Los niños. O como gastar el doble para esquiar la mitad - 1

torpe » Historias y Anécdotas » Publicado el 21/5/2007
El bautismo de los calimeros

Entre varios amigos que tenemos hijos de edades aproximadas montamos un viaje a la nieve, porque suponíamos que los niños se los pasarían mejor juntos (gran acierto), y porque entre todos nos podríamos turnar para que unos se quedaran con los niños y otros esquiaran (gran error).
El bautismo de los calimeros

Entre varios amigos que tenemos hijos de edades aproximadas montamos un viaje a la nieve, porque suponíamos que los niños se los pasarían mejor juntos (gran acierto), y porque entre todos nos podríamos turnar para que unos se quedaran con los niños y otros esquiaran (gran error).
Hay que decir en nuestro descargo que llevábamos 10 niños (2 de quince, 1 de catorce, 1 de doce, 1 de once, 2 de siete, 1 de cinco, 2 de cuatro), y tratar de combinar tantas edades y niveles, fue muy, pero que muy difícil.
Aquí, y para empezar, me voy a dedicar a los 5 peques (de los mayores ya os hablaré porque necesitan un capitulo aparte).
El tema comienza mucho antes de ir a esquiar, como tres meses antes, cuando decides que va siendo hora de que los más chiquititos se inicien en este maravilloso mundo.
Entonces se empieza a decidir la estación. Que no esté demasiado lejos ( a Alpes ni de coña), que sea suficientemente grande ( por que los papis disfruten un poco), que conozcamos como funciona el jardín de nieve, que tengamos referencias de los cursos que organizan, y el apartamento (que esté a pie de pista, porque si hay que coger el coche la mitad de los días tenemos que cambiarlos siete veces antes de empezar a esquiar ya que tenemos problemas de mareos y vómitos con solo oler un coche).
Y luego seguimos con la ropa: algo que no sea muy bueno porque lo van a dejar pequeño enseguida, ni demasiado malo porque sino pasarán frío. Y dos de cada por si se mojan. Y guantes y gorros mejor pon como 10 (mejor que sobre que no que falte) que luego los terminan perdiendo. Y suma y sigue.
También reservamos los cursos, y el jardín. Así que teníamos:
Los dos de 4 años en el jardín de nieve con el baby curset y las mayores (una de 5 y dos de 7) con los cursillos de la escuela de esquí, de 10 a 1 .Todo perfecto. Unos se encargan de llevarlos al jardín y a los cursos, y otros se encargan de recogerlos a la 1, cuando terminan ¿qué puede fallar, con esta previsión tan acertada?
Y comienza el tan ansiado viaje. La canción más oída durante estas maravillosas 11 horas es esa que a los que tengan hijos os sonará: Cuandollegamos, cuandollegamos, cuandollegamos , esa que tiene como estribillo el ¿yafaltapoco?, ¿yafaltapoco?
Y llegamos. Descargamos. Cansados, rotos y vencidos, con unas ganas de pillar una cama quepaqué. Pero como los elementos han venido durmiendo la mitad del camino tienen ganas de marcha y no eres capaz de que cierren los ojos ni con orfidal.
Y comienza el gran día.
Lo perfecto que hasta aquí era todo, empieza a tener flecos. Te sigues levantando a las 8 de la mañana, pero ya no empiezas a esquiar a las 9.
Los despiertas, los levantas, les obligas a que desayunen medianamente bien, los vistes (¿dónde están las gafas de la niña?, me falta un guante, ¿les has dado crema?, y etc, etc, etc) y sales cargadita con tres enanos y sus correspondientes esquís para llevarlos a unos al jardín y a otros a los cursos. Por supuesto ni se te ocurre coger tus botas y tus esquís (ya no tienes mas manos, y con los dientes no los terminaba de sujetar bien). Ya volverás luego a por ellos. Ese “ya volverás luego” supone empezar a esquiar como pronto a las 10,45 o las 11.
Eso sin contar con algún viajecito extra, como cuando te das cuentas ya en el jardín, que Oscar sólo lleva un guante. Y cuando preguntas, él te dice –“Ahí”-. Hay que aclarar que “ahí” para Oscar, es un espacio que puede oscilar entre 20 centímetros y 200 kilómetros.
Oscar fue todo un campeón: Perdió tres pares de guantes en 6 días.
A la 1 cita en las pistas de debutantes para repostar. Llevábamos mochilas con todo lo habido y por haber: bocadillos, chocolate, agua, zumos, batidos, chicles, galletas….parecía que más que de las pistas volvíamos del super. (con lo poco que a mi me gusta esquiar con mochila).
Y a partir de aquí imaginaros, pista verde arriba, pista verde abajo, muy instructivo para los calimeros, pero más bien cansado para los papis (anda, “cuñearos” una pista un par de horas y luego me contáis).
Lo bueno es que las quejas siempre surgían antes o después de comenzar a esquiar: las botas me hacen daño, los esquís pesan mucho, hay que andar mucho rato, estoy cansada/o, llévame aupi .Pero ¡oh milagro! En el momento que se calzaban las tablas todo esto desaparecía por arte de birlibirloque. Ya no estaban cansados, ya no se hacían pis, ya no hacia frío. La cosa se puso seria cuando tuvimos que obligarles a que se quitaran el casco y las tablas para comer y descansar, porque decían que si comían con ello puesto tardaban menos y antes podían seguir esquiando.
Hay que agradecer que a pesar de tener poquita nieve, hemos tenido unos días estupendos de calor, y eso ha favorecido, que diera igual que llevaran el mono abierto o cerrado, que se quitaran o no los guantes, y que disfrutaran mucho más que si las ventiscas hubieran hecho su aparición.
Al fin y al cabo no hemos tenido ni muchas fiebres, ni muchas toses, ni muchos golpes.
