En este mundo hay gente para todo. Coleccionistas de arte, de coches clásicos, de libros antiguos e incunables, de sellos, monedas… la diversidad de aficiones parece ilimitada. Yo, que, sin llegar a coleccionarlas, he hecho acopio de un buen conjunto de bicicletas clásicas (principalmente porque, además de gustarme, resultan muchísimo más asequibles que las motos o coches clásicos), conozco a varios coleccionistas de maillots y a uno que busca y clasifica las insignias de los tubos frontales de las bicicletas con el emblema de la marca. Personalmente paré de acumular bicicletas hace tiempo, y me interesan mucho más los esquís: viejos y antiguos (¡se admiten donaciones!).
«Con mucha frecuencia los objetos coleccionados son desechos de la sociedad, los ha superado el avance de la técnica, se han utilizado y son descartables, están pasados de moda, despreciados, no se consideran elegantes. [...]. Su valor sólo puede residir, si no es en su utilidad, en su significado; significan algo, representan algo, conllevan asociaciones que los hacen valiosos para el coleccionista. [...]. No se trata de lo que son, sino de lo que representan, de la promesa que contienen. [...]. Al mismo tiempo, una colección crea una autoridad sobre el ámbito escogido, pues al coleccionista le corresponde clasificar, incluir o excluir, elegir». (BLOM, Philip: "El coleccionista apasionado. Una historia íntima". Anagrama. Barcelona, 2013).
Entre la afición coleccionista (o simplemente admiradora) hay una que, aun siendo más bien algo específica, no anda muy lejos del coleccionismo artístico. Me refiero al interés por los muebles de diseño. En los ámbitos del arte contemporáneo hace décadas que se discute y reflexiona mucho sobre lo que es arte y lo que es diseño, porque, llegados a determinados niveles de creatividad y belleza, lo segundo se aproxima, alcanza y ocasionalmente supera a lo primero. Entre las reflexiones más acertadas que he encontrado con respecto a la diferenciación entre arte y diseño está una que plantea que para este el objetivo final (o una de sus principales intenciones) ha de ser la función. Que lo creado sirva para algo, más allá de que resulte decorativo. Además, normalmente, si tiene una misión funcional, por añadidura debería ser replicable, es decir, no ha de pretender mantenerse como objeto único, sino ser reproducido de forma seriada (dependiendo de la mayor o menor dimensión de la serie, el objeto resultará más o menos exclusivo).
El arquitecto Óscar Tusquets Blanca reflexiona muy acertadamente sobre todo este asunto del arte, la artesanía y el diseño en El fetichismo de la obra original, El mejor diseño español de todos los tiempos y en ¿Demasiado diseño?, todos ellos artículos incluidos en TUSQUETS BLANCA, Óscar: "Todo es comparable". Anagrama. Barcelona, 2003.
Ya metidos dentro del ámbito del diseño, como adelantaba, una temática bastante clásica dentro del mismo es la de los muebles. El mobiliario de diseño tiene sus seguidores, coleccionistas, aficionados, expertos, etc. Lo difícil, dentro del diseño en general, e igualmente dentro de cada sector específico (en este caso el mobiliario), es distinguir, poner la raya, esa línea roja que ahora repiten hasta el empacho nuestros políticos, que separe el Diseño (alto diseño), ese cercano al arte, ese reconocido como admirable, del diseño sin más, burdo, feo, popular, aunque con mucha frecuencia funcione perfectamente. Ambos tipos de diseños no deberían distinguirse ni por el precio, ni por el tamaño de sus tiradas (volúmenes de producción), aunque en muchas ocasiones sí lo hacen. El ejemplo lo podemos tener en Ikea, empresa que con alguna frecuencia replica en cantidades industriales muebles exitosos creados por algún diseñador de prestigio. A veces copiándolo, otras encargándoselo originalmente.
Aunque no me considero aficionado a los muebles ni entiendo de ellos como seguidor de sus diseñadores más populares, sí que he de reconocer haberme sentido gratamente impresionado por los muebles contemplados en alguna que otra exposición. Me ha sucedido recorriendo algunos palacios, inmuebles históricos, etc. Tales ocasiones, muchas veces se nos presentan como miradas a un pasado que calificamos de histórico. Cuando es así, abandonamos inconscientemente la denominación de diseño y nos aferramos a la de antigüedades. Alejados del aspecto palaciego e histórico, hace ya décadas disfruté de la visita a un museo etnográfico que hay en Innsbruck. Creo que es el Tiroler Volkskunstmuseum - Tiroler Landesmuseen (Museo de arte popular del Tirol), y en él pueden encontrarse algunas salas que representan íntegramente las estancias de típicas casas de granjas tirolesas reales. Es decir, han trasladado a varias salas del museo las cocinas, salones, dormitorios, etc. de algunas granjas bien conservadas, casi todas ellas caracterizadas por estar completamente forradas de madera. En este caso, nuestro click lingüístico-conceptual ya no nos habla tanto de antigüedades, sino más bien de mobiliario rústico, pero todavía nos cuesta calificarlo como diseño (aunque en el fondo lo sea).
