. Me consta que Ginsberg acudía a las montañas con algunos de sus amigos, pero no he sentido nunca interés por su persona ni escritos. Todo lo contrario que por Kerouac, quien siempre me llamó la atención. Ya de joven con su mítico En la carretera, que casi me tomé como lectura iniciática en mi época universitaria, y posteriormente con algunos títulos más, a través de los cuales, afortunadamente, se me fue desmontando el mito vital del autor (que acabó fatal). Visto con perspectiva, quizás el libro suyo del que mejor recuerdo tengo sea Los vagabundos del Dharma. Parte de él se basa en un periodo en el que tanto Kerouac como Snyder se emplearon durante meses como vigilantes de incendios en las casetas en altura de North Cascades a mediados de los años cincuenta. Kerouac, por ejemplo, en el Desolation, y Snyder en el de Crater Mountain. Philip Whalen, otro beat, también se apuntó a aquellas experiencias.

Gary Snyder es quien más nos interesa aquí por su vinculación con el esquí. Se acercó al montañismo a través de la mítica organización Mazamas, fundada en 1894, con base en Oregón y cuya actividad continúa vigente.

«Adoraba las ascensiones sobre nieve desde mi primera cumbre allí en Mount St. Helens. Al año siguiente, 1946, me apunté a una ascensión de Mazamas. Sabía que organizaban viajes de montañismo todos los años. Hice mi primera ascensión al Mount Hood con el Mazamas, que tenía su base en Portland. Habiendo logrado un par de cumbres con nieve puedes aplicar como miembro. Lo hice y fui aceptado, y uno o dos amigos de mi instituto, de la misma edad (16) también, convirtiéndonos en los más jóvenes del Mazamas en aquella época. Fue el comienzo de un grupo juvenil en el Mazamas, que en general se nutría de gente de mediana edad. Entonces, poco después, los veteranos procedentes del 10TH de Infantería de Montaña regresaron y entraron en el Mazamas. Tenían tanto experiencia bélica como de montañismo, y volvían a casa del noroeste del Pacífico. Aquellos tipos, los recuerdo bien, se convirtieron en los maestros del estado del arte de la época en cuestión de escalada de roca y nieve para mi generación de los dieciséis años. Así que todos nosotros salíamos a escalar juntos con aquellos de veinticinco años, que eran muy competentes y hacían acampadas invernales, esquí, ascensos invernales y demás. Fue muy buen momento para aprender montañismo y el Mazamas lo sostuvo. Era una gran organización, y todavía continua». (G. Snyder; traducción propia).

Gary Snyder, además de escritor (La práctica de lo salvaje, que yo haya leído) ecologista y montañero, fue esquiador (de pista y de travesía), especialmente en su juventud, en Oregón y California. Incorpora los deportes de montaña y la vida en la naturaleza como temas centrales en su obra, intentando mostrar una filosofía, en cierta medida Zen, de conexión profunda con el entorno natural y la vida salvaje, más allá del mero deporte como concepto reglado, competitivo, comercial o incluso excesivamente técnico. Su mención a la 10TH División de Montaña es especialmente pertinente porque dicho escuadrón fue el germen principal del posterior desarrollo del esquí estadounidense como industria, negocio, infraestructuras, escuelas, formación, competición, prensa especializada, etc. En algunas de sus múltiples ascensiones al Monte Hood, acampaba en la cumbre, replicando de algún modo al montañismo del Himalaya e invernal, buscando aumentar su resistencia y su adaptación al entorno agreste. Todo ello imbuido de la mencionada conexión filosófica según la cual, más allá del disfrute meramente deportivo, el esquí y el montañismo constituyen una forma de vida en la naturaleza, una parte importante de la experiencia ecológica y espiritual. En definitiva, integrando la vida salvaje (o silvestre) con la cultura Beat y Zen: «La naturaleza no es un lugar para visitar, es el hogar». (Gary Snyder).

Snyder vivió un tiempo en el enclave comunal o alternativo de la contracultura californiana conocido como Druid Heights. También en un poblado comunal llamado Banyan Ashram en Suwanosejima (Japón). Sin embargo, para ilustrar su conexión con este artículo he elegido otra cabaña:

«Kitkitdizze (nombre nativo del trébol de oso) se construyó en el verano de 1970 en las laderas deforestadas de Sierra Nevada, donde se extraían minas de oro, y se ha convertido en un emblema de su mitología personal: el poeta-sabio vive en una finca de 100 acres donde “paga el impuesto de propiedad, pero no reclama más derechos sobre la tierra que las demás criaturas que la habitan”. Kitkitdizze vive la filosofía de la “rehabitación: regresar a un terreno maltratado y medio olvidado, y entonces replantar árboles, descanalizar cauces artificiales y romper el asfalto”. Snyder es un hombre de gran habilidad práctica y su casa combina características de las granjas tradicionales japonesas y de las cabañas de tierra de los nativos americanos». (Kryptoforest, traducción propia).

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Snyder junto a la cabaña de vigilancia de Crater Mountain (2478m). (Imagen: Kerouac Desolation Lookout Jack Kerouac’s post still stands. IMAGE: COURTESY NPS, stumpranchonline.com/skagitjournal/Washington/Library/PoetsPeaks.html).

 

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Puesto de control de incendios de Sourdough Mountain en 1956. Gary Snyder trabajó en esta estación durante el verano de1953. (Imagen: Seattle Municipal Archives / Wikimedia Commons).

 

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Puesto de Desolation Peak en Washington's North Cascades. Jack Kerouac pasó 63 días aquí durante el verano de 1956. Esta serie de fotografías nos muestra que las cabañas utilizadas como infraestructuras de vigilancia seguían un modelo estandarizado propio del parque. (Imagen: Frozenfoto / Wikimedia Commons).

 

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Foto en blanco y negro coloreada, tomada por Gary Snyder, a los 17 años, cerca de cumbre de Mount Hood,el 17 de agosto de 1947. (Imagen: tuckabold.com).

 

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Croquis constructivo y foto de la cabaña de G. Snyder en Kitkitdizze. (Imagen: cryptoforest.blogspot.com).

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Biblioteca de Snyder en Kitkitdizze, en Sierra Foothills. (Imagen: Mark Gonnerman, petalumahistorian.com).

 

Físicos teóricos.

Me creáis o no, en muchos de mis viajes de esquí, repetidamente, me veo inmerso en tertulias sobre física teórica en las que mi rol, por motivos de falta de preparación suficiente, se suele limitar al de la escucha. Resulta que entre mis compañeros de viajes de esquí más habituales se encuentran un físico, profesor de universidad, y un ingeniero-empresario al que siempre le ha apasionado la historia del conocimiento. Y, cada vez que nos juntamos, como nos despistemos y se dejen llevar, Albert Einstein, Richard Feynman, Paul Dirac y otras figuras empiezan a desfilar por la conversación. Los que a continuación se presentan aparecen aquí por sus cabañas y su afición al esquí, algo que, probablemente, mis teóricos amigos ignorasen hasta haber leído esto.

