Sería sobre el último cuarto de 1800, si no me fallan los cálculos. Pepe Castillo, un chavalito de 19 años que solo había esquiado dos veces, apretó los bastones, miró una vez más los tres metros de tabla atada a los pies y, al levantarse la cuerda que hacía de portillón, empujó ciego con el ímpetu de la juventud, pero, sobre todo, el de luchar por la vida. Era el precio de aquella carrera, su primera y, seguramente, la última. Fue en California, en la Sierra Nevada norteamericana con la fiebre del oro ya menguando, donde los mineros improvisaban competiciones no solo por diversión, sino con razones menos sublimes como apostar las ganancias de la semana, el patrimonio entero o la misma salud.
No es muy sabido, pero las primeras carreras de esquí se celebraron en California al tiempo que las de Nordheim, Zdarsky y todos nuestros héroes alpinos europeos. La primera fue alrededor de 1850 en Grass Valley, cerca del lago Tahoe. En otra ocasión ya hablé de Snowshoe Thomson, el cartero heroico que recorría aquellas sierras de oeste a este llevando la correspondencia, guiando y rescatando gente perdida y, en fin, empleando los esquís para labores más elevadas que el simple transporte. Los emigrantes nórdicos atraídos por el gold rush llegaron en masa. Trajeron el esquí, cosa más que buena, pero también, como los de toda nacionalidad instalado allí, con sus virtudes y sus miserias, cambiaban cabelleras apaches por monedas de plata y horadaban las montañas por pepitas de oro. Weber, al que hemos tenido que estudiar obligatoriamente en las facultades de economía, atribuía la prosperidad de occidente a la moral protestante de aquellos norteeuropeos. No me cabe duda, pero algo de la muy humana ambición ayudada de malas prácticas también hubo. Y mucho oro. Casi tanto, en solo 10 años, como lo que llegó en 300 a la Corona hispánica desde toda América. Ya sabe el lector que unos cardan la lana y otros llevan la fama.
Pero hablábamos de Pepe Castillo que, por cierta travesura inconfesable de juventud –tenía 14 años- se coló en el primer barco que zarpaba de Málaga. Descubierto como polizón, hizo de grumete hasta llegar a Veracruz. Tras buscarse la vida unos años, encontró trabajo con un comanchero, esos señores de las pelis que comerciaban con las tribus nativas y transportaban mercancías valiosas hasta puntos donde, muchas de las veces, ni siquiera volvías. La típica actividad que se elegía por lucrativa, pero, sobre todo, por no tener más remedio y nada que perder salvo la cabeza. A veces literalmente. Al morir su mentor –precisamente, perdiendo la cabeza- continuó con el oficio y allí conoció, según él mismo contaba, a las naciones lipan, jicarilla, yute, chiricaua, navajo y pueblo entre otras, con las que, entonces, intercambiaba pieles por herramientas de acero, sarapes, seda y madrás que venía de Asia hasta Acapulco, tequila y mezcal, tabaco de Cuba y lo más preciado, por lo visto, artículos de cuero que llegaban desde Sevilla, Huelva y Cádiz hasta la bahía de Campeche como el lujo práctico más deseable de aquella época.
A veces, cuando no se había vendido toda la mercancía, había que subir bastante al norte, justo allí donde, un siglo antes, la expedición de Portolá había virado al oeste porque empezaba la estribación sur de la muy dura Sierra Nevada. Las primeras minas de oro estaban en Bakersfield, al sur del parque de las secuoyas, y Pepe se acercó con sus mulas al asentamiento con la esperanza de vender las últimas herramientas y alguna piel de bisonte. Según se decía en la época, se ganaba más vendiendo a los mineros que encontrando oro. A pesar de estar bien entrada la primavera, la nieve era abundante, y los mineros -gambusinos, les llamaban en México- se movían por ella con gracia en unos chismes de tres metros de largo, empujando unas varas largas o unos bastones. Pepe quiso aprender aquello, pensado que, tal vez, esas tablas largas podrían ser un buen utensilio para cuando el camino se pusiera entre duro e imposible por la nieve, y poder recorrer con las mulas esas de cuatro a seis leguas diarias imprescindibles que exigía la naturaleza brutal de su trabajo.
Pidió probarlo, los mineros a los que había caído bien -era casi un niño- le explicaron casi nada en el rudimentario español que manejaban –en esa época, el castellano era todavía el idioma dominante allí, así como la moneda de ocho reales de plata, con un escudo donde se leía Plus Ultra que vete a saber qué quería decir- y le ataron a sus muy buenas botas de Huelva unos artefactos diabólicos de tres metros, empujándole cuesta abajo, a continuación, entre risotadas y gritos de ánimo que Pepe no entendía, pero apreciaba sin otro remedio. Recordó que, de pequeño, en Granada, unos neveros –los que traían hielo del Veleta- le habían dicho que el secreto para no caerse al resbalar por la nieve era mirar al frente, mantener alto el culo y apretar bien con los talones. Así lo hizo, y bajó por la cuesta llena de baches y peraltes sin caerse, oyendo atrás, arriba de la loma, en un eco lejano pero grato que en vez de disminuir aumentaba a medida que se alejaba, la bulla y las voces de regocijo de los mineros.
