Resultar útiles es el fin último de los profesores y los entrenadores, y ello no debería de pasarnos desapercibido. Hay quien cuestiona, no obstante, el verdadero provecho de los deportes dado que son una actividad de apariencia frívola e improductiva. Por ejemplo, el ser humano no practicaba deportes hace cinco mil años, juas; justo porque estaba enfrascado en actividades similares, aunque mucho más urgentes como reproducirse, cazar, combatir y huir de depredadores hambrientos, probablemente más rápido, más lejos y más alto que cualquier record mundial moderno.
Se podría pensar, pues, que el deporte es una actividad innecesaria fruto de la moderna complejidad social. Quizás sí; el caso es que esa misma complejidad lo hace a la vez inspirador y necesario, pues éste resulta una eficaz escuela donde cultivar estrategias vitales como el compromiso, el trabajo en equipo, el planeamiento y la consecución de metas, el conocimiento del propio potencial y de las limitaciones, el realismo y la tolerancia a la frustración y, en fin, donde aprender a percibir el valor de los frutos del trabajo duro y honrado, cuando es inteligentemente dirigido.
Podemos decir casi sin exagerar que algunas cosas que se estudian en los máster de postgraduados o en sesudas conferencias sobre psicología aplicada puedan quizás aprenderse a los doce años de edad en un club de esquí. La ventaja es que, en la montaña, el conocimiento provendrá de experiencias reales experimentadas en un entorno lúdico, que quedarán grabadas en nuestro repertorio de “valores por defecto”, aquellos que verdaderamente poseemos íntimamente y en virtud de los que actuamos positivamente en nuestras vidas.

En el deporte, pues, estamos en el negocio de la salud física, pero sobretodo en el de la salud emocional. Es indudable que sobre ambos pilares la sociedad puede desarrollarse más vigorosamente. Alguno de mis compañeros me ha comentado últimamente que se sentía poco útil en los tiempos que corren, dedicándose a algo tan poco provechoso como enseñar a esquiar. No estoy de acuerdo. El nuestro es el oficio de la salud y, sin ella, no es posible tampoco la creación, las iniciativas ni la productividad. Desde luego que los profesores y los entrenadores somos piezas insignificantes de un gigantesco engranaje colectivo, pero con nuestra modesta contribución - cuando sirve - también participamos activamente del desarrollo y el bienestar de nuestra sociedad.
¡Buenas huellas!
Carolo © 2012
Fotos Jan Vokaty, Mammoth Mountain 2011.