Edu iba bajando entre nubes de nieve polvo, enlazando giros de todo tipo por lo que parecía una bajada sin fin. Disfrutaba como nunca había disfrutado antes, le salía todo lo que le pedía el cuerpo. La nieve virgen se iba acumulando en su boca y alguna vez le costaba respirar… no recordaba que estuviera en el famoso JapPow, pero las condiciones eran similares.
Llevaba ya más de cinco minutos bajando ininterrumpidamente y aún quedaban cientos de metros de bajada, sin una sola traza.
No entendía muy bien cómo estaba ahí. Era como el paraíso: montañas llenas de nieve a ambos lados de la gran bajada por la que seguía esquiando, enorme, inacabable… No notaba ni el frío ni el calor.
De repente vio una línea negra que atravesaba la bajada delante suyo. Se sorprendió y fue frenando poco a poco. Estaba trazada en la nieve con una precisión milimétrica cruzando toda la bajada a un lado y a otro, perdiéndose en las montañas.
Justo al otro lado de la línea descubrió un pisteur que le hacía señales para que se acercara. Su perplejidad crecía a medida que se acercaba. Cuando llegó hasta él, el pisteur le soltó un simple:
– ¡Hola! ¿Qué haces tú por aquí? – Edu no supo qué contestar y enseguida llegó la segunda pregunta.
– ¿Tienes los papeles?– ¿¿Qué papeles pensó Edu para sus adentros?? Pero como el hombre insistía, buscó el forfait que había comprado por la mañana.
El pistero estudió atentamente todo mientras iba murmurando –Bien, bien, mmmm, bien, bien– y de repente soltó, – Pero esto no te autoriza a llevar clientes por estas bajadas.
Sorprendido, Edu miró hacia atrás y vio con incredulidad un grupo de seis esquiadores parados detrás de él y siete trazas preciosas dibujadas en la nieve virgen.
– ¿Tienes el certificado?
Edu no sabía a qué se refería. ¿A qué estaba jugando ese tío? No entendía nada, pero pensó que sería mejor seguir la corriente de la curiosa conversación.
– ¿Que certificado necesita ver?
– El certificado de guía de alta montaña– dijo él. Edu se quedó de piedra. Miró detrás de él donde los seis esquiadores seguían observándoles sin perderse detalle de la conversación. Él no era guía, él solo había salido de la pista a hacer un fuera pista precioso que vio desde el telesilla, solo eso.
–Pues no lo tengo, no…– contestó mientras se palpaba los bolsillos del anorak con la mirada clavada en la nieve a sus pies.
–No te preocupes, existe muy buena formación por poco dinero– le dijo el pisteur con tono cariñoso, sacando un libro de su mochila. Solo te costará unos euros y vale la pena. Edu rebuscó de nuevo en sus bolsillos y logró sacar un par de billetes de cinco. Se los alargó al pisteur.
–Bueno, empieza a leer, pues no vas a poder pasar de esta línea si no haces un examen conmigo.
Edu estaba empezando a marearse. El libro, muy bien ilustrado, debía tener unas doscientas páginas. No podría leer ni un capítulo en aquellas condiciones. Además, le empezaba a doler mucho la cabeza… no entendía nada.
Cuando levantó de nuevo la vista, el pisteur era una enfermera de pistas. La cabeza le dolía brutalmente, notaba un traqueteo y veía difusamente el techo de una ambulancia.
La enfermera le miraba fijamente: –No hemos encontrado tu casco– le dijo.
– No llevaba– contestó Edu como pudo.
–Pues has tenido mucha suerte de salir vivo…
Y Edu volvió a sumirse en un profundo sueño en el que unos pingüinos le miraban desde unas rocas cercanas.