Más impactante todavía me resultó mi primera visita al Museo d’Orsay en París, al que he regresado alguna que otra vez. En aquella primera ocasión, recorriéndolo completamente y con tiempo, dimos con una zona dedicada a muebles de estilo modernista, art déco y/o art nouveau[1]. Nos quedamos maravillados ante el espectacular trabajo sobre las maderas, al logro de las curvas y a la estilización conseguida en muebles que, muchos de ellos, eran enormes y, sin embargo, desprendían ligereza y estilo. Sí, ya sé lo que están ustedes pensando, que aquello ya sí, que a eso la mayoría ya lo calificamos como diseño.
Me permito una última visita. Una vez viajé unos pocos días a Basilea para participar en un evento deportivo (por cierto, muy relacionado con la afición coleccionista). Gracias a los consejos previos de un amigo arquitecto, descubrí algunos detalles fascinantes en aquella ciudad suiza. Asuntos relacionados con el pasó del Rin por la urbe (y con el uso y disfrute que sus vecinos hacen del río), con el arte, la arquitectura… y los muebles de diseño. Y es que, «después de tomar unos tranvías y un autobús que nos dejaron un poco más allá de la frontera con Alemania, hacia el norte, nos adentramos en el campus de la fábrica de muebles (especialmente sillas) Vitra. Esta visita, inicialmente propuesta como una oferta corporativa, se ha convertido, por méritos propios, en un destino cultural especialmente relacionado con el diseño y la arquitectura. La idea es muy acertada: un fabricante de prestigio hace de su sede principal un campus en el que diferentes edificios cumplen distintas funciones, algunas de ellas de gran interés para el público general y potenciales consumidores. Cada edificio ha sido encargado a un arquitecto o estudio, todos ellos de gran prestigio internacional, generando una diversidad suficiente como para hacer del amplio recinto un verdadero museo de arquitectura a tamaño real. El pabellón de conferencias es de Tadao Ando, el museo de diseño de Frank Gehry y así sucesivamente. El mayor protagonismo (exterior e interior) lo tiene la “Casa Vitra” (de Herzog & Meuran), que consiste en una especie de pila de “lofts” amontonados con estético desorden, unos encima de otros, creando un patio cubierto inferior y una génesis de espacios interiores de lo más sugerente y luminoso. Dentro, los extremos acristalados de cada espacio, los amplios volúmenes diáfanos, la esmerada decoración aplicada por los diseñadores y los propios diseños del fabricante completan ese espectáculo para los sentidos, y hacen al visitante sentirse bien, paseante y hasta dueño temporal de la vanguardia del diseño del hogar».[2]
Disfrutando de las comodidades Vitra en su sede principal. (Imagen propia).
Una de las salas de muestra dentro del edificio de exposición de Vitra. (Imagen propia).
Edificio dedicado a la exposición de mobiliario: Casa Vitra. (Imagen propia).
El asunto de los muebles viene a colación porque, recientemente, me he topado con un buen lote de ellos cuando desalojábamos una antigua vivienda familiar para su venta. En el conjunto había piezas antiguas de aspecto bastante tradicional, pero también algunas otras vintage que claramente habían sido de rabiosa moda en las décadas de los años 50 o 60. Me encantaron, me trajeron recuerdos y me los quedé. De que los muebles son buenos no me cabe ninguna duda porque se conservan muy bien a pesar del tiempo transcurrido, gran parte de él soportando la ajetreada vida de una familia numerosa (de las de antes). He conseguido fecharlos porque pertenecieron a mis padres (de ahí mis recuerdos) y, tirando del hilo de la historia familiar, sé que se compraron nuevos en 1958. Entonces fueron caros y de última tendencia. Desconozco si son de autor o no, pero presentan diseños que entonces eran muy vanguardistas, y calidad contrastada en su acabado y materiales. Se los he pasado a una amiga restauradora para una puesta a punto y me ha asegurado que merecen totalmente la pena.
Y toda esta larga introducción, habitual seña de identidad de mis publicaciones, que lo mismo sirve para ahuyentar a los internautas compulsivos (la mayoría) como para reforzar positivamente a los aficionados a mis artículos (si es que hay alguno), viene a cuento de presentar al personaje que nos ocupa: Carlo Mollino, un hombre renacentista (en el sentido de dedicarse a muchas cosas diferentes) del siglo XX. Como enseguida veremos, Mollino atesora un gran prestigio internacional por varios logros profesionales, pero uno de ellos, el que en su día me llamó la atención por relacionarlo con la reciente recuperación de mis muebles, fue el de diseñador de mobiliario. Pero es que, además, proyectó edificios, ejerció como interiorista, fotógrafo, escritor, esquiador, diseñador de coches de carreras, profesor de universidad y piloto de vuelo acrobático. ¡Casi nada!
Carlo Mollino (Turín, 1905-1973) fue, principalmente, aunque no únicamente, un arquitecto que se mantuvo siempre intentando conjugar e integrar los aspectos técnicos de sus múltiples quehaceres y creaciones, con los artísticos. Aunque su figura daría mucho de sí, aquí nos limitaremos a atender un poco a sus facetas como arquitecto, fotógrafo, escritor y piloto, relacionándolas todas ellas con el esquí. La del diseño de muebles la dejo para los más curiosos o aficionados, para que indaguen por su cuenta. En cualquier caso, tiene algunos diseños fascinantes y, una vez repasadas algunas de sus colecciones, puedo afirmar que los míos, esos que he utilizado como disculpa para acercarme a su figura, tienen bastante que ver, en estilo y estética, con algunos de los del italiano. Algo hasta cierto punto lógico teniendo en cuenta las fechas.