El bávaro Werner Heisenberg está considerado como uno los cofundadores de la mecánica cuántica. Obtuvo el Premio Nobel de Física en 1932. Las implicaciones de sus teorías marcaron el comienzo de una nueva era en la física y, sin premeditación, propiciaron gran parte de los avances científicos y tecnológicos actuales, además de forzar el replanteamiento de diversas cuestiones metafísicas, filosóficas y hasta de crítica al positivismo racional hasta hoy reinante. Docente en Leipzig, fue uno de los baluartes de la física atómica alemana.

Además de todo ello, era un consumado y apasionado montañero y esquiador. Afición en la que se mantuvo activo a lo largo de toda su vida. En la localidad de Bayrischzell utilizaba con frecuencia un refugio de esquí que había sido reconstruido por un movimiento juvenil al que pertenecían él y sus amistades. Estaba localizado en los pastos alpinos escarpados (Steile Alm) de la ladera sur del monte Großer Traithen. Por lo visto, algunas de sus discusiones teóricas se produjeron esquiando con algunos de sus colegas, lo que sugiere que mis amigos tampoco son tan raros como inicialmente podría parecer.

Años después adquirió una casa en Urfeld am Walchensee (no lejos de Garmisch-Partenkirchen), que se convirtió en su refugio familiar durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente cuando los bombardeos aliados sobre Berlín se intensificaron. Aquel lugar resultó francamente importante para él y su familia. También allí invitaba a sus amistades y otros científicos con quienes disfrutaba de la montaña y debatía en profundidad. Entre ellos, Niels Bohr:

«Recuerdo que Bohr no creía en estas cosas. Habíamos traído la foto de una traza —creo que de Anderson o alguien así— a nuestra cabaña de esquí aquí en las montañas bávaras. Fui con Bohr, Bloch, Euler, Weizsacker y uno de los hijos de Bohr a nuestra cabaña de esquí. Uno de nosotros trajo una foto de esta traza y tuvimos largas discusiones en la cabaña sobre si era realmente un positrón o no. Poco a poco logramos convencer a Bohr de que podría ser un positrón. Él no lo tenía tan claro entonces, pero pasó un tiempo hasta que Bohr estuvo dispuesto a aceptar la existencia de un modelo positivo del electrón, porque Bohr, además, sentía que ahora nos adentramos en una parte de la física que, de nuevo, presenta dificultades y contradicciones. Realmente no funciona como a uno le gustaría. Así que uno tenía la incómoda sensación de estar volviendo a meterse en un lío. Ese tipo de cosas». (W. Heisenberg, traducción propia).

Parece que, a Heisenberg, lo de los rincones apartados y solitarios le resultaba fructífero. En mayo de 1925, con apenas con 23 años, al sufrir un fuerte ataque de alergia primaveral, se plantó en la isla de Heligoland, en Alemania. La idea era curarse con la ayuda de la brisa marina, a la vez que huir del polen en un paraje sin arbolado alguno.

«Aparte de los paseos diarios no hubo ocasión externa alguna que me pudiera apartar de trabajar en mi problema y así avancé más rápidamente de lo que me hubiera sido posible en Gotinga». (W. Heisenberg).

Fue durante la estancia en aquella casi desolada isla cuando concibió la mecánica matricial, la primera formulación completa de la mecánica cuántica moderna. No le hizo falta cabaña, se alojó en una pensión, pero vista la isla, la sensación de aislamiento parece asegurada.

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Heisenberg y Bohr en la nieve. (Imagen: reddit.com).

 

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Heisenberg limpiando en su casa alpina. La foto es de 1960, tiempo después del final del gran conflicto bélico. (Imagen: adpersonam.heisenber-gesellschaft.de).

 

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El físico en el balcón de su casa, con notas sobre una mesa. (Imagen: adpersonam.heisenber-gesellschaft.de).

 

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Panorámica de la isla de Heligoland. Aspecto bastante despoblado del paraje en el Mar del Norte. Podemos imaginarlo con mal tiempo... (Imagen: frs-heligoline.de).

 

Por alusiones le toca el turno a Niels Bohr. Científico danés que también recibió el Premio Nobel de Física. En su caso en 1922. Al alumnado común nos suena mucho gracias a los gráficos de representación atómica con aspecto de sistemas solares. Siguiéndole la pista a Bohr, he descubierto que no dudaba en calzarse unos esquís allá donde viajara y tuviera oportunidad de hacerlo. Me remito a los comentarios de un hotel noruego en el que estuvo alojado en cierta ocasión:

«El físico nuclear tuvo un lugar destacado en el guion de la producción televisiva más cara de Noruega: "La batalla por el agua pesada" (NRK), donde lo vimos en 1941 en una reunión con su antiguo alumno Werner Heisenberg. Heisenberg dirigió el programa alemán de armas nucleares y Bohr interpretó la reunión como una solicitud de ayuda a su antiguo profesor. Bohr no quería ayudar a los alemanes. Tras recibir advertencias de que los nazis lo obligarían a regresar a Alemania, Bohr huyó a Inglaterra y de allí a Estados Unidos, donde participó en el Proyecto Manhattan norteamericano en el desarrollo de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. En aquel entonces, Estados Unidos había avanzado mucho en la tarea, pero la contribución de Bohr pudo haber acelerado el proyecto. […].

¿Y qué hay de Bohr y el Rondane Høyfjellshotell? Lo que mejor recuerda Ingrid Erlandsen, la segunda generación propietaria del hotel junto con su esposo Erling, es que llegó en avión privado. A Bohr le encantaba esquiar y nos visitó en 1954 o 1955, cuando vino con su hijo Aage Bohr y su familia. (Aage también recibió el Premio Nobel de Física en 1975 por “el descubrimiento de la conexión entre los movimientos colectivos y los movimientos de partículas en los núcleos atómicos, y el desarrollo de la teoría de la estructura del núcleo atómico basada en él”). […].

No cabe duda de que Niels Bohr fue una especie de superestrella de la física en su momento. Quizás se le pueda describir como el Stephen Hawking de su época. Resulta bastante revelador que cenara con el rey Haakon y, de hecho, lo hizo en el Palacio la noche del 8 de abril de 1940». (Rondane Høyfjellshotell; traducción digital del noruego).

