Cuarenta años dando clases dan para muchas equivocaciones. Me gusta recordarlas por varias razones. Especialmente, porque cuando opino de esto o aquello con firmeza no es capricho, que lo haya leído o me lo han contado, sino porque ya estuve allí y con el tiempo he visto que lo hice mal. Vamos, que he aprendido a base de pifias, juas, juas. Seguramente por eso me incomoda la gente arrogante que nunca se equivoca, que no pide disculpas ni reconoce en el otro algún grado de razón. Pero no nos metamos en jardines, que estábamos hablando de esquí e íbamos a contar una de esas anécdotas tontas de las que siempre se pueden sacar conclusiones.
El caso es que estaba en un país lejano y me tocó un grupo de señores mayores japoneses. Yo era un pipiolo y no tenía mucha idea de diferencias culturales. Empecé mis clases como siempre, o sea, bien, jaja, pero notaba cierto rechazo al tocarlos, al agarrarlos, ayudarlos a levantarse y cosas así. Músculos tensos, sonrisas rígidas, pequeños movimientos para apartarse con levedad… yo no entendía nada e insistía en mis métodos - para mi normales - y ellos, correctos, corteses, no daban más señales que esas sutilezas que yo no advertía. Se despidieron con sus reverencias tradicionales, pero al día siguiente no volvieron y los vi allí, a lo lejos, con otro instructor seguramente más competente para esta situación.
Nunca nadie me dijo nada, pero imaginé lo que había pasado. Investigué, claro. En esta cultura la jerarquía y la edad son extremadamente respetadas, así como el espacio personal. Que un jovenzuelo invadiese el campo físico de una persona mayor significaba, fuera por abuso, por descuido o por paternalismo, un ataque a su dignidad. Pero la cosa era más compleja. Como la jerarquía allí también es importante, que yo fuera el instructor me situaba en una posición de dominio que no querían cuestionar. Un auténtico conflicto de grado.
El asunto es fino y tiene que ver con el concepto, difícil de entender para los poco empáticos, de “preservar la cara” ajena. Es decir, no atentar contra la dignidad de los demás. Por tanto, para ellos, como yo era el instructor, recriminarme en público, decirme que no los tocase, aunque fuera más joven, en su cosmovisión también suponía ponerme en evidencia y que me pudiera sentir avergonzado. La verdad es que, de saber todo esto entonces, allí, en el ajo, en efecto me hubiera dado tremenda vergüenza de verme tan ignorante y poco presente ante personas, por cierto, extremadamente consideradas y respetuosas.
Esos días pensé sobre ese comportamiento de aquellos señores, menos egocéntrico y más a largo plazo -más orientado al equilibrio colectivo que al interés individual inmediato- y, en cuanto al esquí, que en la enseñanza de adultos, la técnica, el método, la experiencia y todo eso es importante, pero observar, preguntar, adaptarse -el respeto, en fin- lo es más porque crea un clima imprescindible de confianza y credibilidad. Y el respeto es algo que nunca se deja de aprender en esos entornos en los que las personas, seguramente mejores que uno en infinitos aspectos, ven el mundo con más perspectiva que tú. Así que descubrí una cosa tonta aunque universal: si quieres transmitir con eficacia, que te escuchen, que la gente se sienta segura sin ponerse a la defensiva (salvo que sean unos desconfiados, jaja, claro) hay que intentar eso de “preservar la cara”. No dejar en evidencia, no invadir el espacio, no usar la autoridad o el poder si no es realmente necesario. Aunque a veces sí lo sea, juas, juas.
Todavía no he conseguido aplicarme el cuento del todo, así que, la semana que viene, más liadas pardas.
¡Buenas huellas!
Carolo, febrero de 2026