Calificar el estilo de Mollino como arquitecto resulta difícil porque fue muy cambiante y porque él mismo, en determinados momentos, se definía como Ecléctico. Tuvo momentos, influencias y tendencias de modernismo, futurismo, surrealismo y expresionismo, brutalismo, toque metafísico, racionalismo, etc. en su desempeño arquitectónico, así como orgánico y promotor del movimiento arabesco. Casi todo ello, también aplicado en diferentes momentos al interiorismo y al diseño de muebles (en dicho campo, sobre todo, surrealista, orgánico (acercamiento biológico), lineal y post-moderno, sucesivamente). Pero toda esta terminología se la dejo a los expertos. Con lo que me quiero quedar aquí es con ejemplos de su trabajo arquitectónico relacionado con el esquí y la montaña.
Entre 1945 y 1954 se levantó un edificio de apartamentos proyectado por Mollino en Cervinia: La Casa del Sole. Muestra una estructura moderna con clara doble orientación al sol y a la sombra, coronada con un desequilibrio, provocado gracias a una villa a modo de nido de águila con, imagino, unas vistas privilegiadas. Aunque una primera impresión nos pudiera hacer pensar que se trate de un bloque de apartamentos más, el edificio merece cierta contextualización. Antes de la II Guerra Mundial, Mussolini había dado un fuerte impulso al desarrollo de la industria turística del esquí en Italia. Nada más finalizar el conflicto armado, a Italia fueron llegando fondos internacionales de reconstrucción (Plan Marshall) y parte de ellos se dedicaron a volver a potenciar el turismo de esquí, que entonces se planificaba pensando ya en grandes afluencias de público y, por lo tanto, teniendo que contar con mucha habitabilidad. Desde aquel momento, los edificios de pisos empezaron a proliferar en muchas de las estaciones invernales italianas y europeas. Este en concreto, camufla el hormigón con balconadas y vidrios en una de sus dos fachadas principales, forrando de piedra las laterales y con mucha madera en la trasera. Todo ello, el recubrimiento de aspecto natural, sería tendencia para dulcificar muchos edificios posteriormente.
El edificio de Carlo Mollino en Cervinia, vista de su fachada soleada. (Imagen propia).
Interior de uno de los apartamentos del edificio. Decorado con mucha madera, la mesa parece claramente diseñada por Mollino, y es probable que la silla también. (Imagen: carlomollino.org).
Otro detalle interior. Como más adelante veremos, Carlo Mollino tuvo mucha relación también con Sestriere y Sauze d'Oulx. La última vez que estuve en Sestriere (2024) me alojé en un apartamento grande decodaro con un estilo muy similar con mucha presencia de suelos y paredes acabadas en tablas de madera. (Imagen: Leeo Castello en carltalks.wordpress.com)
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Fachada trasera del edificio. Menos ventanales, cobertura de madera, así como presencia de piedra en la planta baja y los dos flancos del bloque. (Imagen propia).
Fachada principal en paralelo con el Cervino. (Imagen propia)
El edificio en contraste con los principales edificios de su entorno que existían cuando se construyó. Es evidente que aquello supuso una ruptura estilística, que imagino no estuviera exenta de polémica. Guste (actualmente) el edificio o no, mérito de diseño no le faltó a su autor. El Cervino... omnipresente. (Imagen propia).
Una última imagen del edificio en la actualidad. (Imagen propia).
Del periodo 1946-1947 es su Stazione Lago Nero. Localizada en Sauze d’Oulx, era la estación de llegada de un sistema de trineos elevadores, y albergaba un bar-restaurante y servía de refugio. Como curiosidad, la cubierta engarza un tejado a dos aguas que da al norte, con otro de vertiente única orientado al sur. De estructura principal de hormigón armado, hay cobertura de madera en los pisos superiores.
Vista posterior del edificio de Mollino en Sauze d'Oulx (Imagen: Berkialla-Bressano, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons).
Mismo edificio en su vista fronto-lateral. (Imagen: architectureofdoom en tumblr.com).
Aspecto lateral que permite apreciar con más detalle la intersección entre los diferentes planos de la cubiera, así como la saliente y algo "volada" terraza, estilo que Carlo Mollino volvería a mostrar en otros proyectos. (Imagen: Berklialla-Bressano en ft.com).
Su Casa Capriata, casa en un árbol, fue un proyecto de entre 1946 y 1954. Aunque no ejecutó ninguna, era una propuesta para que algunos esquiadores se construyeran casas particulares en entornos de alta montaña. Toda ella, prácticamente, hecha con madera. En 2008, el arquitecto Guido Calligari construyó una siguiendo las pautas marcadas por el proyecto de Mollino.
Boceto de la idea, la cual ya prometía algo espectacular. (Imagen: carlomollino.org).
Refugio alpino "Carlo Mollino" ejecutado por Guido Callegari. La idea llevada a la realidad en tiempos actuales. (Imagen: Alta Visione en archilovers.com).