Además de en el lugar de la cita, Bohr esquió en otro paraje noruego, Gudbrandsdalen, en 1927, siendo entonces cuando dicen que concibió la idea del principio de complementariedad. Por otro lado, como ya hemos visto, frecuentó los Alpes alemanes para esquiar con Heisenberg y otros de sus colegas. Y tampoco le hizo ascos a su práctica durante su estancia en Los Álamos, con ocasión del Proyecto Manhattan.

La cuestión que nos queda por dilucidar es si también él tuvo una cabaña o algo equivalente. La respuesta es ambivalente (casi cuántica), sí y no. No, porque no podría calificarse del todo como de cabaña y porque la encargó como refugio de verano. Sí porque, aunque moderna e innovadora, no se aleja del concepto de cabaña, y porque su motivación fue la de disponer de un lugar de retiro e invitación para sus amistades.

«La casa de invitados de Niels Bohr fue el primer edificio del arquitecto danés Vilhelm Wohlert (1920-2007). Arraigado a la tradición danesa, representa una renovación basada en la absorción de influencias extranjeras: la arquitectura americana y la tradición japonesa». (Carmen García Sánchez).

Está localizada en Tisvilde, al norte de la isla de danesa de Selandia, y fue construida entre 1956 y 1957. Su atractivo es evidente, más aún para la época en la que fue proyectada.

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La imagen superior muestra a Niels con su nieto Vilhelm practicando esquí frente a la residencia del gerente, ubicada en la planta alta del hotel. La imagen fue adquirida por el Archivo Niels Bohr de Copenhague. (Imagen: rondane.no).

 

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Vista frontal de la "cabaña" de Bohr estando cerrada y abierta. Claro aspecto veraniego que contrasta (o complementa) su afición al esquí. (Imagen: reddit.com).

 

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La misma casa vacacional en invierno. (Imagen: Photographer: Jesper Høm. Jesper Høm's collection. Sheridan, M., Landmarks: The Modern House in Denmark, Ostfildern, Hatje Cantz, 2014, p. 56, researchgate.net).

 

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Bohr esquiando en Los Alamos en enero de 1945, (Imagen: Emilio Segrè Visual Archives, Niels Bohr Library, American Institute of Physics).

 

Y vamos con el tercero. Le toca el turno a Erwin Schrödinger, otro Premio Nobel de Física (1933), en este caso austríaco. En 1925, Schrödinger era uno de los científicos que andaban enfrascados en el problema de los estados cuánticos dentro de los átomos, inspirándose en la naturaleza ondulatoria del electrón sugerida anteriormente por Louis de Broglie. Schrödinger buscaba una ecuación que describiera el comportamiento de tales ondas, y que también fuera coherente con la teoría de la relatividad especial de Einstein, pero no acababa de resolver la cuestión. Ante tanta frustración, en diciembre de 1925 dejó aparcado el asunto y se fue a las montañas para pasar unas vacaciones de esquí con una de sus amantes, algo a lo que era muy aficionado (ambos placeres) o, en otras palabras, un mujeriego empedernido. En las montañas, actividades eróticas aparte, pasaba los días esquiando y se quedaba despierto hasta tarde, trabajando en física. Terminó abandonando la idea de incorporar la relatividad, y cuando regresó a Viena tenía una ecuación de onda no relativista, actualmente conocida como la ecuación de Schrödinger, que le permitió describir correctamente los estados del electrón de hidrógeno según los términos de las ondas electrónicas propuestas por de Broglie. Para los más cotillas, comentar que la identidad de la dama ha quedado en un misterio porque, mientras otras de sus amantes quedaron bien registradas en sus diarios, la documentación con respecto a aquellas fechas en que parecieron integrarse el esquí, el sexo y la física se ha perdido.

En lo que a nuestro asunto respecta, no fue propiamente en una cabaña donde se alojó la pareja, sino en una villa alpina que servía de hospedaje y sanatorio. Se llamada Villa Frisia. Estaba localizada en la actual estación de esquí suiza de Arosa, a escasos kilómetros al oeste de Davos, pero tengo la sospecha de que ya no existe.

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Villa Frisia en Arosa. Aquí se "refugió" Schrödinger, bien arropadito para pensar y esquiar. Foto de la década de los veinte del siglo XX. (Imagen: hierundjetzt.ch).

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En este encuadre Villa Frisia, el sanatorio de Dr. Herwig, es el edificio de la izquierda. (Imagen: Sergei K Suslov, researchgate.net).

Misticismo.

¡Calma! No es que vayamos ahora a internarnos en el misterioso mundo de los anacoretas y la religión. Por supuesto que daría mucho juego para el asunto de las cabañas o los refugios en los que pensar y encontrarse con uno mismo, pero no creo que el factor esquí lograra su cabida en la ecuación. Sin embargo, sí que he pensado en incorporar un ejemplo que me ha llegado a través de la lectura de un libro que trataba sobre el fenómeno del misticismo religioso. En su variante cristiana, para ser más precisos. Pero antes, una breve reflexión que nos pueda servir de conexión ante un aparentemente improbable salto desde la física cuántica hacia el misticismo más o menos religioso. A lo largo de la historia del relato de los descubrimientos físicos de la humanidad, los sucesivos comentaristas del mismo han sugerido múltiples momentos ¡eureka!: la manzana de Newton, sin ir más lejos. Cuando uno lee fragmentos de biografías o autobiografías de físicos de las épocas recientes, se encuentra situaciones y comentarios que sugieren que algunas teorías y descubrimientos han podido ser provocados, o al menos algo catalizados, por vivencias relacionadas con el contacto con paisajes, espacios o lugares que en la época del romanticismo solían calificarse como sublimes. De momentos así, numerosas veces, se sugiere que nació la inspiración para algunos científicos. Volviendo al caso de Heisenberg, más de un autor comenta que la idea del descubrimiento que salió de Heligoland surgió durante un paseo en el que andaba encaramándose o enredando entre unas rocas con impresionantes vistas a la isla, la costa y el Mar del Norte. Otra versión narra un encuentro previo, casi místico, durante una cena en su posada. En cualquier caso, cierto toque de visión tuvo la historia:

«Eran más o menos las tres de la mañana cuando apareció ante mí el resultado final de mis cálculos. Me sentía muy conmocionado. Estaba tan alterado que no podía pensar en dormir. Salí de casa y me puse a caminar despacio en la oscuridad. Trepé a una roca asomada a plomo sobre el mar, en la punta de la isla, y esperé que saliera el sol...». (W. Heisenberg).

En 1929, tras un viaje de Heisenberg a China, el físico recaló en la India, algo que aprovechó, dada su pasión por el montañismo, para visitar el Himalaya, cordillera que lo dejó impresionado. Como añadidura, también visitó a Rabindranath Tagore, con quien pudo conversar sobre ciencia y filosofía hindú, explorando algunas conexiones entre la teoría cuántica y las perspectivas espirituales orientales.

