Zermatt es un pueblo alpino del cantón de Valais, al sur de Suiza, enclavado en un estrecho y alargado valle rodeado de cuarenta cumbres que superan los cuatro mil metros de altitud. Cuenta con una de las estaciones de esquí más famosas del mundo. Hay casas antiguas de madera oscura, con cubierta a dos aguas de pizarra gris, sobre pilares de piedra, con carneros que te miran sin demasiado interés a través de los sucios cristales de la planta baja. En la calle principal, la Bahnhofstrasse, hay tiendas de lujo, bares, hoteles y restaurantes que ofrecen sopas picantes de pescado, fondues o raclettes.
Homer Simpson lo escaló. Y un violinista tocó en su cima la 'Chacona' de Bach. Alturas alpinas y una buena excusa para vivir el buen tiempo suizo, con partidos de fútbol del 7 al 29 de junio en Basilea, Zúrich, Berna y Ginebra.
Hay funiculares, trenes y teleféricos para acceder a las pistas rojas, azules y negras que, por su altura, desnivel y extensión, hacen las delicias de los esquiadores expertos. Hay un río, el
Mattervispa, que cruza el pueblo sobre un lecho empedrado, muy civilizado, muy suizo. Hay
manzanas esperándote en las habitaciones de los hoteles, tartas y pasteles de
manzana, te ofrecen
manzanas por todas partes. Hay calesas tiradas por caballos y
taxis eléctricos en este pequeño universo verde, libre de automóviles y gases nocivos. Pero lo que ha convertido a Zermatt en un lugar mítico, su verdadera razón de ser, es una montaña:
el Matterhorn, llamado
Cervino en el lado italiano.
 | | | Final del tren a Zermatt |
A Zermatt se accede desde la ciudad de Visp en un
tren cremallera, un ingenio que se sirve, para poder circular por vías muy inclinadas, de una barra dentada en el eje de la vía, con la que engrana un piñón de la locomotora. Bamboleándose levemente, con una firmeza no exenta de cierta soltura, el tren va ascendiendo entre acantilados, dejando atrás los restos de un brutal desprendimiento y pequeñas poblaciones con típicos chalets suizos de montaña. La novela,
"Zermatt", de Frank Schaeffer, cuenta las vacaciones alpinas de una familia de protestantes fundamentalistas. Tras una curva, de improviso, durante unos instantes, se vislumbra el
Matterhorn, iluminado por el sol, al fondo del valle. Podrás ignorar su nombre, pero
es imposible no reconocerlo, porque nos acompaña desde nuestra infancia. Aparece en las cajas de lápices
Caran D'ache, mereció una réplica a escala en
Disneylandia, inspiró la forma piramidal de las tabletas de los chocolates
Toblerone, y por él correteaba la cursi
Heidi de la mano de Pedro. En cuanto desaparece de tu vista, te das cuenta de que acabas de ver, más que una montaña,
la idea misma de montaña.
Las obleas del chocolate Toblerones están inspiradas en la forma del Matterhorn
Aristas irregulares
 | | | Zermatt visto desde el río Mattervispa |
En Zermatt, en sus calles, en las tiendas de souvenirs, en las ventanas de los hoteles y en las terrazas de los restaurantes de las pistas,
el Matterhorn es el protagonista. Todo está pensado para poder admirarlo. ¿Cómo es, qué tiene, qué lo hace tan diferente? Es una pirámide mejorada, esto es, imperfecta, con cuatro caras escarpadas,
aristas irregulares, mucha roca y menos nieve, y viva, con avalanchas que alimentan los glaciares situados a sus pies. Es una montaña claramente bella, de gran plasticidad, rematada por una cumbre de piedra retorcida, desafiante, espectacular.
Pero todo mito guarda, como mínimo, una historia detrás. Zermatt, hasta mediados del
siglo XIX, era una aldea alpina cuyos habitantes, recios y coloradotes, vivían del pastoreo y de la caza, y apenas bajaban al llano, mil seiscientos metros abajo. El
Matterhorn (4.478 metros), que según la leyenda fue modelado por un pisotón del
gigante Gargantúa, no era más conocido que el
Monte Rosa, el
Breithorn,
Castor y Pollux, Zinaltrothorn, Mont Viso, el Grand Paradis o el
Grivola, otros montes de la zona. Pero los alpinistas, sobre todo ingleses, consideraban al Matterhorn,
protegido por monstruos de leyenda, un desafío. No era el más alto, pero sí el más apetecido. Y tras muchas tentativas, un inglés,
Edward Whymper, acompañado por otros seis alpinistas, logró coronar su cumbre en
1865. En el descenso se produjo un
fatal accidente. Robert D. Hadow, un joven inexperto, resbaló, la cuerda se rompió y cuatro hombres cayeron al abismo y perdieron la vida (
Scrambles among the Alps es un libro que relata aquella tragedia). Aquella fue la última gran escalada de la era dorada del alpinismo. La tragedia convirtió al Matterhorn
en un mito. La prensa internacional se hizo eco, se habló de
asesinato en lugar de accidente, hubo un juicio e incluso la reina Victoria terció en el asunto.