Detalle del interior de la casa. Más guiños a Mollino: paredes forradas con madera, mesa y sillas al más puro estilo suyo (si la mesa no es un diseño Mollino, pretende acercársele mucho). Las piezas de mobiliario están comercializadas por un fabricante contemporáneo. (Imagen: B. Gallizzi para archilovers.com).
Ya en la década de los cincuenta, el gobierno regional del Valle de Aosta le encargó un bloque de viviendas sociales. Está ubicado en el Viale Maternità, en el centro de Aosta, y por ello recibe el nombre de Casa Maternità. Partiendo del racionalismo italiano prebélico, lo complementa con acabados coloridos y variados en hormigón, piedra, cerámica o vidrio.
Seguimos con las montañas por los alrededores. La fachada principal tiene balaustradas de cerámica, y en los balcones hay porciones de suelo compuestas por bloques de vidrio grueso. (Imagen: censimentoarchitetturecontemporanee.cultura.gov.it).
Esquina y flanco del edificio en su estado actual. El rectángulo de hormigón que enmarca toda la fachada de balcones está ligeramente desplazado con un poco de voladizo, buscando dar algo de dinamismo y singularidad al bloque. (Imagen: censimentoarchitetturecontemporanee.cultura.gov.it).
Aspecto original del edificio de Aosta recién construido. (Imagen: carlomollino.org).
Agra es una localidad situada junto al Lago Maggiore, muy cerca de la frontera con Suiza. Allí, la familia Cattaneo encargó a Mollino una residencia alpina que resultó espectacular. Data de 1952-1953. Con una amplia terraza cubierta volada, originalmente, la casa estaba camuflada con tejas esmaltadas de color verde y amarillo. Algunos le encuentran inspiración en detalles del norteamericano Frank Lloyd Wright. Tengan o no razón, a mí este chalet me fascina.
Detalle del interior de la casa original. De nuevo la madera y muebles de Mollino. (Imagen: artículo: PACE, Sergio: “Mirare al paesaggio. La casa Cattaneo di Carlo Mollino sull’altopiano di Agra”. 2019 Archalp. academia.edu.).
Frontal "volado" de la casa. (Imagen: artículo de Sergio Pace).
Croquis del proyecto. (Imagen: artículo de Sergio Pace).
Espectacular aspecto actual de la casa. La cual, por cierto, como también ha ocurrido con las de algunos de los escritores "crápulas" de las Rocosas, parece haber caído en las garras de las multinacionales de alojamientos turísticos. (Imagen: airbnb.mx).
Otra imagen actual. Personalmente el chalet me parece de lo más apetecible. (Imagen: airbnb.mx).
La Gran Baita Hotel en Cervinia (en 1955). (Imagen: Emilio Ronchini Mondadori vía Getty Images en readymag.com).
Lamentable estado actual de La Gran Baita Hotel. Tras su incendio en 1973, imagino que se mantiene a la espera de algún proyecto de recuperación a causa del significativo valor histórico que se le pueda estar atribuyendo. En cualquier caso, la cuestión urge. (Imagen propia).
La historia de La Gran Baita Hotel la conté en mi reportaje dedicado a Breuil-Cervinia y Zermatt. Es interesante y previa a la intervención de Carlo Mollino, que se limitó a participar en una de sus remodelaciones y rehabilitaciones en los años cincuenta.
«Como arquitecto, sus obras [en Breuil-Cervinia] se limitan a la estación de montaña del teleférico de Furggen y a la Casa del Sole. También colaboró en la renovación del hotel del teleférico La Gran Baita y supervisó el acondicionamiento de la boutique Leo Gasperl y del restaurante Pavia en la Casa del Sole». (Michaël Armagan Aydogan: "Untold stories, Development of an archittetura alpina : Carlo Mollino’s tracks on the ski resort of Cervinia". Enero 2024. réactiver.mélasse.bercer).
Los rascard son unas típicas construcciones de montaña del Val d’Ayas. Están construidas completamente en madera y se utilizaban como espacios de almacenamiento de grano, cosechas, comestibles, etc. para protegerlos de la humedad, los roedores y otros agentes dañinos. Quedaban elevados sobre varios soportes de madera en forma de columnas coronadas por una losa circular de piedra. Algunos de ellos estaban incorporados a la casa familiar como una tercera altura (soportes incluidos), quedando la segunda como vivienda y la planta baja como cuadra. Digamos que un rascard (el modelo sencillo) es una versión alpina de un hórreo o una panera asturianas o gallegas. El matrimonio Garelli adquirió uno en 1964 para convertirlo en residencia de montaña, encargándole a Mollino el proyecto, que se llevó a cabo entre 1963 y 1965. El Taleuc Rascard fue desmontado completamente y trasladado a Champoluc (estación de esquí Monterosa). El trabajo realizado por Mollino fue escrupulosamente respetuoso desde un punto de vista etnográfico, incorporando únicamente la base y una escalera de hormigón exterior.
Delicioso interior combinando madera (menos barnizada) con cerámica y cristal. (Imagen: Marcello Mariana en marcellomariana.it).
Estiloso interior con muebles "de diseño". (Imagen: Marcello Mariana en marcellomariana.it).