En El día que inventamos la realidad[3] J. Argüello se pasea por los descubrimientos recientes relativos a los quizás dos entornos más extremos que están siendo objeto de estudio por parte del mundo científico: el universo y el mundo subatómico. Su paseo le sirve de argumentación para criticar el exceso de positivismo racionalista que ha inundado el pensamiento humano a lo largo de los últimos siglos, y aboga por la necesidad de cambiar el paradigma, abriéndolo a nuevas formas de aproximación hacia el conocimiento de la realidad (¿o realidades? y con ello no se está refiriendo al relativismo ideológico ni filosófico). A lo largo de su texto, la religión, o más concretamente la dimensión espiritual (porque recomienda huir de la concepción histórica a la que ha acabado reducida la religión) sale a la palestra desde una perspectiva renovada y, en cierto modo, rozando ocasionalmente el sentido místico. Espero que estas explicaciones sirvan para justificar mínimamente como acaba alguien leyendo un ensayo sobre misticismo[4]. Aunque tras haber conocido el último trabajo musical de Rosalía, quizás no haga falta justificar nada. El libro en cuestión, el de misticismo, no lo recomiendo porque únicamente me gustó parcialmente. Tiene tres partes. La primera no está mal si te interesa conocer un poco el origen y fundamentos esenciales del misticismo cristiano histórico (preferentemente medieval). La tercera parte me pareció magnífica, pero, lamentablemente, es mucho más breve que las dos anteriores, de hecho, ocupa pocas páginas. En cuanto a la segunda, el autor se expresa en ella al máximo y, para mi gusto, no lo hace con acierto. Su intento de mezclar misticismo religioso con arte, literatura y filosofía, algo que podría generar una combinación de lo más interesante, se vuelve engorroso, abstracto, enrevesado y difícil de interpretar, al menos para mí.

Sin embargo, fue en esa tediosa parte en la que di con la figura de la escritora estadounidense Annie Dillard. A pesar de su premio Pulitzer y su fama, creo que no me animaré a leer nada suyo por varias razones: por el mal sabor que me dejó su análisis en el libro en el que la encontré, por sus temáticas y hasta por la comparación de complicidad que este autor establece entre la obra de Dillard y un libro de un autor británico que, pese a su brevedad, es de los pocos de los que he abandonado su lectura antes de acabarlo. Pero entonces ¿por qué mencionar a Dillard aquí? Pues está claro, por el esquí (o la montaña y la naturaleza) y su por su creatividad mientras se alojó en cabañas. No tengo la certeza de que la escritora esquiara porque ese dato se suele obviar en la mayoría de las biografías formales de gente que ha destacado en otros campos, pero me inclino a pensar que sí, tras haberle seguido un poco la pista. Como anécdota, comentaré que, dando clase a su alumnado universitario, preguntándoles si de verdad querían ser escritores, les exhortaba así:

«No podéis ser ninguna otra cosa. Debéis emprenderla a hachazos con vuestra vida […]. No tenían ni idea de lo que les estaba diciendo. (Tengo dos manos, ¿verdad? Y además toda esta energía, si mal no recuerdo. Lo haré por las noches, después de esquiar, o de camino a casa desde la oficina del banco, o cuando los niños se hayan dormido…). Pensaban que otra vez estaba desvariando». (A. Dillard).

La obra de Dillard está empapada de naturalismo y ecologismo con toques de misticismo. Sus autodenominados desvaríos abundan en sus textos y, según parece, en su vida, la cual ha tenido fases bastante variadas con respecto a la religión. El Pulitzer (de no ficción) lo ganó con Peregrino en Tinker Creek (1974), en una especie de experiencia personal muy al estilo de HD Thoreau, quien por cierto fue el tema de su tesis doctoral, titulada Walden Pond y Thoreau. El libro tiene mucho contenido espiritual y religioso entrelazado con una potente visión de lo natural, la ecología y algunos otros grandes asuntos. Tinker Creek está en Roanoke, en las Blue Ridge Mountains de Virginia. Dillard lo conoce bien porque vivió allí mucho tiempo dando múltiples y largos paseos por la zona, practicando senderismo y excursionismo invernal, empapándose del entorno, viéndolo cambiar con el transcurrir de las estaciones y escribiendo sobre ello en prensa.  Sin embargo, cuando se decidió a escribir el libro se encerró en un cubículo de una biblioteca, evitando incluso tener vistas que la distrajeran de su cometido o pudieran contaminar sus recuerdos. En el capítulo inicial escribe:

«Vivo junto a un arroyo, Tinker Creek, en un valle de la Blue Ridge de Virginia. La ermita de un anacoreta se llama fondeadero; algunas ermitas eran simples cobertizos fijados al costado de una iglesia como un percebe en una roca. Pienso en esta casa fijada a la orilla del arroyo Tinker como un fondeadero. Me mantiene anclada al fondo rocoso del arroyo y me sostiene firme en la corriente, como hace un ancla de mar, encarado a la fuente de luz que fluye en descenso. Es un buen lugar para vivir; hay mucho en qué pensar». (A. Dillard, traducción propia).

Pocos años después, en 1977, Dillard publicó Holy de Firm. Para ello, se fue a vivir a la costa noroeste de su país, a Lummi Island, una de las múltiples islas que conforman el laberinto de ellas que salpica el estrecho existente entre el estado de Washington y la isla Vancouver. Sinceramente, un área geográfica maravillosa que tuve la fortuna de conocer gracias a una visita en barco a Vancouver Island y a una prolongada estancia en una casita de madera en Point Roberts, que es una pequeña porción de tierra estadounidense a la qué únicamente se puede acceder por tierra desde Canadá. No lejos de allí, desde el este, el Parque Nacional de North Cascades, aquel al que fueron a vigilar incendios Snyder y Kerouac, mira hacia al archipiélago y hacia Lummi Island. Allí Dillard se alojó en una casa pequeña con la que no he conseguido dar. En el otro extremo de su país, Dillard también escribió sobre Cape Cod (Massachusetts, costa este). Al menos una novela, The Maytrees (2007). Esta sí que estoy interesado en leerla, pero no está traducida al español. Entonces, la escritora visitaba bastante la zona de Provincetown, donde incluso tuvo una casa encarada al mar en South Wellfleet, no era una cabaña, pero sí un refugio lo suficientemente aislado al que llamaba indistintamente Off Plum o La casa solitaria. Provincetown es un pueblo costero y playero con el típico aspecto primoroso y cuidado de la costa de Nueva Inglaterra. La diferencia con los de sus alrededores es que actualmente ha sido colonizado por la comunidad LGTBI+ de Massachusetts, algo que queda ostensible y explícitamente claro al recorrer sus calles, entrar en sus bares, visitar sus múltiples galerías de arte o, simplemente, comprobar la proliferación de banderas y simbología orgullosa con que están ataviados muchos de sus rincones. Algo que ha transformado bastante su aspecto original, dándole cierto toque de feria-carnaval permanente, excesivamente ostentoso (en mi modesta y unilateral opinión).

