El valle de Gressoney es una buena elección para una escapada a Aosta. Tiene unas pistas fantásticas, desniveles de hasta 2000 metros (alucinante la de Alagna Valsesia, que empiezas con una pista rapidísima con nieve de otro planeta y terminas metido en un pueblo por donde “cruzan campesinas de 200 años con hoces y cabras” (como decía un asturiano que andaba por allí…) A los pies del Monte Rosa las posibilidades fuera de pista son ilimitadas, y el esquí de travesía también se ofrece bastante. Las bajadas hacia la Jolanda y Champoluc tampoco tienen desperdicio, muy anchas y sin gente entre abetos, una vez me perdí entre la niebla y acabé encontrando una cabaña de madera aparentemente vacía, que, al entrar, resultó estar llena de alemanes cantando y bebiendo vino caliente a los que no tardé en unirme para luego intentar encontrar el camino. Esas cosas no pasan en cualquier estación. Los pueblos son muy elegantes pero nada pijos, tampoco hay mucho ambiente por allí, es bastante tradicional en costumbres, idioma y arquitectura (walser). Es una elección muy inteligente.
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