Viajando sola por las islas Lofoten

Viajando sola por las islas Lofoten
Nuestra amiga y compañera Ainoa González, con quien trabajamos en TV desde 2021, comparte cual pluma invitada, su viaje en solitario a Lofoten.

LA PLUMA INVITADA DE OCTUBRE

Seguimos invitando a amigos, compañeros y colaboradores cercanos, a que compartan con nosotros sus experiencias, sus viajes y sus inquietudes, viajando por el mundo...

Hoy le ha tocado el turno a nuestra compañera Ainoa, que ha disfrutado de unos días en las islas Lofoten en solitario. De algún modo el viaje ha sido como un auto-regalo por su 25 aniversario.  

 

-"Opino que viajar solo es una experiencia que deberíamos experimentar al menos una vez en la vida...
 
En mi caso tomé esta decisión dado que estaba pasando por un momento algo difícil emocionalmente y podría afirmar que me ayudó a encontrar de nuevo mi paz interior, a auto conocerme, a aprender a estar en soledad, a perder muchos de mis miedos... Y un sinfín de beneficios.

Vista panorámica de Kleppstad ©Ainoa González 

Como destino elegí Noruega, las Islas Lofoten. Un paraíso natural que hacía mucho tiempo que tenía claro que quería conocer, ya sea porque siento una conexión especial con esas tierras o porque algo de mi se sentía sumamente atraído. Tengo que decir que, a pesar de haber visto películas, libros e imágenes de las tierras nórdicas, me sorprendió gratamente lo que vi una vez allí, si tuviera que poner una palabra para describirlo sin suda sería ‘mágico’.
 

Día 1:
En mi primer contacto con los dominios escandinavos me sorprendió nada más poner un pie en tierra, la pureza del aire, acostumbrada a la contaminación de Barcelona, mis pulmones parecían despertar por primera vez.

Precioso rebaño de ovejas de la granja del museo vikingo de Lofort ©Ainoa González 

Caminé unos 15 minutos hasta el hotel y lo que más llamó mi atención fue la luz dorada que resplandecía sobre mi rostro a pesar de ser las 23:00 de la noche, pensaba que me iba a costar conciliar el sueño con el famoso sol de medianoche que nunca se pone, pero lo cierto es que el cansancio que acumulaba después de dos vuelos y horas en el aeropuerto pudo con la rara sensación que sentía.
 
Día 2:

Me preparo para mi viaje de introspección con algo de miedo por lo que será, lo que pueda pasar y sobre todo como me voy a sentir, dado que es mi primer viaje sola, estoy atemorizada. Me dirijo hacia el aeropuerto de nuevo a recoger mi nuevo coche por una semana.

Aquí todos los coches son eléctricos, eso explica bastante sobre la calidad del aire... lo cierto es que los noruegos entienden la naturaleza como una extensión de su vida cotidiana, como un espacio que habitan, respetan y cuidan, conscientes de que pertenece tanto al presente como a las generaciones futuras.
Me dirijo a Haukland Beach, desde el aeropuerto, 4 horas de trayecto.

 

Llegamos a Haukland beach y me ha invadido un silencio absoluto... sin duda es el lugar más mágico que he conocido jamás, me veo envuelta de la inmensidad de las montañas, sus arenas sumamente blancas y una paz que parece eterna. Decido pasar la noche aquí, aprovechando al máximo cada minuto en este lugar tan especial.
 

Vistas a la playa de Haukland desde su pequeña cafetería ©Ainoa González 

He aprovechado para hacer alguna parada por el camino. Los paisajes teñidos de verde infinito, las aguas turquesas que parecen irreales y los imponentes fiordos de roca me tienen suspendida en un limbo del que no quiero salir. Poco a poco empiezo a comprender que la magia de Noruega no está en las leyendas, sino en la forma en que su naturaleza te envuelve y te hace sentir parte de ella.

 

Casitas entre los prados de Haukland beach ©Ainoa González  

Día 3:
Al amanecer, he cogido una carretera que rodeaba la costa y no he podido evitar pararme en una pequeña playa de aguas cristalinas, Kilan, me ha parecido maravillosa con sus montañas nevadas de fondo y unas arenas repletas de las conchas más grandes que he visto nunca...