Detalle de un soporte, actualizado en piedra. (Imagen: Marcello Mariana en marcellomariana.it).
El conjunto procura respetar bastante la arquitectura local. Un curioso detalle son las estilizadas "lanzas" que ejercen de barrotes en las ventanas de la planta baja. (Imagen: Marcello Mariana en marcellomariana.it).
Entre lo poco del exterior en lo que innovó Mollino está la escalera de acceso. (Imagen: Marcello Mariana en marcellomariana.it).
¡Más madera! que dirían los hermanos Marx. Detalle de la respetuosa reconstrucción del edificio original. (Imagen: Marcello Mariana en marcellomariana.it).
Pero pudo haber más. Mucho más, especialmente en Sestriere, estación sobre la que escribí en uno de mis artículos de destinos, perteneciente al dominio Via Lattea y, por muchos motivos, en especial el urbanístico y arquitectónico, todo un referente de la historia del esquí.
«Cuando Carlo Mollino diseñó un proyecto para un hotel del Club Med en Sestriere en 1973, que nunca fue ni construido ni publicado, él estaba al final, no solo de su carrera sino también de una era importante de la arquitectura que había comenzado justo después de la II Guerra Mundial y finalizaba con la crisis económica de los primeros años setenta. Durante ese periodo, un debate de la arquitectura moderna adquirió una nueva y creciente importancia enfocada sobre el contexto; la arquitectura alpina estaba en primer plano. El diseño del Club Med era la culminación de las series de Mollino que habían sido reflejo del modernismo. En los cincuenta, el concebía edificios para un público sofisticado, y su proyecto final era una megaestructura para el turismo de masas». (Viale, G.; traducción propia)[3].
Detalles del proyecto de Club Mediterranee para Sestriere, que no se llegó a construir. (Imagen: artículo de G. Viale citado).
Vista de la planta de II-III del edificio principal del complejo proyectado. (Imagen: artículo de G. Viale citado).
Localizacón prevista: visto desde el principal dominio esquiable de Sestriere, hubiera quedado por delante, aunque cerca, de las dos torres cilíndricas que tan identificable hacen al resort. (Imagen: artículo de G. Viale citado).
Otro proyecto para Sestriere que no se llegó a ejecutar, la pista de patinaje sobre hielo y su graderío. (Imagen: artículo de G. Viale citado).
Tampoco se ejecutó (todo esto fue justo antes del fallecimiento de Mollino) el edificio proyectado para la Escuela de Esquí de Sestriere. Presentaba dos opciones, esta es una de ellas. (Imagen: artículo de G. Viale citado).
La otra opción para la Escuela de Esquí. (Imagen: artículo de G. Viale citado).
No voy a adentrarme en la biografía de Carlo Morillo. Únicamente voy a extraer de ella unas breves pinceladas que nos sirvan de guía para indagar un poco más en algunas facetas de su vida que pueden interesarnos aquí. Evacuado de Turín a causa de los bombardeos durante la II Guerra Mundial, regresó a Rivoli para instalarse en la villa familiar en la que ya había pasado algunos periodos de su vida. Allí se dedicó, principalmente, a trabajar en dos de sus libros, uno sobre fotografía y otro sobre esquí. Ambos se publicaron en la inmediata postguerra. Así pues, la fotografía y el esquí son dos de los aspectos de su persona sobre los que habrá que profundizar un poco más. Aunque voy a aplazarlo algunos párrafos.
«Mollino pertenecía a una generación que creció en Italia en las décadas de los años diez y veinte bajo la influencia del futurismo de Tommaso Marinetti, bajo el mito de “acción”: el deporte y la máquina.
Buceando a través de las fotos del joven Mollino nos lo encontramos esquiando, escalando montañas entre rocas y nieve; vemos a su padre en un sidecar, o a ambos subiéndose a aviones; y no debemos olvidar que la industria mecánica era el corazón latente de la economía turinesa». (Napoleone Ferrari; traducción propia).
La práctica deportiva de Mollino se enmarcó en una concepción amateur. Tanto cuando practicaba actividades competitivas como cuando simplemente disfrutaba de ello en excursiones o por puro entretenimiento. Vamos a empezar por la aviación. Se sacó una licencia de piloto privado en 1956, y aquel mismo año se compró su primer aparato: un Jodel Aviojeep 1. A medida que empezó a volar, seducido por las acrobacias aéreas, contactó con el piloto suizo Albert Ruesch (un campeón mundial de la especialidad) para que le enseñara. Practicaba en el pequeño aeródromo de Porrentry, en las montañas de Jura, con biplanos Bücher amarillos. Con el tiempo, él mismo adquirió un Bücher Jungmann y más tarde un Zlin 226. Su habilidad le permitió incluso participar en certámenes nacionales e internacionales. En 1962 proyectó un aeroplano específico para la acrobacia, pero no encontró fabricante dispuesto a construirlo. De igual manera, tampoco salió adelante la idea de crear una escuela de acrobacia aérea en Turín. En la segunda mitad de la década de los sesenta, dejó la acrobacia por estar demasiado ocupado y por problemas de salud, pero continuó volando normalmente hasta poco antes de su muerte en 1973.
Carlo Mollino en pleno vuelo acrobático. (Imagen: carlomollino.org).