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Dillard posa en el marco de la ventana de su despacho de escritura en California. Claramente una cabaña separada de la vivienda. (Imagen: Richard Howard/The LIFE Images Collection via Getty; irishtimes.com).

 

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La "casa solitaria" de Dillard en Cape Cod. (Imagen: rsjohnsonphoto.com).

 

Arquitectos.

Parece inevitable cerrar esta extensa recopilación, tratándose de inmuebles, por muy modestos o pequeños que sean, con algunas figuras de la arquitectura. La arquitectura atiende tanto a lo grandioso y descomunal, como a lo micro, y abundan los arquitectos de prestigio que han proyectado obras en ambas direcciones. Por otro lado, a lo largo de lo que lleva publicado el blog Metiendo cantos, ya han ido desfilando algunos arquitectos con proyectos vinculados específicamente con la práctica del esquí. Así pues, a nadie debería extrañar su presencia en esto de las cabañas donde crear y generar ideas.

Ralph Erskine fue un arquitecto británico que emigró a Suecia motivado por sus intereses estilísticos, ideológicos y con la esperanza de que dicho país se mantuviera neutral durante la II Guerra Mundial. Viajó allí en 1939 con su bicicleta, una mochila y un saco de dormir, y fue en aquel país donde residió gran parte de su vida y donde desarrolló mucha de su carrera profesional. Thoreau (una vez más por aquí) figura como una de las reconocidas influencias vitales del arquitecto. Al poco de llegar, y recién casado, una amistad les cedió un terreno de ladera en el bosque de Lissma, cerca de Djupdalen, al sur de Estocolmo, para que pudieran construirse una cabaña, The Box (entre 1941 y 1942), como primer hogar. Tal cabaña se convirtió en un icono de la arquitectura, tanto por su diseño exterior como por las soluciones de aprovechamiento interior y de adaptación al entorno.

«La casa estaba enclavada en una zona boscosa donde eran habituales las nieves, la tienda más cercana estaba a tres kilómetros de distancia, que Erskine y su mujer solían recorrer esquiando o en trineo». (circA RQ).

Poco después del nacimiento de su primera hija, la familia se trasladó a una casa pero siguió acudiendo a The Box cada verano. En 1989 la cabaña estaba muy deteriorada, y lo que hicieron fue trasladarla a una isla en Lovön, donde continuaron acudiendo como lugar de esparcimiento y disfrute.

Con respecto al esquí, la nieve y el hielo, Erskine ha pasado a la historia de la arquitectura como un icono de proyectista activo especializado en los entornos árticos gracias a su competencia técnica y a su conocimiento directo y activo del medio. Numerosos autores han venido subrayando su afición al esquí, a la nieve y a las actividades de aventura al aire libre. Hay textos, fotos y acuarelas en los que fue retratado con esquís, e incluso tomó parte en un curso para aprender a construir un iglú en Tärnafjäll. Nada de ello ha de ponerse en duda, aunque el estudioso especialista Jérémie Michael McGowan, en un artículo titulado Ralph Erskine, (Skiing) Architect, trata de poner las cosas en su sitio rebajando, desde una visión crítica, la imagen de superdeportista y superespecialista en arquitectura ártica de Erskine, un debate en el que nosotros no vamos a entrar.

Entre 1948 y 1950 construyó un hotel para esquiar en Borgafjall (Suecia), un conjunto de baja altura, que busca una equilibrada y discreta integración en el paisaje circundante:

«El edificio que estamos estudiando es un verdadero paradigma de la arquitectura sostenible, junto con el uso de los materiales y la forma suave de implantación en el paisaje. Los materiales utilizados para este edificio fueron locales y convencionales. Se construyó económicamente con postes telefónicos largos de madera, los ladrillos y la laminación de la madera para perfilar vigas se hicieron en el sitio. El techo fue construido en base a la técnica tradicional con las diferentes capas de pasto, corteza de abedul y fieltro». (Claudio Conenna).

De 1963 data su proyecto de población ártica ideal Svappavara Ideal Arctic Town. La idea buscaba crear una unidad poblacional protegida del adverso entorno gracias a una orientación más amable hacia el sur y de autodefensa respecto al norte, con la vida social orientada hacia su centro y con implantación de sistemas de generación de fuentes de energía sostenibles y renovables. No llegó a completarse, pero figura como una especie de utopía arquitectónica para entorno de frío extremo.

En 1970 volvió a la carga con el proyecto de otra ciudad compacta y autosuficiente en la tundra de Resolute Bay (Canadá). Le fue encargado por el gobierno canadiense con la idea de levantar una ciudad cerca de zonas de interés minero, en la que pudiera concentrarse algo de población inuit con otra formada por los científicos, los técnicos y sus familias. El proyecto daba continuidad a algunas ideas previas del anterior en Suecia. Una especie de pared de viviendas con forma de herradura protegería al resto de la urbe. La población procedente del sur viviría en esa zona, mientras que los inuit, más adaptados a la intemperie y acostumbrados a vivir en espacios abiertos más amplios, ocuparían el interior de la herradura con viviendas no cohesionadas entre sí. Pese a que se construyó parte del proyecto, se suspendió en algún punto debido, entre otras causas, a que el planteamiento, aunque probablemente acertado desde algunos puntos de vista sociales, prácticos y técnicos, generaba una idea de discriminación racial, sociocultural y/o étnica.

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Retrato de Erskine con jersey nórdico, con planos sobre su mesa de trabajo. (Imagen: architecture-history.org).

 

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Estado de su primer hogar durante la construcción. Probablemente la persona retratada fuera su mujer. Unos esquís esperan clavados en una esquina. (Imagen: circarq.wordpress.com).

 

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Vista posterior de la cabaña en invierno, con la leña bien apilada, como es costumbre para cualquier escandinavo que se precie. (Imagen: circarq.wordpress.com).

 

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Vista frontal y del asentamiento de la cabaña. Se aprecian tres orificios respitaderos frontales para la chimenea, la cual tenía un diseño francamente rompedor. Los lectores más curiosos al respecto pueden buscar imágenes en la red. Hay muchas. (Imagen: Olle Norling, circarq.wordpress.com).

 

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Panorámica exterior del hotel de Borgafjall. (Imagen: circarq.wordpress.com).