El monte y Zermatt se colocaron en el mapamundi. Montañeros y turistas llegaron a cientos, abrieron hoteles, se construyó
la estación de esquí. Se proyectó una carretera hasta la base y un túnel en espiral con ventanas hasta la cumbre, un tren hasta la cima, iluminado todas las noches. El Matterhorn fue escalado, sucesivamente, por un
ciego, por un alpinista con una
pierna de madera, por una pareja de
recién casados, por un anciano de
85 años, por dos alpinistas que subieron
sus cuatro caras en menos de veinticuatro horas, por un
violinista, que tocó la
Chaconne de Bach en la cima, e incluso por
Homer Simpson. El Matterhorn se convirtió en el
emblema de Suiza, y en un
próspero negocio.
Veloces bailarines

Todavía quedan
vestigios de la edad dorada. El Monte Rosa, el hotel desde el que salió Whymper, sobrio y clásico, se levanta frente a la plaza principal. En el museo se muestra la
famosa cuerda rota, y material antiguo de escalada, tan rudimentario que es casi poético. Junto a la iglesia católica, en un pequeño cementerio, bajo las lápidas cubiertas de nieve, descansan los alpinistas fallecidos en las cumbres cercanas. Pero Zermatt, hoy,
pertenece a los esquiadores, esa horda impaciente de alegres colores. Salen de los hoteles como insectos, acorazados, con sus extrañas gafas centelleando al sol, entrechocando esquís, torpes, acalorados, respirando vaho, nerviosos por llegar a las pistas. Y allí, entonces, cuando se deslizan por las empinadas cuestas, se transforman en gráciles y veloces bailarines, en gamos cibernéticos, adueñándose de las montañas.
Aparte del esquí hay
otras opciones para disfrutar de la alta montaña. Los andarines disponen de numerosos caminos y trochas para recorrer las laderas, armados de unas buenas botas y unos bastones, y siempre quedan los
trineos, tan anticuados, elegantes y alegres, de madera, que parecen haberse escapado de un sueño infantil. Si vas en trineo y te caes, y te levantas, y levantas la vista, y ves el Matterhorn, entonces sonríes, porque sabes que es cierto, sí,
una vez fuiste niño.

Capi, la ultima foto, la del Materhorn con el lago, desde donde esta hecha ?
no si yo me referia a lo "escrito" por el país, el último párrafo parece sacado de un folleto turístico
bien lo del toblerone
Esa foto lleva en mi ordenador mucho tiempo a la espera de una noticia donde ponerla.
Cuando voy navegando, si me encuentro fotos chulas me las voy guardando por si en un momento dado me sirven para alguna noticia. Así que no se no de donde ha salido ni desde donde se hizo.
Diria que esa foto esta hecha des de un lago que hay bajando des de Gornegrat hasta Riffelberg, por un sendero. El lago se llama Riffelsee.
Gran artículo.
Zermatt es un lugar increible!
Voy a ir de vacaciones el 30 de junio a Zematt, me a gustado mucho ver el articulo en el País Viajero el sábado , pero como tu dices le faltaban las fotos, yo también tengo esa foto en mi ordenador.
Desde hace 7 meses estoy planeando estas vacaciones de 12 días en Zermatt he Interlaken, por eso cuando estoy navegando y veo una foto bonita de donde voy a ir me la guardo y voy cambiando el fondo de mi pantalla B