Contemplando la playa de Kilan ©Ainoa González 

Noruega esconde rincones que parecen guardar secretos solo para quienes se detienen a contemplarlos.

La playa de Kilan entre prados y montañas ©Ainoa González 

Me dirijo a Ryten, lo cierto es que al llegar pensé que iba a ser mucho más fácil acceder al mirador, pero para mi sorpresa se convirtió en un trekking algo peligroso de rocas afiladas, que si no tienes demasiada experiencia y estas solo, no te recomiendo subir hasta arriba, me dio bastante coraje pero muy a mi pesar, tuve que dar media vuelta porque no me sentí del todo segura.  

Panorámica desde Ryten ©Ainoa González 

No iba bien equipada, pero aun así, las vistas que tuve fueron fascinantes, decidí quedarme en el rocaje y me gustó imaginarme en otra época y conectar con la energía ancestral de ese lugar tan mágico.

Grandes rocas de Ryten moldeadas por el tiempo ©Ainoa González 

Siguiente parada, Kvalvika beach, otra excursión rocosa, algo más fácil que la anterior, el camino estaba muy bien señalado y no era difícil acceder aunque no fue mi día de suerte y a la que estaba a 5 minutos de la playa se puso a llover y hacía un viento huracanado, así que, otra vez, me quedé a mitad de camino, pero lo bueno de noruega es que no es necesario llegar al destino para vivir la experiencia completa, porque absolutamente cada rincón que te envuelve es plenamente satisfactorio, salvaje, majestuoso e hipnótico.

Paisaje abriéndose paso hacia Kvalvika beach ©Ainoa González 

Al llegar al camping cerca de Reine, he de decir que tuve un pequeño bajón emocional, la experiencia de viajar solo, te enseña, pero no todo es de color de rosa, derrumbarse forma parte de ser, de existir y de conocerse a uno mismo. No todo siempre sale según lo planeado y eso también está bien.

Una noche bajo el cielo del camping de Moskenes ©Ainoa González 

Día 4:

Amanezco en el camping de Moskenes, a unos 7 minutos de Reine en coche, un lugar bien equipado para pasar la noche, tanto si viajas en tienda de campaña o en autocaravana, tienen servicio de lavandería, baños, ducha, cocina y todo lo necesario para disfrutar de una estancia cómoda. El camping se encuentra en el pintoresco pueblo de Moskenes, un rincón tranquilo rodeado de naturaleza que puede recorrerse fácilmente a pie, permitiendo descubrir el encanto de sus casas tradicionales y una bonita cascada que complementa el paisaje.

Reine, al abrigo de las montañas ©Ainoa González 

Al despertarme tomo rumbo hacia Reine a almorzar. Sin saberlo, me estaba preparando para una experiencia que cambiaría mi manera de contemplar y apreciar el mundo: Reinebringen, una montaña de 500m de altitud. Un lugar donde parecía posible tocar el cielo con mis manos.

El túnel que da paso a la subida al espectacular Reinebringen ©Ainoa González 

La subida está perfectamente señalada y acomodada para todos los públicos, 2000 escalones para llegar a la cima... Y allí estaba, la impresionante panorámica de todo Reine, un imponente escenario donde la naturaleza revela la esencia más salvaje de Noruega. Nunca olvidaré esa liberadora sensación.

Reine y sus fiordos desde el Reinebringen ©Ainoa González 

Vuelta hacia Reine, voy en busca a un lugar donde comer y me topo con un restaurante que hizo de ese día una experiencia inolvidable, hambrienta, me siento en su terraza, con sus bancos y mesas de madera, y una hoguera en el centro, parecía inspirado en un campamento vikingo. A mi alrededor, las imponentes montañas de Lofoten envolvían el paisaje, mientras frente a mí, se alzaba el majestuoso Reinebringen, la cima que acababa de conquistar. 

Una pausa para saborear Reine y su pollo rebozao, exquisito  ©Ainoa González 

 

Cada bocado sabía mejor contemplando aquel escenario, la mezcla de satisfacción y la inmensidad del paisaje creó una sensación profundamente gratificante. En ese instante comprendí que no necesitaba nada más.

