Hay días que son un reto, y este ha sido uno de ellos. 9h, primer día de temporada en Masella, la estación arrancando con esa energía que solo se siente cuando todo empieza: remontes girando, nieve recién pisada, caras de ilusión por todas partes… y yo, allí, sin esquís.
Después de la lesión del año pasado, sabía que este momento iba a llegar. El cuerpo, aunque queda muy poco, todavía no está listo para volver a deslizar, y aunque la cabeza pide pista, toca paciencia. Así que hoy ha sido diferente: subir con la familia y jugar el papel inverso, porque yo soy el que nunca falla, el que nunca diría que se queda en el bar. Nos hemos conformado con respirar ese aire frío que huele a invierno, y mirar cómo otros estrenan la temporada.
La nieve, por cierto, tenía muy buena pinta. La he pisado un buen rato antes de que abrieran, con esas ruffles que tanto nos gustan. Compacta, con ese toque de polvo que invita a girar sin pensar.

¿Ha sido fácil? No. ¿Duro? Un poco, la verdad. Ha sido una mezcla rara: alegría por ver que todo empieza otra vez y que volvemos a ese "como decíamos ayer" y ese pellizco de ganas que se queda dentro. En resumen, ha sido bonito. Porque estar allí, aunque sea sin esquiar, me recuerda por qué merece la pena esperar y por qué nos gusta tanta este deporte.
Por ahora, me quedo con la imagen: Masella arrancando, la ilusión en el aire… y yo poniéndome a prueba, aprendiendo que a veces el esquí también se vive desde fuera. No sé, a mí, solo el poder pisar nieve ya me ha sentado de maravilla. Y por lo que me han contado, de momento poco abierto pero estaba muy bien.
Ha empezado la temporada en muchas estaciones y se nota en el ambiente. ¡Que tengamos una gran temporada!