Pasaron los días y era hora de irse, pero los buscadores de oro, currantes de diversos grados de honradez, aunque también gente embrutecida por las circunstancias, impulsiva y con pocos recursos, tenían ganas de apostarse las muy codiciadas monedas de plata con escudo ininteligible que le habían dado a cambio de la mercancía, principalmente, magníficos cuchillos de Albacete, pieles y tequila de Jalisco que ya se habían bebido o se estaban bebiendo. La mezcla de juventud, aburrimiento y prisas por terminar, hicieron que aceptase la apuesta, y Pepe, de repente, sin entender bien a unos muchos señores insistentes de todos los rincones de Europa, se vio allí descubriendo la mala costumbre que heredaría parte de su futura familia, de no saber decir que no. Si ganaba se llevaría los esquís que le habían prestado; si perdía, devolvería las pocas pero muy preciadas hasta en la China monedas de plata. Parecía un buen trato, pero, en realidad, en aquella época, recorrer de vuelta los más de mil kilómetros de vacío, sin haber vendido una escoba tras varios meses, arriesgando la vida en cada uno de los miles de pacientes pasos por desiertos, montañas, pantanos y territorios de animales salvajes y humanos casi siempre poco amistosos, era casi lo mismo que perderla.
La carrera iba a ser fácil. Le había tocado contra el cojo, “Limping Grant”, un señor de origen escocés que, en una pelea, al sacar el revólver se había pegado un tiro en la pierna –I shot myself in the foot era una frase habitual allí-. Pero no. Limping Grant no competía, y eso que lo había visto impulsarse con habilidad increíble desde la pierna buena, y esquiar pasando bañeras, esquivando carros, cachivaches y mulas sueltas con asombrosa fluidez para ir con una pata tiesa. Tras volver a sortear le tocó con el malo. Un señor al principio anodino pero que, a medida que se le conocía, se volvía más siniestro con sus gestos desacoplados, sus modales desatentos y sus pocas, pero mal colocadas palabras. Afirmaba sin venir a cuento que prefería el cuchillo –para matar, se sobreentendía- porque la munición era muy cara. Y en efecto, Limping Grant asentía, como lamentándose más de la costosa bala desperdiciada disparándose a sí mismo, que de haber perdido la pierna.
Esta historia se alarga innecesariamente y les ahorro lo que igual ya imaginan, si se saben esa de que no se debe desafiar a quien puede perderlo todo. Pepe llegó, vista al frente, culo prieto arriba, talones abajo, justo al mismo tiempo que el malo. Los que habían apostado a favor de Pepe explotaron en gritos, brazos arriba y saltos, más contentos casi por la propia hazaña del chaval que por las posibles ganancias. Los que no, callaron unos segundos, suspensos por la mirada exploratoria del malo buscando bajo el ceño quien decantara cuanto antes un resultado. Alguno negó, otros, lo contrario. Discutieron, gritaron y movieron los brazos en lenguas varias incomprensibles hasta para ellos. Al final bajaron el tono. Pepe Castillo, mientras, sin perderlos de vista, prevenido ya a su edad de los usos poco ejemplares en los territorios sin ley, fue discretamente recogiendo, avió las mulas, cargó lo que le quedaba y, sin saber muy bien qué se había decidido sobre el resultado –a veces preguntar demasiado es perder- asumiendo el empate y estrechando algunas manos con la misma prisa que sobriedad, marchó salvo. Llevaba de vuelta las muy duras de ganar monedas de plata con un escudo –Plus Ultra, siempre más allá- cuyo significado él sí empezaba a entender. Pero no pudo quedarse aquellos fenomenales esquís de tres metros de fresno americano que le habían dejado imaginar cómo sería volar, arar nubes, caminar sobre el agua o lo que sea que fuera aquello de resbalar a toda velocidad por encima de ese fenómeno, castigo del cielo, que hasta entonces había tenido por incómodo peligro. La nieve.
Un siglo y pico más tarde, el bisnieto de Pepe Castillo se dedicaría al esquí, apenas recordando las anécdotas sobre el viejo oeste que había escuchado en casa y, de hecho, no creyéndolas del todo hasta que fue comprobando que algunas podían ser verdad. Escribió un par de libros inspirados en hechos reales, como esta historia imaginaria -adornada con algunas gentiles asunciones, como decían allí- que hoy, aquí, le dedica a la saga del indomable Pepe Castillo, vista al frente, culo prieto, talón abajo y pies firmes a la tierra, que tuvo, más tarde, un papel discreto en la revolución mexicana. Aunque esto lo contaremos otro día y en otro lugar.
¡Buenas huellas!
Carolo, febrero de 2025