Ambiente acogedor en un restaurante de Reine ©Ainoa González 

Pongo rumbo a Sorvagen, un pequeño pueblo de pescadores, para instalarme en una de sus tradicionales cabañas rojas. Decido pasar la tarde en tranquilidad, sentarme en el porche, ver el amanecer junto a las preciosas aguas noruegas, el graznido de las gaviotas, y reflexionar sobre lo que está siendo este viaje para mí, viajar también es aprender a escucharte.

Sorvagen, entre casas rojas y montañas ©Ainoa González 

A veces buscamos acumular experiencias, paisajes y emociones, pero cuando viajas sola llega un momento que la mente y el alma te piden detenerte, hacer una pausa, respirar y reflexionar sobre lo que estás viviendo, y eso también forma parte de la experiencia.


Día 5:
La parte más emocionante de viajar uno solo, es que puedes improvisar y hacer los planes que más te apetezcan, hoy he amanecido con el propósito de ir al famoso museo vikingo en Bostad, no podía irme de aquí sin aprender un poco de sus raíces y costumbres que marcaron su pasado.

Reconstrucción de una casa Vikinga en Bostad, levantada sobre las huellas de un antiguo asentamiento ©Ainoa González 

En Bostad se encontró uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del país; el asentamiento de Borg, donde hoy en día está el museo Vikingo de Lofort. Lo que se encontró fue mucho más que una simple granja. En 1983, unos arqueólogos descubrieron los restos de la casa comunal de un poderoso jefe vikingo, una construcción de 83 metros de largo. Las excavaciones revelaron que el lugar había sido el centro de poder de un importante cacique entre los siglos VI y X. Todo ello reveló que Borg era un centro político, económico y comercial de gran relevancia en el norte de Escandinavia.

Freya, guardiana de madera en el corazón de la casa vikinga ©Ainoa González 

Así que pongo rumbo a Bostad, y como de costumbre, el camino te regala playas vírgenes de aguas cristalinas que parecen llamarte por tu nombre, así que hice un par de paradas antes de llegar a mi destino, Flakstadoya y Skagsanden. Los paisajes de Noruega son mágicos sin excepción ninguna, pero sus playas... me tienen el corazón robado. Retomo el rumbo hacia el museo y una vez allí me esperaban un sinfín de descubrimientos que sin duda no podían faltar en mi viaje.

Vestigios de la vida vikinga ©Ainoa González 

Hoy en día el museo permite recorrer la reconstrucción de la gran casa del jefe vikingo, ver piezas originales encontradas durante las excavaciones, conocer como trabajaban los herreros y artesanos, subir a réplicas de barcos vikingos, aprender sobre su navegación y participar en recreaciones históricas de la vida cotidiana y festividades vikingas.

Un Drakkar vuelve a surcar las aguas de Lofoten ©Ainoa González 

Me marcho de allí con la mochila un poco más llena de historia, aprendizaje y admiración por la cultura vikinga.

Sopa vikinga, llenando la casa de aromas ancestrales, mejor que en un serie de Netflix

©Ainoa González 

Día 6:
He decidido que en el día de hoy voy a ir subiendo para Narvik de vuelta al aeropuerto, ya que me esperan varias horas de trayecto y mañana va a ser un día duro para mí, muchas horas en el aeropuerto y muchos trámites, así que hoy me quería tomar el día con calma e ir subiendo tranquilamente mientras hago paradas estratégicas de las que a mí me gustan.

Tiro con arco, practicando la punteria al más viejo estilo ©Ainoa González 

Era mi último día para disfrutar de las playas árticas de Noruega y sentía que no podía marcharme sin despedirme del mar, así que así lo hice, pasé toda mi mañana en una pequeña pero preciosa playa, Sandtorg, que, para mi sorpresa, sus arenas estaban repletas de vida marina: coral, conchas preciosas, caracolas... un buen momento para deleitarse y admirar las creaciones del universo que el mar guarda. Camino orilla arriba, orilla abajo, con los pies descalzos, sintiendo cada grano de arena, cada salpicón del agua ártica, cada brisa del mar, cada rayo de sol.

La quietud de Sandtorg ©Ainoa González 

Me acerqué a la orilla y dejé que el agua helada envolviera mis pies. Aquel frío no se sentía como una agresión, sino como un abrazo. Era como si el océano se llevara todo aquello que ya no necesitaba cargar y, al mismo tiempo, me devolviera algo que había olvidado antes de conocer las maravillosas tierras escandinavas: paz. Noté cómo la sangre volvía a recorrer mis piernas con la fuerza renovada, como si cada latido despertara una parte de mí que permanecía dormida.

