Mi querido Friki,
Antes de que me malinterpretes, déjame aclarar una cosa: me encantan los recuerdos. Tengo muchos Gb de fotos y vídeos de temporadas pasadas, de días épicos en la nieve, de bajadas que no olvidaré nunca. No soy de los que creen que la cámara arruina el momento. Soy de los que creen que la manera de usarla puede arruinarlo. Este pequeño matiz marca la diferencia.
Porque hay una manera de hacer fotos esquiando que no me gusta nada. La conozco bien porque la he visto demasiadas veces, y alguna vez, hasta la he practicado yo mismo. Es esa en la que la jornada se convierte en una sesión de fotos con esquís de atrezzo. Parada aquí para el paisaje, parada allá para el grupo, parada más allá porque la luz está preciosa, parada en la pista porque alguien quiere grabar cómo el otro baja... Espera que ahora viene fulano que quiere salir. Apártate, que mengano quiere una solo y de espaldas,... Y así hasta que te das cuenta de que llevas dos horas esquiando y has hecho, con suerte, cuatro bajadas, de las cuales en dos has actuado de cámara y en las otras dos has tenido que esperar varias veces a que el fotógrafo de turno guardara el móvil, se pusiera los guantes y arrancara.
Eso no es esquiar. Eso es paripé para producir contenido para publicar y poco más.
Pero ojo: el problema no es querer guardar la experiencia. El problema es interrumpirla y cambiar la propia experiencia por un recuerdo de lo que tenía que ser (y, eso sí, parece que lo es) una experiencia.
Y aquí está la solución, que no es nueva pero que poca gente aplica con coherencia: graba mientras esquías, no en lugar de esquiar. Una cámara de acción bien llevada captura la bajada tal como es, sin parar, sin perder el ritmo, sin que nadie tenga que esperar. Una cámara 360 es todavía mejor: captura todo sin que tengas que apuntar a nada, y luego en casa eliges el encuadre que quieras. La tecnología ya ha resuelto el problema; solo hay que usarla bien.
Y para las fotos estáticas, el momento natural es el telesilla. Ahí sí. Ahí tienes cuatro minutos sin esquiar, con el paisaje desplegándose a tus pies y las manos relativamente libres. Es el momento perfecto para sacar el móvil, hacer la foto que quieras y guardarlo antes de llegar arriba. Sin interrumpir nada. Sin que nadie espere. Sin que la jornada pierda ni un gramo de ritmo.
Porque el recuerdo más potente de un día de nieve no es la foto. Es la sensación de haber esquiado bien, de haber aprovechado cada bajada, de llegar abajo con las piernas quemadas y una sonrisa que no necesita filtros. Eso no se guarda en el carrete. Te acompañará siempre.
Así que no digo no a las fotos, Friki. Digo no a parar de esquiar para hacerlas. Que la cámara se adapte a nuestra jornada de esquí, y no al revés.
