En otros países existen unas listas públicas de profesores que se actualizan cada temporada, en las que se detalla su especialización, disponibilidad, etcétera. Algo así como unas páginas amarillas donde tanto los centros de formación, las escuelas, como los clientes finales pueden consultar y saber dónde encontrar al tipo de profesional que desean contratar.
En los últimos años la formación de profesores en España ha sufrido grandes cambios, y la mayoría de ellos para bien. Con todo, todo se puede mejorar; así que haciendo uso de este lugar privilegiado, donde puedo decir - de momento - lo que me da la gana, voy a disertar un poco acerca de lo que me gustaría ver en la formación de los profesores, y sobre lo que yo creo que los clientes - quienes nos dan de comer - van a demandar en el futuro.
Reconozco que yo soy el primero que las usa, pero cada vez que leo un artículo de esquí lleno de palabrejas en el pérfido “inglé” (rider, teaser, snow y cosas así) me acuerdo de las películas de Alfredo Landa, en los tiempos de Franco, chapurreándole a las guiris en Torremolinos palabras en franchute, que era lo que se llevaba entonces, mientras hacía un ridículo tremendo queriendo parecer lo que no era. También me acuerdo de la gente de mi pueblo cuando volvía de Madrid hablando en plan fino, con muchas eses, intentando hacerse los elegantes, cuando lo único que conseguían así era hacerse los pedantes. Que no os engañen tíos, renegar de los orígenes de uno, de su cultura, de la lengua de sus padres, solo puede esconder complejos, estupidez o ignorancia. O las tres cosas.
Observo tras un cristal cómo las máquinas preparan las pistas, a la hora en la que la mayoría andamos por casa, descansando, calentitos, a resguardo de las adversidades de la montaña. Reflexiono sobre la cantidad de personas que trabajan para que podamos disfrutar al día siguiente del esquí, y voy hilando, hilando, pensando en los pisteros, los de los remontes, y también en quien nos sirve un café a las siete de la mañana o quien nos ha reparado los esquís la tarde anterior.
El hielo, ése al que casi todo el mundo le teme por la sencilla y equivocada razón de que casi todo el mundo dice que es difícil. En este articulillo vamos a intentar desmitificar esta “cuasi” superstición, con objeto de ayudar a los menos experimentados.
Querido Nacho, permíteme sumarme a los que te recuerdan hoy, para volverte a decir lo que ya te agradecí un día: que me enseñaste cuando no sabía, que me acogiste en tu casa, que me trataste como a un igual.
Ya eras una leyenda antes de la tabla - con tus esquís siempre rotos, cada uno de un modelo y con distinta fijación - dibujando potente tu firma sobre la nieve o marcando tresesentas impecables.
El Loco, te llamaban, como el pionero que fuiste con tu estilo agresivo, tan personal. El Loco de la Visera, El Loco de la tabla, El Loco visionario que comprendió a tiempo que la vida es solo una y decidió vivirla como tal.
Recuerdo muchas cosas, pero especialmente recuerdo tu humildad, tus modales reservados, la generosidad silenciosa con la que te fuiste aquél día de nuestra pobre casa, dejando un regalo en el horno que todavía no he olvidado.
Quizás es la misma generosidad tranquila con la que te has ido, dejándonos un legado vital, un ejemplo para seguir, la certeza de que la muerte no es en vano si la vida se vive recta e intensamente.
Hoy me sumo humildemente a los que te recuerdan y, allí donde estés, allí donde nos encontraremos, espero verte un día levantando una estela, dejando potente tu firma dibujada, volando cornisas sobre la vida que, gracias a tu legado, hoy nos reúne en tu recuerdo para aprender a vivirla como tú hiciste.
Tu amigo
Carlos Guerrero Castillo
Hace años unos colegas austriacos vinieron a esquiar a Sierra Nevada en primavera. Uno se decía, ya ves, estos tíos acostumbrados a nieves en polvo fabulosas y estaciones por cada esquina de sus innumerables montañas, van a pensar que mi pueblo es un parquecito de nieve pobretona y escasa, dura por la mañana y pastosa por la tarde en la que apenas se puede esquiar. Nada más lejos de mis temores. Mis colegas austriacos bregados en los Alpes, Argentina, Nueva Zelanda y otras muchas estaciones repartidas por aquí y por allá, coincidían en su impresión: Sierra Nevada tiene una de las mejores nieves primavera que habían esquiado.
Ya ha pasado el tiempo en que se decía que la técnica había cambiado. En realidad, no es exactamente que ésta haya cambiado, sino que hoy día, gracias a los esquís parabólicos, casi todos podemos hacer cosas que antes estaban reservadas a los muy buenos esquiadores. Además, creo que una de las mayores ventajas del tallaje exagerado de los nuevos esquís es que, como nos transmiten sensaciones más francas que las viejas tablas rectas, es más fácil “entablar un diálogo” con ellos, interpretar sus reacciones y, en consecuencia, llevar a cabo gestos más eficientes para conducirlos. En definitiva, los esquís modernos nos han enseñado a esquiar mejor.
Puede que el esquí sea difícil de aprender; es posible, pero también es verdad que la mayoría de las dificultades nos las imponen los mitos, las falacias y los prejuicios que tenemos o que nos han contado sobre lo que cuesta hacer tal o cual cosa. Dos casos muy típicos son el hielo y la nieve virgen ¡maaaaaádre mía! con lo fácil que resultaría si nadie nos dijera que no se puede…. Les contaré dos anécdotas:
Mea culpa; lo reconozco: yo soy el primero que usa palabrejas en inglés. Hasta la mayoría de los enlaces que pongo son a páginas escritas en la lengua de la Pérfida Albión ¡Maaádre mía!