Como buen deportista teórico-práctico, estos son apuntes suyos que describen algunas maniobras aéreas. (Imagen: carlomollino.org).
Pasamos ahora a su etapa automovilística. Tenía fama de conducir rápido. De ser de esas personas con las que, una vez que ya te han llevado en coche en alguna ocasión, evitas que vuelvan a hacerlo.
«Siguiendo el éxito obtenido en las 24 Horas de Le Mans en 1954 por el farmacéutico turinés Mario Damonte con un Osca 1100, Mollino comenzó a trabajar modificando la carrocería del Osca para hacerlo más aerodinámico. Enrico Nardi, piloto experimentado, además de ingeniero y diseñador de coches, estuvo involucrado en el proyecto y los tres [DAmonte, MOLlino, NARdi; responsables del proyecto Bisiluro Da.Mol.Nar car (twin-torpedo)] lo tuvieron todo dispuesto para la primavera de 1955 con el Bisiluro listo para tomar parte ese mismo año en las 24 Horas de Le Mans.
El coche fue construido con chasis tubular de aluminio soldado y carrocería también de aluminio, siendo manufacturado artesanalmente por el taller CA.MO. del talentoso Rocco Motto.
El coche, una pieza única, se conserva actualmente en el Museo de Ciencia de Milán, pesaba solo 450kg y podía alcanzar la velocidad de 220km/h con su motor Giannini de 750cc.
Mollino diseñó el Bisiluro partiendo de su forma aerodinámica para después ajustar el motor y las partes mecánicas a ella, incluido el radiador frontal, una de las innovaciones más interesantes, cuyas formas siguen el cuerpo del coche.
El 11 de junio el coche corrió en Le Mans rindiendo bien en una desafortunada carrera que vio el mayor accidente de la historia del automovilismo. Para entonces, el Bisiluro ya había terminado su participación en una zanja, forzado hasta ella por la presión de aire ejercida por el paso de un Jagguar mucho más potente». (Napoleone Ferrari; traducción propia).
Actualmente, en las instalaciones del circuito Bugatti, que es el circuito permanente de Le Mans, y que forma parte del trazado completo de las 24 Horas, hay un museo repleto de muchos coches que han participado en la carrera a lo largo de la historia. Quizás algún día cuente algo sobre mis dos experiencias compitiendo en dicho circuito en pruebas de 24 horas… La visita al museo es entretenida si te gustan los coches de carreras. Pero también resulta muy instructiva porque en la competición, tradicionalmente, se establecían muchas categorías relacionadas con la cilindrada de los coches, su grado de derivación de los automóviles de serie, etc. Por eso, a lo largo de la muestra se pueden ver muchos ejemplos de coches muy modestos que alcanzaron grandes resultados (e impresionantes velocidades) partiendo de la combinación de dos factores: máxima ligereza y excelente aerodinámica. Además del Bisiluro, Mollino diseñó un autobús publicitario para Agip y un par de modelos a escala para coches de récords de velocidad.
El Bisiluro. (Imagen: es.wheelsage.org).
El bólido, imagino que viajando hacia Le Mans (lo digo porque parece intacto). (Imagen: espirituracer.com).
Este es un modelo que Mollino diseñó para batir récords de velocidad. Aunque no se llegó a fabricar en su momento, Stola lo hizo en 2006 a modo de exhibición y homenaje. (Imagen: rmsothebys.com).
Carlo Mollino pintado por Italo Cremona (¿1928?). (Imagen: artsupp.com).
Durante el periodo vital en el que más se interesó por las carreras de coches, aparte de involucrarse activamente en el proyecto del Bisiluro, tuvo conatos de competir él mismo. Enterado de ello su amigo Aldo Celli, que entonces se había mudado a los EEUU contratado por Chrysler, y de quien dicen que sacó adelante a la marca, le escribió lo siguiente:
«Como verdadero y sincero amigo tuyo, me gustaría darte un par de consejos sobre tu pasión por los motores: primero, conducir un coche de carreras es como manejar tus esquís compitiendo: un 80% depende de lo que has aprendido y sabes sobre cómo hacerlo, y un 20% de tus habilidades innatas. La diferencia está en que si cometes un error sobre los esquís, te caes, mientras que si lo cometes conduciendo, te matas. […]». (Traducción propia).
Carlo Mollino posa orgulloso con su Alfa Romeo Zagato, el cual, hay que reconocerlo, es un coche muy hermoso. Con su propio coche y él en funciones de copiloto, ganaron el 6º Rally de Sestriere, en 1955, con Gino Valenzano al volante. (Imagen: ansa.it).
Esta imagen resulta muy interesante porque reune algunas de las pasiones de Mollino: los coches rápidos; la fotografía (esta está hecha por él); y las mujeres bellas. En este caso se trata de Mimi (o Mimá) Schiagno, que fue la primera piloto italiana de carreras de coches y alcanzó un notable palmarés de participaciones en rallies internacionales, la Targa Florio, etc. Además, fue amante del Carlo Mollino. (Imagen: Carlo Mollino en themammothreflex.com).