 

Muelle pesquero en Moskenesoya ©Ainoa González 

A veces la naturaleza no habla con palabras; habla con el silencio. Y ese día, en las costas árticas de Noruega, sentí que el universo me recordaba que siempre es posible renacer.
Voy llegando al final de este increíble viaje y a pesar de no haberme marchado aun, ya lo estoy echando de menos...
Al llegar a Narvik, me alojo en el mismo hotel que dormí mi primera noche en Lofoten, había algo casi caprichoso, o quizás simbólico, en cerrar el viaje justamente donde había comenzado.

 

Sendero, abriéndose paso hacia Kvalvika. ©Ainoa González 

La primera vez que crucé aquella puerta me sentía insegura, con miedo, desubicada y llena de incertidumbre. Todo era nuevo, desconocido, y no sabía que esperar de los días que tenía por delante. Sin embargo, al regresar, ya no era la misma persona. Aquellas emociones habían dado paso a la calma, la confianza y una profunda sensación de pertenencia. Lo que antes intimidaba ahora me resultaba familiar. Dormir en el lugar donde todo empezó fue la mejor manera de comprobar que el verdadero viaje no solo había sido los paisajes de Lofoten, sino también de mi propio interior.

El lugar seguía siendo el mismo; quien había cambiado era yo.

 

El camino que da acceso a las alturas de Reinebringen ©Ainoa González 

 

Cuando miro atrás, sé que este viaje me ha regalado mucho más que un enorme rosario de paisajes inolvidables, me llevo recuerdos que permanecerán conmigo para siempre y una profunda conexión con la naturaleza que difícilmente podré olvidar. Lo más curioso de este viaje es que en ningún momento me he sentido extraña o muy lejos de casa, a pesar de estarlo, es como si en otra vida hubiera pertenecido a este lugar...

Caballos de Lofoten, raza pura y espíritu nórdico ©Ainoa González 

Una experiencia que repetiría mil y una veces más, sin pensarlo. Recomiendo vivirla al cien por cien a cualquiera que sienta la necesidad de descubrir uno de los rincones más extraordinarios del planeta.
Hay lugares que se visitan y otros que se quedan para siempre en el corazón; para mí, Lofoten es uno de ellos".

Skagsanden, donde el agua se vuelve cristal ©Ainoa González 

 



 

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  • Lofoten, las islas del fin del mundo Publicado el 09/09/2019

5 Comentarios Escribe tu comentario

  • #1
    Fecha comentario:
    02/10/2026 17:26
    #1
    Felicidades, y bienvenida. Creo que daba seguro para mas tu escrito, esperamos tus aportes directos. Y si sin duda el viajar solo tiene sus ventajas.

    :+: :+:

    karma del mensaje: 0 - Votos positivos: 0 - Votos negativos: 0

    • Gracias!
  • #2
    Fecha comentario:
    05/10/2026 16:15
    #2
    bonitas imagenes :+:

    karma del mensaje: 18 - Votos positivos: 1 - Votos negativos: 0

    • Gracias!
  • #3
    Fecha comentario:
    07/10/2026 21:11
    #3
    Enhorabuena por el viajazo que te has pegado. En cierta medida me ha recordado a un viaje en solitario que hice a islandia, dándo la vuelta a la isla a mi bola con una camper... fue insuperable. :love:

    karma del mensaje: 18 - Votos positivos: 1 - Votos negativos: 0

    • Gracias!
  • #4
    Fecha comentario:
    07/10/2026 22:18
    #4
    Gran reportaje y muy bien escrito con, además, unas fotografías preciosas. Ya tengo ganas de conocer un lugar tan extraordinario.

    karma del mensaje: 18 - Votos positivos: 1 - Votos negativos: 0

    • Gracias!
  • #5
    Fecha comentario:
    08/10/2026 11:46
    #5
    Gran reportaje!!! gran viaje! grandes paisajes, grandes reflexioneS!!!!

    karma del mensaje: 18 - Votos positivos: 1 - Votos negativos: 0

    • Gracias!

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