 

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Vista interior del salón del hotel, con múltiples muestras de un diseño de mobiliario a todas luces innovador para la época. (Imagen: ribaj.com).

 

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La cicudad ártica ecológica en Svappavara, ilustrada artísticamente. Queda bastante claro el concepto general de "cobertura" o "caparazón" protector. (Imagen: Lars Harald Westman, illustrator. [ArkDes Collections], placesjournal.org).

 

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Maqueta de una de las construcciones "separadas" dentro de la herradura de la ciudad ártica canadiense. Llegó a diseñar diversos modelos de lo que parecen ser viviendas independientes. (Imagen: digitaltmuseum.se).

 

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Diferentes perspectivas de las viviendas adosadas que constituirían la barrera exterior de la herradura protectora de Resolute Bay. (Imagen: sensesatlas.com).

 

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Representación artística del proyecto de Resolute Bay. La idea es muy similar a lo ideado para Svappavara. (Imagen: (Imagen: circarq.wordpress.com).

Aunque Le Corbusier parece que hacía ejercicio y practicaba algo de deporte, no hay evidencias de que esquiara. Le atraían más el mar y los barcos. Pero está aquí, como veremos, porque sí que su obra tuvo algo de relación con el esquí. Ya en 1939 comenzó a proyectar un resort de verano e invierno para Serre-Meyrand (Hautes-Alpes), en Vars. Incluiría pistas de esquí, trampolines de salto, pista de patinaje, etc. Pero no se llevó a término. Pese a ello, su trabajo influyó sobre el desarrollo urbanístico de varias estaciones de esquí de los Alpes a través de su contacto con nuestra próxima protagonista. Por eso, pasaremos de puntillas sobre el arquitecto suizo en lo que se refiere al esquí, deteniéndonos apenas un poco en la que fue su particular cabaña: Le Cabanon.

«En 1952 construyó en Roquebrune-Cap-Martin, en la Costa Azul francesa, una cabaña minúscula en la que pasó siempre que pudo todos los veranos del resto de su vida. De ella llegó a decir: “Tengo un castillo en la Costa Azul que tiene 3,66 x 3,66 metros. Una puerta minúscula, una escalera exigua y el acceso a una cabaña incrustada debajo de los viñedos. Solamente el sitio es grandioso, un golfo soberbio con acantilados abruptos”». (Wikipedia).

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Cuidado y estudiado interior de Le Cabanon. Tanto Le Corbusiera como Erskine fueron aficionados a los barcos. Aquí se aprecia un estilo de diseño de estética y practicidad que recuerda a los interiores de una embarcación de recreo. (Imagen: etnastudio.com).

 

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Exterior de Le Cabanon. Discreto y bastante camuflado entre la vegetación y orografía de la costa. (Imagen: wikipedia).

 

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Croquis de distribución interior y otros detalles de Le Cabanon. (Imagen: etnastudio.com).

 

Desvelamos a partir de ahora quién fue esa arquitecta relacionada con Le Corbusier que tuvo un papel destacado proyectando edificios y urbanismo pensados para el esquí en los Alpes. Se trata de Charlotte Perriand, ¡Arquitecta y esquiadora! para mí, todo un descubrimiento.

Francesa, nacida en 1903 y fallecida en 1999, hay que considerarla como una mujer del siglo XX. Trabajó en el estudio de Le Corbusier como responsable de mobiliario e interiores durante diez años. De hecho, parte de su fama proviene de esos ámbitos de diseño. En 1935, integrada en aquel equipo de arquitectos, participó en un concurso convocado por la revista Architecture d'Aujourd'hui con el tema de trabajo: «La casa individual, para una familia compuesta por los padres y tres hijos» (que debería de ser ligera y desmontable), para el que propuso una casa de fin de semana. Hay que tener en cuenta que el concepto de weekend estaba empezando a germinar en Francia en aquella época, ligado a movilizaciones en busca de algunas de las mejoras sociales y laborales que se fueron implantando entonces y con posterioridad. Su propuesta era una especie de tienda de campaña de madera y metal, elevada medio metro sobre una plataforma. Estaba compuesta por un número variable (en función de las necesidades y el presupuesto disponible) de celdas yuxtapuestas, de 9m² cada una. El concepto de lo modular, ya para entonces uno de los referentes del estudio, quedaba patente.  Obtuvo la segunda mención del concurso.

Tal línea de trabajo, muy acorde con el concepto de cabaña que este artículo viene desarrollando, tuvo continuidad con nuevos proyectos como el:

«[…] Refugio Bivouac (1936-1937, ingeniero André Tournon), instalado en la ladera del Monte Joly, en Megève, Alta Saboya. Éste podía acoger a seis personas en 8m², estaba compuesto por elementos prefabricados que se articulaban en torno a un armazón de tubos de aluminio ligeros pero robustos. Todos ellos se podían ensamblar en tan solo cuatro días. El equipamiento interior estaba pensado para que fuera muy compacto, fácilmente transportable, con una cuidada funcionalidad y ajustado económicamente. El mobiliario fue concebido antes que la arquitectura, lo cual fue novedoso en su tiempo, con el fin de que se integrase plenamente en el conjunto de la estructura. Estas innovaciones fueron desarrolladas junto con Jeanneret y Le Corbusier, a partir de los estudios para la celda de 14m² en los que habían trabajado previamente». (Wikipedia).

Como mínimo, diseñó otros tres refugios de montaña más: Cable refuge, Tonneu refuge y Shelter of double construction. Sin embargo, en relación con la arquitectura para el esquí, su trabajo más sonado fue la participación, entre 1967 y 1986, en la concepción de la estación de Les Arcs. Tanto en su arquitectura y urbanismo, como en el acondicionamiento interior de los inmuebles. Como arquitecta se encargó, como mínimo, del proyecto del primer hotel de Les Arcs 1600 y del edificio La Cascade. A medida que el resort continúo desarrollándose, intervino en la construcción de más inmuebles: Le Versant Sud (1974), Belles-Challes y Lauzières (1976); y Mirantin I, II y III (1985-1987) en Les Arcs 1800.