Otra de sus bien conocidas aficiones fue la fotografía. De hecho, por sus trabajos previos y por lo descubierto como material privado tras su fallecimiento, los críticos que han estudiado su legado le reconocen como fotógrafo de calidad artística y técnica. Su manejo de la cámara (y de un cuarto oscuro para el revelado) comenzó de niño por recomendación de su padre, y se mantuvo a lo largo de toda su vida como arquitecto, artista, documentalista técnico, etc. Disparando, imprimiendo, retocando imágenes y elaborando fotomontajes.
Como consecuencia de su afición, ya en 1949 publicó un sistemático compendio sobre la fotografía (su historia, técnica, posibilidades, crítica, etc.) que fue pionero en Italia. Se titula Il Messaggio dalla Camera Oscura. Hasta entonces, sus principales temáticas habían sido cuidados retratos femeninos formales y mucho contenido arquitectónico, además de la fotografía de esquí, a la que después atenderemos. Entre 1956 y 1962 se mantuvo en una fase en la que fotografió muchos desnudos femeninos con cierto carácter erótico con una Leica IIIb. Acababa de finalizar su relación amorosa más importante, que había durado siete años, con la escultora (y anteriormente partisana) Carmelina Picolis. Sus desnudos iban desde un estilo clásico hacia una incipiente (hoy en día hasta inocente) pornografía. Fotografiaba preferentemente en blanco y negro, aunque no únicamente. Acondicionó un piso decorándolo como estudio y llenándolo de ropa y calzado femenino para utilizar con sus modelos, las cuales no eran profesionales, sino algunas amigas y otras mujeres de la órbita del ballet clásico y los nightclubs.
Carmelina Picolis junto a una de sus esculturas. (Imagen: service.exibart.com).
Ejemplo de foto de desnudo de la época del piso-estudio y la Leica. (Imagen: Carlo Mollino en carlomollino.org).
Desde 1962 hasta su fallecimiento, su actividad fotográfica se centró en su fase polaroid. Cerró el estudio anterior y montó otro más lujoso en una villa. Buscaba una fotografía más próxima al concepto de objeto artístico único. Las retocaba delicadamente como complemento a la exposición del disparo. Sus retratos ya no pretendían mostrar una belleza femenina idealizada, sino más real, tal vez más cruda, que incluyera las posibles imperfecciones de la persona, y sustituyendo sus anteriores fondos nítidos (y con objetos) por otros más neutros. Echando un vistazo a algunos de los miles de retratos que quedaron en sus archivos, y sabiendo de dónde salían algunas de sus modelos, no debería sorprendernos el siguiente comentario:
«Cuenta una historia que las únicas personas que fueron al funeral de Carlo Mollino fue un grupo de trabajadoras sexuales. Es posible que él mismo las hubiera pagado antes para que estuvieran allí. Y es posible que él diseñara sus prendas de luto. Como tantas cosas acerca de la intensa vida privada de Mollino, es algo que permanecerá como un misterio». (Edwin Heathcote, November 17 2023, Financial Times; traducción propia).
A mí este chascarrillo me ha hecho recordar una película que vi hace más de tres décadas: El hombre que amaba a las mujeres, dirigida por Drançois Truffaut, argumentada en forma de flash-back, y que se inicia con el entierro del protagonista, al cual acuden un buen puñado de mujeres de buen ver.
Ejemplo de sus fotos eróticas privadas en su época "polaroid". (Imagen: Carlo Mollino en carlomollino.org).
Añado esta otra como guiño a la leyenda urbana de las "profesionales enlutadas" en el funeral de Mollino. En contra de mis principios, he censurado la imagen mediante un triángulo negro, preeviendo que en Nevasport pudiera haber público infantil. En cualquier caso, para los más curiosos, comentar que la imagen no difiere tanto de la original, teniendo en cuenta la abundancia de vello público que exhibe la modelo en la no censurada. (Imagen: Carlo Mollino (retocada) en loeildelaphotographie.com)
Mollino esquió por primera vez en 1934, a los 29 años, animado y acompañado por su padre. Desde entonces, abrazó su práctica con pasión, espoleada por su amigo Leo Gasperl, esquiador austríaco que fue entrenador y fundador del equipo nacional italiano de esquí alpino desde 1932. Ambos hablaban mucho sobre técnica porque el austríaco andaba preparando un manual, y Mollino empezó a fotografiarle esquiando. Sus fotografías de esquí son excepcionalmente buenas para la época (años 30 y 40). Buenas técnica y plásticamente. En plena evolución del material, asunto por el que su carácter ingenieril le hacía interesarse mucho, Mollino patentó unas fijaciones. En 1942 se tituló como monitor de esquí. A lo largo de los siguientes inviernos empezó a preparar el manual técnico de esquí propio al que me he referido anteriormente. Era muy sofisticado y con una rigurosa compilación de la bibliografía existente hasta entonces. En colaboración con el fotógrafo Ermanno Scopinich, la obra (334 páginas) estaba ya lista en 1943, pero aquel no era un buen momento para poderla publicar, ni mucho menos. Así que el volumen acabó saliendo al mercado en 1950 con el título Introduzione al discesismo (el descenso era la modalidad favorita de Mollino). El resultado fue un manual muy técnico, con descripciones, esquemas, geometrías, dibujos y fotografías elaborados por Mollino. Toda una referencia clásica de la bibliografía técnica del esquí. Una obra (la original) más que agotada, aunque hay una edición posterior, modernizada o comentada, circulando por ahí (a un precio algo elevado).