Conocí Les Arcs en enero de 1987. En aquellos años viví un periodo de mucha intensidad de esquí, con temporadas que rondaban los 40 días de esquí al año, incluyendo dos o tres viajes a los Alpes (preferentemente franceses) por temporada. En Les Arcs estuve esquiando una semana. Ahora ya no recuerdo de si me alojé en 1600 o 1800, y menos aún si el edificio de apartamentos en cuestión fue obra del equipo de Perriand o no. Para colmo, en aquel viaje no hice fotos, mi afición fotográfica llegó apenas uno o dos años después. Sin embargo, recordaba que, como dominio esquiable, el resort me había gustado mucho por su variedad de pistas, la inclinación de algunas de ellas, los numerosos trazados en bosque y la posibilidad de cambiar a menudo de vertiente, pese a no tratarse de un dominio tan extenso como otros de su entorno. No conseguía rememorar imágenes de los edificios, pero sí que recordaba que, al menos entonces, el urbanismo estaba organizado en tres espacios concentrados y bien diferenciados entre sí, como si de tres núcleos o poblados independientes se tratara y procurasen agazaparse discretamente en los pliegues de las montañas, pese a buscar un evidente rendimiento de habitabilidad. Me había gustado el concepto y no me había resultado, entonces, tan agresivo como otros resorts franceses caracterizados por un desparrame de edificación más desorganizado y de aspecto demasiado dispar e incoherente en sus propuestas. Recientemente regresé a Les Arcs y aproveché para observar su arquitectura con nuevos ojos. Ya escribí recientemente sobre ello en el artículo sobre Paradiski.

Pero ¿y ella? Pues trabajó toda la vida en el diseño y la arquitectura, con etapas importantes en Japón y otros países asiáticos, vivió fases de convencido y activo posicionamiento político de izquierdas y, esto es lo que más tiene que ver con el asunto que nos traemos entre manos, fue una amante y asidua practicante de actividades de montaña. Tanto del montañismo tradicional como del esquí alpino y de travesía. Así pues, no debería de extrañarnos que, aparte de la aplicación de su ingenio al diseño de refugios de alta montaña (con excelente conocimiento de causa por experiencia propia), entre 1960 y 1961 se construyera su propio chalet en Meribel. Partiendo de una cabaña original, diseñó un chalet poco ostentoso, precioso y con evidente aplicación de sus preferencias de diseño. Un repaso a muchas fotografías de su interior permite hacerse una idea de una equilibrada combinación entre lo confortable y estiloso, sin abandonar la sencillez y practicidad que se espera de un refugio personal minimalista que pretende acercarse, al menos conceptualmente, a la idea de cabaña.

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Versión actual de "La casa de fin de semana". Su tamaño depende de las necesidades y previsión de gastos de los propietarios. Lo que a los ojos actuales nos puede recordar a un bungalow de camping, hay que mirarlo con los ojos de los años treinta del siglo XX. (Imagen: ambientesdigital.com).

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El "Refugio Bivouac" instalado en un collado. Ligereza y resiliencia de construcción. Ambas, nociones que, en la actualidad, se han ido incorporando a la construcción de refugios de alta montaña mucho más ambiciosos. (Imagen: latinys.com).

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Charlotte Perriand, muy sonriente, posando con sus colegas durante la construcción del Bivouac. (Imagen: latinys.com).

 

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Refugio Tonel exhibido en la actualidad en otro contexto. (Imagen: socks-studio.com).

 

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Interior del "Refugio tonel". Muchos detalles de su practicidad, aprovechamiento espacial y aislamiento térmico. (Imagen: Marc Domage. © F.L.C./ADAGP, Paris; © ADAGP, Paris; © AChP, artforum.com).

 

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Charlotte en plena travesía sobre esquís. De nuevo, con la sonrisa en el rostro. (Imagen: urbanbrainsnacks.org).

 

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La arquitecta, con los esquís (por cierto, de gran longitud) al hombro, en un paso más delicado. (Imagen: Jacques Barsac issuu.com/accpublishinggroup/docs/charlotteperriand.anarchitectinthemountains_blad).

 

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Con un grupo de esquiadores. Momento de reagrupamiento en plena travesía. Hay quien parece que está encerando, como si, tras un ascenso, le tocara el turno a un descenso. (Imagen: archives Charlotte Perriand ADAGP, loeildelafotographie.com).

 

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Detalle del interior del chalet de Perriand en Meribel. Minimalismo, sencillez, elegante sobriedad y comunión entre la tradición y la modernidad. (Imagen: communedesign.com).

 

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Vista exterior del chalet. Discreción en el interior del bosque. Mucha luz, gracias a las generosas superficies acristaladas que conviven con la madera y la piedra. (Imagen: Photography Fred Lahache for Milk Decoration, & Ambroise Tezenas for W Magazine, tigmitrading.com).

Esto se acaba, lo afirmo consciente de cuánto ha dado de sí y del exceso que ha acabado suponiendo en contenido de texto e imágenes. Habiéndose convertido casi más en una lectura para tomarse con mucha calma, dentro de una cabaña, mientras fuera, a la intemperie, cualquier borrasca invite a no salir del hogar. O tal vez, si se me apura, como lectura intermitente de descanso y motivación, para cuando alguien que se haya animado a construir su propio refugio necesite reposo. Cierro el artículo con otro arquitecto, Philip Johnson, conocido por su The Glass House y el AT&T Building de Nueva York, además de una ingente y espectacular sucesión de ambiciosas obras, siendo aquí la primera de ellas la que realmente encaja en nuestra temática.

Johnson está considerado como un arquitecto modernista y postmodernista. Es una figura emblemática en la historia de la arquitectura, además de haber sido un personaje muy influyente en su país, como atestiguan numerosas fotos en las que aparece junto a personalidades como un entonces joven Donald Trump, Jackie Kenedy, etc. Era un hombre adinerado y en su juventud se sintió seducido por Hitler y el nazismo, algo que de lo que acabó renegando a partir de la irrupción de los EEUU en la II Guerra Mundial. Tuvo importantes responsabilidades artístico-culturales relacionadas con la arquitectura. Su Glass House, levantada en New Canaan (Connecticut), se terminó en 1949 y estaba claramente influenciada por la Casa Farnsworth de Mies van der Rohe, uno de sus admirados arquitectos. Más tétrica parece otra inspiración igualmente reconocida por el arquitecto, procedente de haber visto los esqueletos estructurales que permanecían como únicos restos de las casas arrasadas por ejercito alemán durante la invasión de Polonia, de la cual Johnson fue testigo. En todo caso, el resultado fue espectacular.

«[…] es un rectángulo acristalado de 8 por 10 metros, situado en el borde de una cresta de la finca de Johnson, con vistas a un estanque. Los laterales del edificio son de cristal y acero pintado al carbón; el suelo, de ladrillo, no está a ras del suelo, sino que se eleva 10 pulgadas por encima. El interior es un espacio abierto dividido por armarios bajos de nogal; un cilindro de ladrillo contiene el cuarto de baño y es el único objeto que llega del suelo al techo». (Wikipedia).