Carlo Mollino, en el centro de la imagen, posa junto a su amigo Leo Gasperl (a su izquierda) con atuendo de esquí. (Imagen: carlomollino.org).
Portada de una de las ediciones del libro "Introduzione al discesismo" de Carlo Mollino. (Imagen: carlomollino.org).
Fotograma para el libro. Aquí es el propio Mollino quién hace de modelo. La foto tiene truco, pues él mantiene la postura sujeto por un cable desde un árbol. (Imagen: carlomollino.org).
Otra imagen incluida en el libro, esta en acción real. (Imagen: carlomollino.org).
Ilustración para explicación teórica sobre el esquí en "Introduzione al discesismo", 1950. Aerodynamics & Windtunnel. Via 10 Corso Como. (Imagen: design.is.fine.org).
Dibujo de Mollino para su manual de esquí. (Imagen: Carlo Mollino en "Introduzione al discesismo").
Detalle de una de las páginas del libro combinando dibujos del autor con fotografías también realizadas por él. (Imagen: maaps.co.uk).
Espectacular fotografía realizada por Mollino para su libro de fotografía. (Imagen: Carlo Mollino en PH_ Adarte en en.woomezzometroquadro.org).
Esta imagen de un libro centrado en Carlo Mollino resulta interesante por partida doble. A la izquierda vemos una fotografía tomada por Mollino con un esquiador saltando con una especie de traje-cometa. Nada más verla me recordó a un atuendo futurista que aparecía en una de las películas de Apocalipse Snow (la del 84 o la del 86). Así pues, Mollino se adelantó en esto unos cuarenta años. La página siguiente parece una estampa hibrida entre modernidad y costumbrismo alpinos. Se nota que se ha elegido con premeditación porque en ella aparece el edificio proyectado por Mollino en Cervinia. (Imágen: Libro: "Carlo Mollino Architect and Storyteller". Napoleone Ferrari – Michelangelo Sabatino. Park Books
distributed in North America through the University of Chicago Press).

No es exactamente una imagen de Apocalypse Snow, pero sí de la misma época y "origen" estético.(Imagen: Vandystadt en un número de la revista Nouvelles Sensations de enero de 1987).
Un par de dibujos de Mollino. (Imagen: larabesquelalibrairie en tumblr.com).
En su repertorio de fotos de esquí en acción abundan los saltos y los virajes saltados (típicos de aquellos tiempos; recordad las películas de Fanck). (Imagen: larabesquelalibrairie en tumblr.com).
Con este artículo ya prácticamente finalizado, el día que fuimos a la ciudad para elegir la tela con que tapizar dos butacas que formaban de aquel lote de muebles vintage de diseño que lo había motivado, pasamos por una tienda de muebles de alta calidad y diseños reconocidos. Sus responsables fueron muy amables, encontramos una butaca de cierta similitud a las nuestras y, cambiando impresiones, surgió el nombre de Carlo Mollino. A ambas partes, vendedores y nosotros, nos sorprendió recíprocamente que los otros conocieran la existencia y trayectoria del italiano y, como consecuencia de ello, nos enseñaron una magnífica butaca diseñada por el propio Mollino. Una Gilda. Nunca hubiera imaginado que me sentaría en una pieza de este hombre... que lo hacía todo.
Sentado en una "Gilda" auténtica pieza de diseño de Carlo Mollino, por la anfitriona gentileza de los responsables de Cromoduro. (Imagen propia).
Mientras escribía este artículo, y a la espera de publicarlo, algunos de mis muebles ya han sido restaurados y otros están a punto de ser acabados. Excelentes resultados, preñados de sugerente diseño de los años cincuenta (que vuelve a estar de moda en la actualidad), originalidad, calidad y, en la mayoría de ellos, maderas nobles presentadas casi al natural. En ocasiones, cuando hago uso de ellos, me acuerdo de Carlo Mollino, de su polifacética vida, de sus vínculos con el esquí y de su maestría en el diseño.
NOTA SOBRE EL TÍTULO: el título de este artículo está sobradamente justificado por el polifacético perfil del protagonista. Pero además, quiero reconocer que se me ocurrió como guiño a un par de referencias culturales:
- Musical: el tema Hay un hombre en España, del grupo Astrud.
- Taurino-literaria: las reiteradas y simpáticas ocasiones en que el autor asigna al Cordobés el título de hombre en España que lo hace todo, en GONZÁLEZ VIÑAS, Fernando: "El Cordobés y el milagro pop". El Paseíllo. Sevilla, 2024.
[1] MATHIEU, Caroline: “Musée d’Orsay. Guía”. Editions de la Réunion des musées nationaux. Paris, 1988.
[2] GUTIÉRREZ, José: https://randoneur.blogspot.com Blog personal de temática preferentemente ciclista, aunque no únicamente.
[3] VIALE, G: “When the Modern Was the Tradition: Carlo Mollino at Sestriere and His Last Unpublished project (1973)”, Architectural Histories 10(1). doi: https://doi.org/10.16995/ah.8641). (2022).