La casa la proyectó para su tesis en la Universidad de Harvard, y realmente fue su residencia habitual a lo largo de la mayor parte de su vida. Si es forzado o no su parentesco con un concepto de cabaña o refugio personal lo dejó a criterio de cada lector, en mi opinión, sí que posee algunas claves de ello. En todo caso, alguna trampa incluyó:

«Como todos los extremos, la transparencia de la Glass House necesitaba un contrapunto que permitiera al habitante refugiarse de la exposición a la que se veía inevitablemente sometido: la Brick House. Construida al mismo tiempo que la de vidrio, la casa de ladrillo albergaba las instalaciones y proporcionaba intimidad al arquitecto cuando la requería, en cuyo caso podía acceder a través de un pasadizo escondido, accesible a través del núcleo del baño, que conecta ambas casas. Sólida y opaca (aunque dotada con grandes ventanas que llenan de luz el interior), conserva las mismas dimensiones y se encuentra prácticamente enfrentada a la casa de vidrio». (Candela Oliva).

Eso sí, el interior de la pieza opaca da muestra de lujosa sofisticación y una atmósfera casi sabática, con detalles hasta de inspiración del oriente próximo.

En su finca de New Canaan fue construyendo diferentes edificios (pabellones y galerías de arte) y dos casas más por la zona. A lo largo de su carrera proyectó muchos tipos de edificios diferentes para cometidos distintos y dimensiones muy dispares (catedrales, salas de exposiciones, rascacielos corporativos (la madrileña Puerta de Europa entre ellos), sedes artísticas, bibliotecas…). También varios jardines públicos, uno de ellos, los Jardines Acuáticos de Fort Worth, caracterizado por peculiares estanques o piscinas.

Su conexión con el esquí resulta, por lo que yo sé, muy remota. Mas como posible fuente de influencia e inspiración en arquitectos implicados en proyectos de estaciones de esquí, que por vivencias personales directas. Un ejemplo de lo primero lo encontramos en su relación con la pareja de mecenas, promotores y empresarios Eric and Sylvie Boissonas, para la cual proyectó dos casas residenciales. Una, un casoplón en New Canaan, por lo que, además de amigos, eran vecinos (suyos y del famoso arquitecto Marcel Breuer); y la otra, una llamativa y espectacular residencia veraniega en Cap Bénat (Francia). Esta pareja francesa, como promotores, junto con Breuer (arquitecto principal) y otros implicados fueron los responsables del utópico proyecto de estación de esquí de Flaine, icónico resultado donde los haya, en el sentido de haber generado todo tipo de controversias. Fue iniciado en los años 60 como apuesta radicalmente funcionalista en el entorno del Grand Massif. Se trata de un conjunto peatonal y futurista e incluye un museo al aire libre con obras de Picasso y otros artistas contemporáneos. En años recientes, su ampliación ha incluido una zona de chalets algo más clásica que contrasta con su idea original, caracterizada por una arquitectura brutalista. El resultado: un paraje invernal de montaña singularmente fotogénico como fuente de plasticidad creativa y de contraste visual, pero más bien feo y agresivo desde una perspectiva meramente humana y paisajística. Casi lo opuesto al concepto de cabaña al que ha tratado de homenajear este artículo.

Cabañas donde crear

"The Glass House" de Johnson. Un concepto limpio a la vez que radical. (Imagen: wikipedia).

Cabañas donde crear

Otra vista de la casa, en este caso rodeada de nieve. (Imagen: Carol Highsmith, metalocus.es).

Cabañas donde crear

Disposición de los dos módulos. El "opaco" en primer plano, el acristalado al fondo. (Imagen: nytimes.com).

 

Cabañas donde crear

"Suntuoso minimalismo" interior del segundo bloque. Las columnas le aportan un toque casi arabesco. (Imagen: Julius Shulman and Juergen Nogai, townandcountrymag.com).

Cabañas donde crear

Flaine: para bien o para mal, aspecto de uno de los rincones más icónicos del resort. Desde muchos puntos de vista, todo lo contrario a los conceptos de cabaña que se han venido tratando en este artículo. (Imagen: alastairphilipwiper.com).



[1] AGRASAR QUIROGA, Fernando; BARCALA, Eva; DUQUE, Félix; MOLINA, César Antonio; OUTEIRO FERREÑO, Eduardo; PEÑA LOMBAO, María; R DE LA FLOR, Fernando; RUIZ DE SAMANIEGO, Alberto; VÁZQUEZ, Xesús.: “Cabañas para pensar”. Maia ediciones. Madrid, 2011).

[2] CLEMENTE QUINTANA, Enrique: “El proyecto de la casa de Ludwig Wittgenstein en Skjolden, Noruega”. Universitat Politècnica de València. Fecha de defensa: 06 de octubre de 2015.

[3] ARGÜELLO, Javier: “El día que inventamos la realidad”. Debate. Barcelona, 2025.

[4] CRITCHLEY, Simon: “Misticismo. La experiencia del éxtasis”. Sextopiso. Madrid, 2025.

Sin título

 

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6 Comentarios Escribe tu comentario

  • #1
    Fecha comentario:
    31/07/2026 12:36
    #1
    Impresionante report como siempre. Gracias.
    Me ha sorprendido, porque creía haber leído que Jack London nunca visitó Alaska, y que todo fué fruto de su imaginación desde la distancia. Veo ahora que no, y me alegro de no seguir con el dato equivocado. :+: :+:

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    • Gracias!
  • #2
    Fecha comentario:
    31/07/2026 13:05
    #2
    #1 Muchas gracias.
    Sí que estuvo, fue allí huyendo de la pobreza. No encontró oro, pero sí muchas historias que contar. Y las pasó canutas, entre otras cosas, por lo visto, por sufrir escorbuto.

    karma del mensaje: 16 - Votos positivos: 1 - Votos negativos: 0

    • Gracias!
  • #3
    Fecha comentario:
    03/08/2026 16:55
    #3
    interesante articulo :+:

    karma del mensaje: 14 - Votos positivos: 1 - Votos negativos: 0

    • Gracias!
  • #4
    Fecha comentario:
    06/08/2026 18:24
    #4
    Muy interesante, desde siempre el ser humano busco un lugar donde refugiarse y nada mejor que una de las tantas cabañas de tú artículo, con algo sencillo como un salón , una cama y una chimenea sería lo ideal para disfrutar de una cabaña en la naturaleza.

    karma del mensaje: 14 - Votos positivos: 1 - Votos negativos: 0

    • Gracias!
  • NES
    NES
    #5
    Fecha comentario:
    10/08/2026 11:54
    #5
    :+: :+:

    karma del mensaje: 14 - Votos positivos: 1 - Votos negativos: 0

  • #6
    Fecha comentario:
    10/08/2026 12:23
    #6
    #4 Y es que cuanto más sencillo, menos trabajo de mantenimiento y cuidados. ;)

    karma del mensaje: 0 - Votos positivos: 0 - Votos negativos: 0

    • Gracias!

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